La cautiva Fermina y Lucio V. Mansilla
Cap LXV – Cacique Ramón
– Es fama que Ramón ama mucho a los cristianos; lo cierto es que en su tribu es donde hay más. Una de sus mujeres, en la que tiene tres hijos, es nada menos que doña Fermina Zárate, de la Villa de la Carlota. La cautivaron siendo joven, tendría veinte años; ahora ya es vieja. ¡Allí estaba la pobre! Delante de ella, Ramón me dijo: -La señora es muy buena, me ha acompañado muchos años, yo le estoy muy agradecido, por eso le he dicho ya que puede salir cuando quiera volverse a su tierra, donde está su familia. Doña Fermina le miró con una expresión indefinible, con una mezcla de cariño y de horror, de un modo que sólo una mujer observadora y penetrante habría podido comprender y contestó: -Señor, Ramón es buen hombre. ¡Ojalá todos fueran como él! Menos sufrirían las cautivas. Yo, ¡para qué me he de quejar! Dios sabrá lo que ha hecho. Y esto diciendo se echó a llorar sin recatarse. Ramón dijo: -Es muy buena la señora -se levantó, salió y me dejó solo con ella. Doña Fermina Zárate no tiene nada de notable en su fisonomía; es un tipo de mujer como hay muchos, aunque su frente y sus ojos revelan cierta conformidad paciente con los decretos providenciales. Está menos vieja de lo que ella se cree. -¿Y por qué no se viene usted conmigo, señora? -la dije. -¡Ah!, señor -me contestó con amargura-, ¿y qué voy a hacer yo entre los cristianos? -Para reunirse con su familia. Ya la conozco, está en la Carlota, todos se acuerdan de usted con gran cariño y la lloran mucho. -¿Y mis hijos, señor? -Sus hijos… -Ramón me deja salir a mí porque realmente no es mal hombre; a mí al menos me ha tratado bien, después que fui madre. Pero mis hijos, mis hijos no quiere que los lleve. No me resolví a decirle: Déjelos usted, son el fruto de la violencia. ¡Eran sus hijos! 284 Ella prosiguió: -Además, señor, ¿qué vida sería la mía entre los cristianos después de tantos años que falto de mi pueblo? Yo era joven y buena moza cuando me cautivaron. Y ahora ya ve, estoy vieja. Parezco cristiana, porque Ramón me permite vestirme como ellas, pero vivo como india; y francamente, me parece que soy más india que cristiana, aunque creo en Dios, como que todos los días le encomiendo mis hijos y mi familia. -¿A pesar de estar usted cautiva cree en Dios? -¿Y él qué culpa tiene de que me agarraran los indios? La culpa la tendrán los cristianos que no saben cuidar sus mujeres ni sus hijos. No contesté; tan alta filosofía en boca de aquella mujer, la concubina jubilada de aquel bárbaro, me humilló más que el soliloquio a propósito del fuelle. Una mujer joven y hermosa, demacrada, sucia y andrajosa se presentó diciendo con tonada cordobesa: -¿Usted será, mi señor, el coronel Mansilla? -Yo soy, hija, ¿qué quiere usted? -Vengo a pedirle que me haga el favor de hacer que los padrecitos me den a besar el cordón de nuestro padre San Francisco. -Pues cómo no. Con mucho gusto -y esto diciendo llamé a los santos varones. Vinieron. Al verlos entrar, la desdichada Petrona Jofré se postró de hinojos ante ellos y con efusión ferviente tomó los cordones del padre Marcos, después los del padre Moisés y los besó repetidas veces. Los buenos franciscanos, viéndola tan angustiosa, la exhortaron, la acariciaron paternalmente y consiguieron tranquilizarla, aunque no del todo. Sollozaba como una criatura. Partía el corazón verla y oírla. Calmóse poco a poco y nos relató la breve y tocante historia de sus dolores. Doña Fermina confirmaba todas sus referencias. La vida de aquella desdichada de la Cañada Honda, mujer de Cruz Bustos, era una verdadera vía crucis . La tenía un indio malísimo llamado Carrapí. Estaba frenéticamente enamorado de ella, y ella resistía con heroísmo a su lujuria. De ahí su martirio. -Primero me he de dejar matar, o lo he de matar yo, que hacer lo que el indio quiere -decía con expresión enérgica y salvaje. Doña Fermina meneaba la cabeza y exclamaba: -¡Vea qué vida, señor! Yo estaba desesperado. ¿Qué otro efecto puede producir la simpatía impotente? Nada podía hacer por aquella desdichada, nada tenía que darle. No me quedaba sino lo puesto. Ni pañuelo de manos llevaba ya. Doña Fermina me contó que Carrapí no quería venderla para que la sacaran, y que un cristiano, por caridad, la andaba por comprar. El indio pedía por ella veinte yeguas, sesenta pesos bolivianos, un poncho de paño y cinco chiripáes colorados. -¿Y quién es ese cristiano? -le pregunté. -Crisóstomo -me contestó. -¿Crisóstomo? … -Sí, señor, Crisóstomo. 285 Crisóstomo era el hombre aquel que en Calcumuleu hubo de pasar a caballo por entre los franciscanos, que tanto me exasperó, que me dio de comer después y me relató su interesante historia. Está visto, los malvados también tienen corazón.
https://analfa.wordpress.com/2019/07/08/mansilla-excursion-a-los-ranqueles-lectura-del-texto/

Comentarios
Publicar un comentario