15 diciembre, 2014

El sujeto mediático/Superyo mediático Por Enrique Guinsberg

"En nuestra sociedad se nos enseña que hay ciertas cosas que podemos hacer y otras que no podemos hacer; de este modo se nos introduce a los va­lores y a las normas. El proceso de socialización, que es conti­nuo y se ubica en las personas y las instituciones -y puede no sólo ser deliberado sino además inadvertido- consiste en parte en la internalización de múltiples 'haz esto' y 'no hagas aque­llo', de 'bien' y de 'mal', de 'verdadero' y 'falso', propios de la sociedad de que se trate.[...]" (J. D. Halloran,)

¿Qué hacen los medios al respecto?

El sujeto mediático/ 7: Superyo mediático

07/08/2003- Por Enrique Guinsberg

http://www.elsigma.com/subjetividad-y-medios-de-comunicacion/el-sujeto-mediatico-7-superyo-mediatico/3564

El aporte de los medios masivos de difusión a la construcción del aparato psíquico por supuesto no puede dejar de lado a la instancia del superyó. Las sociedades para mantenerse y perpetuarse necesitan de sujetos con un determinado tipo de yo y de superyó (...) Los medios se han convertido en la principal institución ideologizadora del mundo contemporáneo (...) El medio de comu­nicación es el dinamizador de un consenso internalizado frente al sistema y sus estrangulamientos, precisa A. Mattelart.
  El aporte de los medios masivos de difusión a la construcción del aparato psíquico por supuesto no puede dejar de lado a la instancia del superyó. Y en un sitio dirigido y leído fundamentalmente por analistas es innecesario y superfluo resumir las características de este y su proceso formativo, pero sí lo es reiterar su importancia para la conformación del hombre adaptado a las necesidades del sistema en que vive: lo ya dicho de que las sociedades para mantenerse y perpetuarse necesitan de sujetos con un determinado tipo de yo debe complementarse ahora señalando que también necesitan sujetos con determinado superyó, ambos como parte de determinado tipo de personalidad.
     
