17 febrero, 2009

Ser un traidor

Fragmento tomado de http://depalabra.wordpress.com/2007/11/10/traicion/
by bocanegra
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El concepto de pecado nefando, el mas abominable de los crímenes, que atraía sobre su autor la eterna maldición de los dioses y los hombres, ha ido cambiando a lo largo de los siglos. El canibalismo y el bestialismo eran innombrables al ser propios de animales humanoides; sólo hace muy poco y en algunas culturas dejó de serlo la sodomía; el infanticidio aún se practica con las niñas y antes era habitual con los bebés deformes; pero la que pervive con toda su fuerza en cualquier rincón del mundo es la traición. Desde muy antiguo, el mayor enemigo de la patria no era el que amenazaba con invadir sus fronteras, sino el súbdito felón que intentaba destruirla desde dentro, mediante la cobardía, la desobediencia, el sacrilegio e incluso el adulterio. Al violarse la confianza entre los miembros del grupo, se ponía en peligro la cohesión, la seguridad y la misma supervivencia del grupo en su conjunto. En el máximo nivel se encontraba la alta traición, que en teoría significaba poner el Estado en manos del enemigo, pero que en la práctica consistía en faltar a la lealtad debida al rey y conspirar para derrocarlo. El Estado soy yo se había dicho con otras palabras muchos siglos antes de Luis XIV, desde los primeros clanes familiares sujetos al poder incontestable de un jefe; Hitler se aseguró la obediencia de los militares a su régimen mediante un juramento de fidelidad a su persona. Cree el traidor que todos son de su condición, y los propios tiranos que se adueñaban del poder merced a un puñal en las regias espaldas, se cuidaban mucho de vigilar y ejecutar a cualquier sospechoso de pretender emularlos. Siguiendo una larga tradición que se remonta al menos a los emperadores romanos, los bienes del traidor ejecutado eran confiscados para expiar su execrable crimen. De modo que los juicios por traición no sólo eliminaban a los desobedientes y protestones, sino que constituían un suculento negocio para las arcas públicas, que era lo mismo que decir las privadas de Su Majestad. Roma no paga a traidores, aun cuando no pudiera gobernar sin ellos, así que siempre se podía recurrir a su amenaza cuando no había más presas a las que esquilmar; o para crear un mundo de guerreros fanáticos, temerosos de la traición y llenos de odio militante, como en 1984 o en cualquier estado totalitario, donde la nación se confunde con el partido y sus dirigentes. Aun hoy día, la alemana Marlene Dietrich sigue siendo repudiada en su patria por animar a las tropas aliadas a luchar contra los nazis. De igual modo, dejando al margen a los pocos inmortales cuya hazaña fue de tal magnitud que su nombre se convirtió en sinónimo de traidor, como el noruego Quisling o el griego Efialtes, la desconfianza y el miedo a la traición rigen a escala mezquina las relaciones personales del común de las gentes. Los infames son los otros, que quizá no te causen una ruina digna de titulares de prensa, como secuestrarte, ocupar tu casa o matar a tu pez de colores, pero que te pueden dejar abandonado cuando precises su ayuda, o divulgar datos falsos o ciertos a tus espaldas. Hay que ser fieles a lo prometido, y a lo debido por reglas inamovibles e inquebrantables por más que se nos antojen ajenas, obsoletas y ridículas, sin importar que ello sea malo, perverso o dañino. No se traiciona al amigo que traicionó a su pareja, ni se descubre al compañero que husmea en los vestuarios de las secretarias, ni mucho menos se delata al cuñado aficionado a los niños. ¡Eso no se hace a un amigo!, clama con escándalo y sonrojo nuestra conciencia, tras enterrar en lo profundo que uno sea amigo de semejante ser. ¿Y qué decir cuando estamos amarrados por los lazos sanguinolentos de la parentela natural y política? La ley legal nos exhorta a denunciar, pero la ley social, la tradición de la amistad o del mero compañerismo, nos obliga a callar, mientras que la ley del clan nos exige incluso apoyar. Te puedes fiar de quien es íntimo amigo del asesino que quizá un día te acuchille, pero no de quien lo ha delatado. ¿Quién te asegura que la vida no te llevará a ti mismo a convertirte en criminal, y que entonces no necesitarás a un camarada fiel que te apoye o al menos te encubra? Acusar se considera una conducta tan vil e indigna, que incluso surgen escrúpulos morales en un conflicto de lealtades en apariencia fácil, cuando piensas en traicionar al amigo de la infancia justamente por encubrir la traición de otro amigo de segunda fila. Chivato, los días que te quedan son una cuenta atrás. Traicionas a tus semejantes por temor a que se te anticipen. Traicionas a tus mayores al apostatar de su fe inerte y renunciar a sus costumbres inveteradas. Traicionas tus principios, cuando de repente observas con horror que tus valores se derrumban por la desesperación, y te enfrentas realmente a situaciones que, con estúpida inocencia, proclamabas que no te harían conculcar tus ideales. Y te preguntas si eres un renegado o tan sólo has evolucionado, ya que es de sabios rectificar a tiempo; o quizá seas consciente de tu traición, pero no estás seguro de arrepentirte de ella, ni te atreves a jurar que no la repetirás de nuevo. Nunca olvidamos las traiciones que hemos padecido, pero nunca recordamos las que hemos cometido.
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