03 mayo, 2007

Brutal 1

El viejo Andrés era de hablar poco, un hombre de campo, de acción. Criado en el monte misionero solía
caminar horas solo o perderse por días en la inmensidad de la selva, siempre con El Tigre a su lado, un perro fiel, robusto, e inquieto. El viejo no reconocía órdenes y regresaba solo cuando su instinto o sus necesidades lo traían de vuelta, no conocía de horarios ni compromisos.Regresaba sin dar explicaciones y fumaba largamente y en silencio hasta la madrugada unos cigarros
negros que armaba con tabaco correntino que cambiaba por cueros.En casa estaba en todos los detalles que un hombre puede estar. Ultimamente lo preocupaba el robo de huevos en su gallinero y estuvo alerta varios días hasta que una noche mientras esperaba que la comida esté lista se oyó un albotoro, saltó del asiento y salió corriendo como estaba al gallinero.Qué sorpresa encontrar en plena faena al Tigre que al verlo se acurrucó de miedo, pero el viejo no le
pegó, lo arrastró bien aferrado del cuero del lomo y refunfuñando entredientes mil maldiciones le metió en la boca un huevo que estaba hirviéndose para la cena y para que el perro no lo escupa le dió dos vueltas con la correa del cinturón en el hocico ahogándole los aullidos...
Fue un breve instante, una eternidad tal vez y el perro se soltó, un poco por mérito propio, un poco por la voluntad del amo que consideró suficiente el escarmiento y se perdió en el monte como alzado por el diablo.
Con bronca, riendo en sordina el viejo volvió al rancho y echando una ojeada a la olla mientras se sentaba en su silla baja preguntó "¿cuando se come?".

IXX (2007)
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