  Nuevamente es necesario decir que ni en la obra de Freud ni en la de los clásicos del psicoanálisis se hace referencia a los medios en tal proceso por lo conocido de su menor importancia en las primeras décadas del siglo pasado, algo que en las anteriores columnas se indicó como imposible desde su consolidación posterior y su conversión en la principal institución ideologizadora del mundo contemporáneo. Junto al sentido de realidad que se analizó en las entregas precedentes debe agregarse una continua escala de valores de la que el sujeto no debe escapar, salvo pagando el precio de los castigos que siempre son mostrados.
  "El medio de comu­nicación es el dinamizador de un consenso internalizado frente al sistema y sus estrangulamientos", precisa A. Mattelart[1][1]. Una persona triunfadora y aceptada será aquella que cumple con lo que la moral indica, consume aquello que “todos” entienden que es bueno, tiene lo que “hay” que tener. Los personajes de los medios que deben ser imitados son modelos por sus perfeccio­nes como, en otros casos, porque se salieron de lo “bueno” y “correcto” pero supieron volver al redil mediante su arrepenti­miento o guiados por eficientes guardianes de las normas establecidas. "En nuestra sociedad se nos enseña que hay ciertas cosas que podemos hacer y otras que no podemos hacer; de este modo se nos introduce a los va­lores y a las normas. El proceso de socialización, que es conti­nuo y se ubica en las personas y las instituciones -y puede no sólo ser deliberado sino además inadvertido- consiste en parte en la internalización de múltiples 'haz esto' y 'no hagas aque­llo', de 'bien' y de 'mal', de 'verdadero' y 'falso', propios de la sociedad de que se trate. Ni el contenido ni los métodos de so­cialización son inmunes a la influencia de los medios de comunicación de masas; la manipulación y el cambio pueden tener lugar y de hecho lo tienen. Los medios de masas -se puede ad­mitir- constituyen sólo un aspecto del proceso, pero sería muy sorprendente, en verdad, si no desempeñaran un cierto papel en la modelación de nuestras actitudes respecto de la vida, de nosotros mismos y de los demás"[2][2].
  En prácticamente todos los contenidos de los medios se encuentran "enseñanzas" acerca de lo que debe y de lo que no debe hacerse. Si niños o un adultos toman modelos de identificación del “Hombre Nuclear” o de “Superman”, podrían in­tentar alcanzar la omnipotencia o fantasear acerca de un padre perfecto que puede darlo todo.
  Pero paralelamente introyectan categorías de bondad y de maldad, las primeras, siempre del héroe, las segundas de sus enemigos que inevitablemente serán derrotados. Otro tanto ocurre con respecto a la ley: escapar de ella y de las buenas costumbres conlleva el castigo correspondiente, tanto a los individuos como a los grupos que intenten cambiar las con­diciones de vida. ¿Es acaso pura casualidad que la gran mayo­ría de los héroes televisivos actuales (maravillosos, biónicos, nu­cleares o comunes) sean administradores de justicia, agentes de los poderes estatuidos de una potencia imperial?[3][3]
  Es que, como en todo lo visto hasta ahora, los medios también son “escuela”. Pero a diferencia de ésta y de las religiones, donde las normas éticas son presentadas de manera manifiesta, lo mismo que los castigos a los que las infrigen -con toda claridad se califica a las acciones y comportamientos de “correctos” e “incorrectos”, “buenos” y “malos”, “adecuados” e “inadecuados”, y se indican las penalidades-, en los contenidos de los medios no siempre es así. Por supuesto que puede serlo e infinidad de veces es así, con terminaciones tipo moraleja de los cuentos para niños o señalamientos explícitos al respecto, como ocurre de forma clásica en las caricaturas infantiles, en las historietas más simples o en las telenovelas tradicionales. En todos esos casos es dominante y prácticamente sin excepciones que los personajes que respetan las normas terminan como triunfadores, aunque al precio de grandes dificultades para lograrlo, y los que las violan serán derrotados en un final donde la justicia, la moral y la ética vencen a las “fuerzas del mal” individuales o representativas de determinados intereses. Siempre es así, y la incógnita nunca es cual será el final sino cómo y de qué manera se llegará a él, es decir a través de que incidentes, riesgos, peligros y consecuencias.
  Asimismo en muchos otros casos, seguramente la mayoría, tales señalamientos no son tan abiertos y claros sino menos concientes pero igualmente categóricos. Se expresan a través de múltiples formas, entre ellos indicando formas de vida cuyo incumplimiento acarrea problemas, fracasos, derrotas, devaluaciones personales, etc., por lo que se asocia con la necesidad de hacer lo que el marco social indica, es decir que se internaliza la ideología presentada pero sin ser vista como una premisa moral al estilo de las enseñanzas escolares, religiosas o de algunas tendencias políticas fundamentalistas.
  Es cierto que en los últimos tiempos han desaparecido o se han reducido aquellos contenidos claramente moralistas de no hace tantas décadas y, salvo excepciones que existen en marcos sociales más atrasados, ya no se niega ni la sexualidad ni su ejercicio, por lo que si bien no siempre se muestran escenas explícitas al respecto, sí se insinúan o se reconocen, algo antes impensable, aunque muchísimas veces en el contexto del respeto a las normas establecidas como es el matrimonio por ejemplo (así el adulterio o la infidelidad pagarán algún precio, salvo que el pleno amor los redima o haya algún personaje culpable por tal acción). Una de las causas de la crítica de las iglesias a los medios en general y a la televisión en particular, y producto de los cambios en las relaciones sociales en general y en la aceptación de cierta diversidad (sobre todo la sexual) que los medios no pueden negar ni dejar de reconocer si quieren mantener su peso, poder y su creciente audiencia. ¿Qué credibilidad podrían tener si se evita o critica lo que hacen y aceptan cada vez más amplios sectores sociales?
  Mas no ocurre lo mismo respecto al no cumplimiento o rechazo a las formas de vida hegemónicas de un momento social determinado, lo que es estigmatizado de manera constante tanto de manera abierta, o burlona e irónicamente, mostrando a los que lo hacen como marginados, opositores e incluso como “anormales” o “locos”. Los medios occidentales siempre dijeron que esto ocurría (o sigue ocurriendo) respecto a la política en tal sentido de los países del ex “socialismo real”, regímenes despóticos o religiosos-fundamentalistas -lo que sin duda era y es cierto-, pero no aceptan que hacen lo mismo aunque muchas veces de manera encubierta y no directa, o sea de forma generalmente más sutil (aunque por supuesto no siempre), en sus propias emisiones.
  En este sentido el manejo de los medios en Estados Unidos durante la reciente invasión a Irak fue contundente, no permitiendo críticas a tal postura como se mostró en dos entregas anteriores de esta columna, aunque más que en términos de “locura” con acusaciones de “antipatriotismo”, complicidad con el “terrorismo”, etc..
  También aquí rige lo que Ignacio Ramonet conceptualizó como “pensamiento único” (que tal vez podría verse como casi único) aunque -y es una más de las sutilezas de la dominación occidental capitalista- presentada en múltiples variaciones de lo mismo pero en formas distintas aunque con similar contenido. Por tanto hoy pueden aceptarse comportamientos sexuales, y algunos otros, antes prohibidos y criticados, pero muy difícilmente de oposición frontal a los requerimientos del sistema de dominación (salvo en medios minoritarios -cierta TV cultural por ejemplo- o en noticieros que no pueden ocultar algunas manifestaciones de protesta de relieve mundial).
  Proyectando esto al actual modelo neoliberal significa la crítica sistemática tanto a comportamientos políticos o formas de vida que se le opongan, de la misma manera (o en múltiples variantes) al indicado modelo superyoico de los dibujos animados para niños donde se muestran los castigos que sufren y sufrirán quienes son “incorrectos” y “malos”.
  Claro que puede decirse que en los últimos tiempos aparecen cada vez con mayor frecuencia comportamientos y posturas menos rígidas desde una perspectiva ética, e incluso violaciones a la ley o actitudes más o menos psicopatológicas que son aceptadas, algo sin duda cierto, que puede verse que lo es cuando tales acciones se hacen “en nombre” de la ley (caso, por ejemplo, de la antigua serie “Los intocables”, que podían violar las normas legales pero para el triunfo de la “justicia”). También como expresión del cambio de valores que, en los hechos aunque no formulados explícitamente, se perciben de manera clara en las prácticas políticas y mercantiles (sobre todo aunque no exclusivamente), donde lo importante siempre es ganar, no importando demasiado cómo. La utilización de claras mentiras -ahora incluso reconocidas- para la invasión a Irak, o el cúmulo de violaciones legales de empresas como Enron, Wordcom y muchas otras, son sólo expresiones mayores y sobresalientes de un universo mucho más amplio y generalizado que producen inevitables secuelas en el imaginario social que los medios no pueden dejar de expresar y representar.

