Mac Cann Viaje a caballo por las provincias argentinas
Publicado en el Facebook de Luis Fabian Laici (agosto 2026)
Litografía «Interior del rancho», creada en 1841
por el pintor e ingeniero franco-argentino
Carlos Enrique Pellegrini. [1]
[1847] - DEL VIAJE A CABALLO DEL INGLÉS MAC CANN -
Entre los numerosos libros que, sobre la Argentina, escribieron en el siglo XIX los denominados viajeros ingleses (comerciantes, diplomáticos, científicos, etc., que visitaron y residieron en el país), existe uno que se destaca por la sencilla hermosura de su relato y la precisa fidelidad con que describe el ambiente físico y humano de las provincias rioplatenses. Hablamos del libro del comerciante británico William Mac Cann: «Viaje a caballo por las provincias argentinas», editado en Londres en 1852. De esa obra transcribimos algunos párrafos que nos permiten apreciar las impresiones y experiencias recogidas por el autor en el viaje que, en 1847, realizó a caballo por las campañas del sur de la provincia de Buenos Aires.
«En las primeras horas de la tarde divisamos, a lo lejos y en lo alto de una loma, una casa de buena apariencia y decidimos llegarnos allí para pasar la noche. Habitaban la casa un hombre soltero y su hermana, que eran los propietarios de la estancia. Como de costumbre, nos invitaron a pasar, ofreciéndonos todo cuanto necesitábamos. La estancia comprendía una legua cuadrada y tenía ganado en abundancia. Como ya nos hallábamos lejos del lugar donde habíamos comprado los caballos, pensamos que podríamos, sin peligro, dejarlos sueltos, y así lo hicimos, pero atamos uno de ellos a soga larga, cerca de la casa.El dueño nos pidió que lleváramos los recados y otros pertrechos a la cocina; era un rancho abierto en sus dos extremos de manera que el viento corría libremente por su interior. En mitad del piso había un espacio cuadrado, como de cuatro pies, formado con huesos de patas de oveja hundidos en el suelo y que sobresalían como tres o cuatro pulgadas. Allí ardía un fuego que se alimentaba con leña, yuyos secos, huesos y grasa. A lo largo de la pared había unos postes bajos, como de dos pies de altura, sobre los que descansaban estacas sujetas con guascas y cubiertas con un gran cuero de buey. Este aparato nos sirvió de cama.Arreglados nuestros bagajes, y antes de entrarse el sol, salí a dar una vuelta por los alrededores. Encontré hasta doce perros muy grandes, todos pertenecientes a la casa y no fue poca mi sorpresa al encontrarme también con un indio que, según supe después, formaba parte de un grupo llegado de las inmediaciones de Tapalquén para comprar yeguas destinadas al consumo. La carne de ese animal es el alimento preferido de los salvajes y pueden comprarla muy barata, sobre todo tratándose de yeguas viejas, porque los criollos no se sirven de ellas para montar y el gobierno exige una licencia especial para matarlas . . . ».EL ASADO.«Después de hacer un paseo a pie, que es el mejor descanso cuando se ha viajado mucho a caballo, volví a la cocina; la dueña de casa se ocupaba en preparar la cena. En el fogón había dos asadores inclinados sobre el fuego con sendos costillares de oveja. Uno a uno iban entrando los huéspedes y las personas de la casa; nosotros nos sentamos cerca del fuego sobre unos trozos de madera para observar cómo se preparaba la comida.La mujer cortó en dos partes un zapallo muy grande colocando las mitades boca abajo sobre la ceniza, después llenó cada mitad con ceniza caliente, asándolas con mucha precaución. Por último limpió de cenizas el zapallo con una cuchara de metal y clavó los dos asadores en el piso, en ángulos opuestos del fogón, de manera que cuatro personas de las que allí estábamos podíamos comer cómodamente de un asador. Pusieron un poco de agua con sal en un asta de buey y rociaron la carne. Una vela colocada en una botella alumbraba el festín.Cuando todo estuvo listo, sacamos los cuchillos y atacamos el asado y el zapallo con mucho apetito. Los indios que estaban en sus toldos, muy cerca de ahí, despacharían sin duda a esa misma hora uno de sus potros. Después de comer tomamos mate, bebida tan necesaria a esta gente como el té a los ingleses.En seguida, los dueños de casa, dándonos las buenas noches, se retiraron a dormir. Los peones se fueron bajo una ramada, al extremo de la casa principal. Nosotros, viéndonos dueños del refectorio, sala de banquetes o cocina, como quiera llamársele, pensamos también en descansar. Don José y yo ocupamos la cama de cuero a que me he referido . . . Los perros, los gatos y hasta los ratones batallaron hasta el amanecer por asegurar posiciones en el dormitorio. El frío, afortunadamente, nos libró de las pulgas, pero los ladridos, gruñidos y chillidos de los animales perturbaron nuestro sueño toda la noche.»
Ilustración: Basada en la litografía que tiene por título: «Comiendo el rancho» - Litografía publicada por Smith, Elder & Co. Editada en Londres en el año 1852.
A. J. Pérez Amuchástegui: «Crónica Histórica Argentina», Tomo III. Codex. Buenos Aires, 1969, pág. 332.
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[1] Esta imagen muestra la litografía «Interior del rancho», creada en 1841 por el pintor e ingeniero franco-argentino Carlos Enrique Pellegrini.
Obra: Forma parte del célebre álbum litográfico Recuerdos del Río de la Plata, editado por el mismo autor en 1841.
Escena: Representa una típica pulpería o el interior de una vivienda popular rural (rancho) de la época rosista en el ámbito rioplatense.
Personajes: Se observa a gauchos y pobladores reunidos alrededor del fuego, tocando la guitarra, tomando mate y compartiendo la vida cotidiana.
Estilo: Es una pieza de indudable valor costumbrista que retrata las costumbres, la indumentaria —como ponchos y chambergos— y el entorno de la campaña rioplatense del siglo XIX.
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