11 octubre, 2015

Proteo Por Mario Goloboff *

“De Proteo el egipcio no te asombres, / tú, que eres uno y eres muchos hombres”, escribe Jorge Luis Borges en el poema que le dedica. Y una vez más, como casi siempre, acierta en lo fundamental: el verdadero tema es el del “otro”, el de la identidad. Pero esto sucede en un plano personal, individual. Cuando se trata de representar a miles, a cientos de miles, a millones, cuando se trata de representar las necesidades y las voluntades de miles y de millones, la situación varía, parece variar; es preciso que uno, que alguno, tal vez no el ideal, pero sí el más posible, el mejor entre los más posibles, invista esa múltiple personalidad. Así, los antiguos griegos, que avizoraron, sin presentirlo, la historia entera de la humanidad, y la trazaron y la delinearon y la proyectaron poco menos que fielmente sobre sus principales ejes, dieron con este presente con el que nosotros chocamos y dificultosamente trasponemos.


En distintas culturas, lo que caracteriza a Proteo es que puede predecir hechos y acontecimientos de la vida y de las personas. Cierto, para no tener que hacerlo, ante el pedido de tantos que se lo demandan imperiosamente, cambia de formas, se convierte en otros seres, generalmente animales, y sólo contesta cuando es perseguido, acorralado y atrapado, y está condenado a responder con la verdad. Reside en la isla de Faro, a un día de distancia de la desembocadura del Nilo, por lo que también es llamado Egipcio. Pero luego hay muchas tradiciones, egipcias, griegas, de las islas, que se cruzan, entrecruzan, contradicen y confunden, aunque lo que prevalece es el carácter de dios marino, descendiente de Poseidón, adivinador, previsor, transformador. Por eso acuden a él desde diversas proveniencias, sobre todo para que les prediga el estado de las mareas y los vientos, el de los peligros para las embarcaciones y las aventuras en el mar. Pastor de las manadas de focas de Poseidón o hijo de él...

La historia tendría que venirnos de más cerca y más directamente de Esquilo, quien la conoció por Homero, pero el drama satírico que integraba la Orestíada, dedicado justamente a Proteo, se perdió de modo definitivo. (Paul Claudel lo “recuperó”, y ello le sirve elegantemente a Jacques Lacan, a quien no podía escapársele en su Seminario, nada menos que sobre “La identificación”, para hablar de “los efectos narcisistas que ciernen esa roca, /.../ esa roca auto erótica en la cual el falo simboliza la emergencia: isla en suma golpeada por la espuma de Afrodita, falsa isla, por otra parte, puesto que, al igual que aquélla donde figura el Proteo de Claudel, es una isla sin amarras, una isla que va a la deriva. Ustedes saben lo que es el Proteo de Claudel: la tentativa de completar la Orestíada a través de la farsa bufona que en la tragedia griega obligatoriamente la integra y de la cual no nos quedan en toda la literatura más que los restos de Sófocles y un Heracles de Eurípides, si recuerdo bien”).

La leemos, pues, en la Rapsodia cuarta de la Odisea: “Voy a decirte todas las astucias del anciano. Primero contará las focas, paseándose por entre ellas y, después de contarlas de cinco en cinco y de mirarlas todas, se acostará en el centro como un pastor en medio de un rebaño de ovejas. Tan pronto como lo viereis dormido, cuidad de tener fuerza y valor y sujetadle allí mismo aunque desee e intente escaparse. Entonces probará de convertirse en todos los seres que se arrastran por la tierra, y en agua y en ardentísimo fuego, pero vosotros tenedle con firmeza y apretadle más”. Siguiendo estos consejos, prosigue contando Menelao: “Entonces acometímosle con inmensa gritería y todos le echamos mano. No olvidó el viejo sus dolosos artificios: transfiguróse sucesivamente en melenudo león, en dragón, en pantera y en corpulento jabalí; después se nos convirtió en agua líquida y hasta en árbol de excelsa copa”. Ya completamente sujeto, se vio obligado a revelar los enigmas: le habló a Menelao del asesinato de su hermano Agamenón a su regreso a Micenas, del naufragio y la muerte de Ayax, de la estancia de Ulises en la isla de Calipso, así como de los rituales propiciatorios que el propio Menelao debía celebrar a los dioses para que éstos permitieran su retorno. Las leyendas dicen, además, que a mediodía salía del agua y se dormía a la sombra de las rocas de la costa, rodeado de los monstruos de las profundidades. Quien deseara forzarle a predecir el futuro estaba obligado a atraparlo en ese instante, pues él tenía el poder de adoptar cualquier forma posible para así evitar la obligación de profetizar, pero cuando veía que sus esfuerzos no le daban resultado retomaba su apariencia habitual y decía la verdad. Finalizada su profecía, regresaba al mar.

En diversas tareas, ocupaciones y profesiones se ha visto actuar, en toda época, a estas personalidades proteicas. Occidente, con el triunfo de las democracias, sufrió la invasión, sobre todo, en las actividades más cercanas a la política y en las de la política propiamente dicha, a escala mayor. Suelo citar la frase que escuché, creo que directamente, a Charles Pascua, quien llegó a ser ministro del Interior de gobiernos de la derecha francesa: “Las promesas electorales sólo comprometen a quienes creen en ellas”, la cual, con todo lo cínica que es, es sin embargo menos brutal que la conocida en nuestras tierras de un célebre y devastador presidente: “Si yo hubiese dicho en verdad lo que me proponía hacer, no me votaba nadie”.

En la Argentina, para momentos electorales contemporáneos, han alcanzado ribetes de escándalo ciertas posturas cambiantes de ciertos transformables candidatos. Ultimamente (sorprendentemente) éstos han adoptado posiciones que se les ignoraban y ni se les sospechaban frente a asuntos de interés público o, en algunos casos, que se les reconocían por sus indignados rechazos, como las nacionalizaciones, las estatizaciones, la protección social, todo lo que horrorizó siempre a los conservadores de todos los países. Ahora, en cambio, para combatir “el populismo”, han descubierto las carencias, la pobreza, la mortalidad infantil, la desnutrición, el analfabetismo y otros males sociales de parecidas dimensiones, después de haberlos engendrado, ocultado y desconocido durante décadas de vida independiente.

Debe, quizás, ser, que para representar a tantas personas, tan diversas, tan distintas, nadie puede ser uno solo; tiene, de alguna forma, en algunas y diferentes formas, que ser todos, para investir las necesidades, los deseos de mujeres y de hombres, de jóvenes y de ancianos, de trabajadores, de pequeños y medianos empresarios (amén de los grandes, claro está), de jubilados y gente sin trabajo, de deportistas, de técnicos y de intelectuales. Acaso sólo Proteo, uno y a la vez todos, pueda satisfacerlos.

* Escritor, docente universitario.

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