  No hace falta decir cómo todo esto se vincula de manera muy clara con las nociones de “salud mental” y de “normalidad” vigentes en cada marco social y momento histórico. Como esto se verá en una entrega futura no se hace ahora un desarrollo mayor al respecto, señalándose sólo que es evidente que múltiples veces lo que se critica es catalogado como “anormal” e incluso como “insano”, es decir como “loco”, aunque no siempre se utilicen, pero sí se denoten, esas ideas.
  Y, como de costumbre -en personajes tipo héroes, comunes o en la misma publicidad- se busca hacer aparecer esos valo­res no como de los sectores dominantes, sino con característi­cas universales y permanentes: "Televisa [la empresa de TV más importante de México y la segunda de América Latina luego de la brasileña TV Globo] -dice uno de sus jefes- no maneja ninguna tendencia. Expresa la superación per­sonal, la integración familiar y la superación nacional que yo creo que son valores eternos. Mire, quiero que quede muy claro el concepto. No es que la manejemos [la ideología] porque de nin­guna manera pretendemos manejarla. Si de alguna forma, al­gún ejemplo que pudiéramos pasar a través de la televisión, no concreto sino genérico, ayuda a la gente a tratar de superarse, creo que es válido en cualquier ideología, en cualquier sociedad y en cualquier época de la vida”[4][4].
  "Así aprenderá" y "Cumpliste con tu deber" son las frases fi­nales de uno de los protagonistas de una antigua serie, "Mi oso y yo", que continúa en todas las emisiones actuales como señalamiento categórico y explícito de un rol que los medios asumen cotidianamente en nombre del mantenimiento de las ideologías de la dominación.


Desde México Enrique GuinsbergUniversidad Autónoma Metropolitana-XochimilcoRevista Subjetividad y Cultura
 [1]  Armand Mattelart, La comunicación masiva en el proceso de liberación, Si­glo XXI. Buenos Aires, p. 39 [2]  J. D. Halloran, “Examen de los efectos de la comunicación de masas con especial referencia a la televisión”, en el libro de varios autores, Los efectos de las comunicaciones de masas, Jorge Alvarez, Buenos Aires, 1969.
 [3]   La mención a agentes del poder o de una potencia imperial no es un jui­cio tremendista: si siempre -de manera implícita o explícita- esos agentes sir­ven a las fuerzas del orden vigente, en algunos casos es manifiesta la vincula­ción con el dominio capitalista e imperialista. Desde Tarzán a James Bond, sin olvidar a un Superman que, en la serie televisiva que se transmitía en México, tenía un final con la bandera estadounidense flameando y una cita categórica al respecto.
 [4]  Entrevista a Eduardo Ricalde, jefe de Control y Normas de Televisa, en revista Alternativa, publicación de alumnos de comunicación de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, México, Nº 1, 1979, p. 8.

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