Fortines en la frontera

En Buenos Aires, las guardias que demarcaban las líneas de frontera fueron agrupando a su entorno núcleos poblacionales, de modo que muchos pueblos de la provincia tienen su origen en un fuerte. El fuerte o fortín era un asentamiento militar fortificado cuyas funciones básicas eran albergar la guarnición militar, proteger a los habitantes que se establecieran en los alrededores y proteger también el ganado y las caballadas de los ataques de los indios y asegurar así un control visual de la llanura. El fortín tuvo un rol protagónico en la estructuración del territorio, ya que a partir de él se desarrollaron algunas colonias agrícolo-ganaderas y luego pueblos y ciudades, sobre la base de la población estable atraída por la protección que ofrecían estos reductos.



Unos de los primeros establecimientos militares de las fronteras fueron los fuertes. Su misión era vigilar y defender aunque, de acuerdo con la relación que sus autoridades establecían con los indígenas, muchas veces se convertían en lugar de contacto más que de separación. Para su localización se elegía un lugar cercano a arroyos o jagüeles –pozos de agua para el ganado– y a la provisión de leña. Se instalaban en las lomadas más altas de la región –si las hubiera– para poder ver más lejos en la llanura. Los fuertes eran estructuras grandes que albergaban regimientos, pero los fortines en general eran más pequeños y servían como puestos de avanzada, más aún a partir de la década de 1860. Sin embargo, a veces, las denominaciones “fuertes” y “fortines” se utilizaron indistintamente dependiendo de la época, del uso y de quienes fueron habitándolos y nombrándolos.


La violencia en la frontera
Hasta hace algunas décadas, la historia de las fronteras entre el Estado y las poblaciones indígenas de las Pampas y Norpatagonia “se escribía en clave de conflicto”, dice la antropóloga Ingrid de Jong (2015). La imagen de violencia constante protagonizada por los indígenas acompañó los avances del Estado sobre la frontera y, particularmente, la llamada “Conquista del Desierto”. 

Los estudios muestran que es necesario revisar ambas ideas: la violencia no fue continua ni, mucho menos, unilateral. Esta imagen fue construida para justificar la violencia estatal, el avance de la frontera y, en definitiva, la apropiación de los territorios y cuerpos indígenas. Pero hay que diferenciar esa imagen de una realidad que, en los tres siglos de duración de la frontera pampeana, muestra intensas relaciones de contacto, de intercambio comercial y concertaciones diplomáticas entre indígenas y blancos. 

Si bien no fue continua ni unilateral, hubo mucha violencia en la frontera vinculada con el maltrato de personas, el encarcelamiento a embajadas indígenas que iban a Buenos Aires, alguna matanza o destierro de sus integrantes, expediciones militares hacia el territorio indígena, masacres indiscriminadas sin aviso y sin motivo sobre poblaciones con las que no mediaba un conflicto previo. Los indígenas respondían a estos embates organizando malones, es decir, ataques a pueblos o estancias. También realizaban malones para presionar a los funcionarios criollos cuando cerraban el comercio fronterizo con la intención de reestablecer el intercambio. 

Este conjunto de razones permiten explicar diferentes planos de la violencia en la frontera. Por otra parte, en el siglo XIX, los criollos avanzaron sostenidamente sobre la línea de frontera y realizaron ocupaciones concretas sobre territorio indígena especialmente en la década de 1820 y, luego, en las décadas de 1850, 1860 y 1870. Estos actos de ocupación eran actos de violencia criolla, eran quiebres de los tratados de paz, agravios que desde la perspectiva indígena tenían que ser respondidos en términos de una justicia que se basaba en una lógica de reciprocidad. La violencia indígena hacia los hispano-criollos se encuadra, en su mayor parte, en este principio de búsqueda de compensar el daño, de restablecer el equilibrio ante una afectación, y también de renovar el intercambio mercantil cuando este se cerraba o restringía. 

Texto elaborado a partir de la entrevista a la antropóloga Ingrid de Jong, Dirección Provincial de Educación Primaria, 2025. Fuertes y Fortines.



A fines de siglo XIX en Argentina, los fortines unían los fuertes y se encontraban a unos 5 kilómetros de distancia entre ellos. Puertas adentro, tenían su propia huerta, hospital, depósito, polvorín y las habitaciones o ranchos de quincha para los habitantes.







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