06 febrero, 2010

Un cuento ruso

Herbert, Zbigniew

El zar nuestro padrecito había envejecido mucho. Ya ni podía estrangular una paloma con sus manos. Sentado en su trono se veía dorado y frígido. Sólo su barba creció, hasta el piso y más allá.

Entonces alguien más gobernaba, no se sabía quién. Personas curiosas atisbaban hacia el palacio por las ventanas, pero Krivonosov las tapó con patíbulos. Así sólo los ahorcados podían ver algo. Al fin el zar nuestro padrecito murió para siempre. Las campanas sonaron, sonaron. Sin embargo no sacaron su cuerpo. Nuestro zar había crecido pegándose al trono. Las piernas del trono se habían mezclado con las del zar. Su brazo y el del trono eran uno solo. Imposible soltarlo. Y enterrar al zar con el trono dorado -qué vergüenza.


Fuente: http://www.cuentosymas.com.ar/index.php
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