25 marzo, 2010

Por Juan Gelman

El poema fue escrito en 1977 por una prisionera de la ESMA y dice así:

Quiero saber cómo se ve el mundo,

me olvidé de su forma,
de su insaciable boca,
de sus destructoras manos,
me olvidé de la noche y el día,
me olvidé de las calles recorridas.
Quiero saber cómo es el mundo,
no recuerdo los rostros,
ni los árboles, ni las luces,
ni las fábricas, ni las plazas,
ni el dolor de afuera,
ni la risa de entonces.
Quiero saber cómo se ve el mundo,
hace tanto que no estoy,
hace tanto que mis pies no se cansan por los recorridos,
hace tanto que mis ojos no se queman con la luz,
hace tanto que sueño la inasible situación de la libertad,
hace tanto, pero tanto,
no tengo mi natural alimento de vida, de amor, de presente,
y estoy, a pesar de todo esto,
a pesar de no creerlo,
estoy juntando unas palabras, unas infieles palabras,
que me dejen recordar
cómo podría verse el mundo.


Estos versos conmovedores pertenecen a quien en vida se llamó Ana María Ponce. Un grupo de tareas (no precisamente escolares), la secuestró en Capital Federal el 18 de julio de 1977 y la depositó en la ESMA. Le decían Loli, tenía veintiséis años de edad, un hijo de casi tres -el Piri- y su compañero también pasó por ese infierno, del que desapareció. La Loli corrió idéntico destino: sus carceleros decían que ella había atentado contra un marino y su suerte, pues, estaba echada. En tanto llegaba la hora, la tenían mucho tiempo en el sótano, con las salas de tortura 12, 13 y 14 al fondo, y la subían a dormir al tercer piso en una celda -digamos- de medio metro de ancho con su número pegado al tablón. La Loli tenía número, no nombre. Como todo prisionero de la ESMA, para los asesinos no fue persona, individuo, gente, sino una no entidad torturable, asesinable. Pasó los meses de concentración encadenada, casi siempre con capucha sobre sus ojos que ya "no se queman con la luz". Había sido brutalmente separada de su hijo, de sus referencias de tiempo y espacio. Olvidaba "la noche y el día", "las calles recorridas", "la inasible situación de la libertad". Y escribió poesía.

Se conocen los poemas del polaco Katzenelson, muerto en Auschwitz, o del checo H.G.Adler, que sobrevivió al campo nazi de Theresienstad. ¿De dónde nace la palabra poética en el cuerpo torturado, convertido en otro sin el otro y en soledad cernida por la muerte? ¿De qué voluntad de resistencia, de qué construcción del espíritu? ¿Surge de la memoria personal para buscar la memoria de todos? ¿Para que no se repita la catástrofe? El poema de Ana María Ponce es verdaderamente singular: convoca el afuera de vida y no contiene el menos desecho del adentro del horror y dentro del horror, "materia opaca del mundo de las sombras", dijera Adler. Ese silencio del horror lo grita. La misma calidad tiñe los poemas del uruguayo Mauricio Rosencow, escritos durante los largos años que pasó en un pozo de tierra que le cavó la dictadura militar de su país. La esperanza rioplatense parece vigorosa. Sostuvo la moral de tantos que murieron -o no- en los campos de concentración.
Graciela Daleo, sobreviviente de la ESMA, cuenta que la Loli supo cuándo iba a morir. El lunes del carnaval de 1978, un "federico" -policía de la Federal- le dijo que la levarían a hablar con el contralmirante Chamorro (a) "El Delfín", director de la ESMA y amo absoluto de la vida y la muerte en ese abismo: supuestamente la requerían para ofrecer una conferencia de prensa en que exaltara las "bondades" de Massera y explayara su arrepentimiento por haber sido parte de la "subversión". Era raro que se lo notificara un policía y no un oficial de la inteligencia naval y Loli, desde el sótano, se las arregló para enviar a Graciela un mensaje urgente pidiéndole que se vieran. Con un pretexto que no recuerda ya, Graciela bajó del tercer piso y Loli le contó. Atardecía. "Las palabras sin palabras, las dudas y las certezas flotaban entre la Loli y yo -refiere- aunque habláramos de otra cosa". Repentinamente se abrió la puerta del sótano y un represor anotició: "Prepárese, se va a La Plata". Loli tomó un canasto con sus cosas, se lo colgó del hombre y sacó un sobre que entregó a Graciela: allí estaban sus poemas, sus cartitas del compañero, un cuento, unos dibujos. La llevaron a juntar su ropa en el tercer piso para seguir la farsa, pero Loli sabía que iba a conocer su muerte. Se fue con dignidad, "caminando como una reina", comentó una prisionera- A pesar de los grilletes. Y siempre con sus ojos claros, el pelo negro, la tez blanca y más libre que sus asesinos.






Juan Gelman - 18 de diciembre de 1997.
Adolfo

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