21 enero, 2013

Mi "Libro de lectura" del 55


Cuento
Publicado en:  http://lacosaylacausa.blogspot.com.ar/2008/09/mi-libro-de-lectura-del-55.html

 
El 16 de septiembre de 1955 yo tenía siete años, y estaba en "primero superior" (hoy segundo grado) de la escuela primaria.
  
La Revolución Libertadora trajo un cambio a la Escuela. Desaparecieron los carteles que cubrían las paredes en su parte superior tocando el techo de mi aula. De letras inmensas, decían "Segundo Plan Quinquenal-Perón cumple-Evita dignifica". La palabra "quinquenal" me encandilaba con sus sonidos juguetones, y no entendía bien qué quería decir "dignifica".

La presencia de Perón y Evita se trocó por paredes ascépticas, vacías, que me impresionaron cuando volví a la Escuela, después de unos días de asueto. El retrato de San Martín lucía ahora solitario y único símbolo del aula, como frío testimonio en blanco y negro de una historia lejana, sin la companía de aquellos carteles de colores alegres, de fondo amarillo y letras rojas, que representaban cosas del presente.

Desaparecieron para siempre los discursos de Nélida Martha Fumo, la que luego fue mi maestra de cuarto grado. Belleza como pocas, se parecía a la chica que salió Reina del Trabajo, una tal Isabel Sarli, sólo que era rubia como el oro. De ojos celestes, alta, con una larga cabellera prolijamente enrulada, con un pecho que le explotaba detrás de las tablitas almidonadas, con su voz potente, exaltaba al General Perón en las fiestas patrias, mientras estiraba su brazo en la oratoria encendida, diciéndonos a los chicos que nosotros éramos los únicos privilegiados.

Todo eso desapareció como por encanto. El día en que volvimos al colegio, la maestra nos pidió que dejáramos nuestros Libros de Lectura arriba de su escritorio hasta el día siguiente. El misterioso pedido me reveló una operación que me turbó. Habían sido arrancadas muchas hojas de mi libro, con todas las lecturas que tuvieran que ver con esos personajes de cuento que eran para mí Perón y Evita.
Eva Row
Mi maestra no sabía, pero yo las había leído. Y las recordaba. Y las extrañaba. Y me preguntaba por qué había hecho una cosa tan brutal con mi libro, cuando ella misma me había enseñado a mantenerlo prolijo y cuidado. Romper las hojas de un libro era como una especie de delito atroz, de una violencia extrema. Las preguntas me quedaron sin respuesta. De eso no se hablaba.

Faltaban las hojas en las que se exaltaba que los trenes fueran nuestros, argentinos, en las que se hablaba de los derechos de los trabajadores, en las que había poesías nombrando a Evita:

Mi mamita es una rosa,
Evita es una estrella,
los pobres de la tierra,
se están mirando en ella.

Fijate que no me la olvidé, y en casa no eran peronistas.

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