Libro - Juan Manuel de Rosas de John Lynch


Introducción

Juan Manuel de Rosas, estanciero, caudillo, gobernador de Buenos Aires entre 1829 y 1852, ha dejado perplejos a los estudiosos de la historia durante más de un siglo, aunque, fuera de la Argentina, son pocos los historiadores que han intentado comprenderlo. El tema requiere atención por varias razones. Estudiar a Rosas es estudiar las bases originales del poder político en la Argentina, las grandes estancias y su formación, crecimiento y desarrollo. Comprender a Rosas es comprender más claramente la naturaleza de las relaciones de parentesco, de los vínculos entre protector y protegido, entre patrón y peón, clave de tantas instituciones políticas y sociales en América Latina. Comprender a Rosas significa comprender más a fondo las raíces del caudillismo, o dictadura personal, en el mundo hispánico, y discriminar más cuidadosamente hasta dónde constituye una herencia del pasado colonial o cuánto de él deriva de la independencia y sus consecuencias. Observar a Rosas es observar más de cerca la tendencia a la violencia en la sociedad de esos tiempos, y el uso del terror como instrumento de la política. Ver a Rosas es ver la presencia de los intereses británicos en el Río de la Plata, el alcance del apoyo británico a la dictadura, los límites de la influencia británica. Conocer a Rosas es conocer a un extraño y particular personaje, cuya singularidad constituyó, en el cambio histórico, un factor tan considerable como la economía y la estructura social de la época. Estos son algunos de los aspectos a los que se dedica este libro. No constituyen ellos el total de la historia. Dejan a un lado los detalles —aunque no el escenario de fondo— de la política exterior y de las relaciones entre las provincias argentinas, asuntos ambos que preocupaban a Rosas, para concentrarse en Buenos Aires, su economía, su sociedad y su gobierno.

Muchos escritores se han ocupado del tema, y unos pocos historiadores, en la Argentina misma. Existe ciertamente el riesgo de que un nuevo estudio pueda convertirse en un ejercicio de tautología. ¿Acaso no es Rosas autoevidente? ¿Es que no lo conocemos ya? Los intelectuales liberales y los estadistas no tenían dudas. Domingo F. Sarmiento escribió que: "Rosas y todo su sistema fue aborto de la estancia: él tenía doscientas leguas de territorio suyo, y sus hermanos, fautores y generales reunieron más de mil". Bartolomé Mitre lo identificó inequívocamente como un estanciero: "representante de los intereses de los grandes hacendados y jefe militar de los campesinos", quien valiéndose de un control absoluto sobre el gobierno y los sectores del trabajo determinó el desarrollo económico y social de Buenos Aires durante medio siglo. Según otro punto de vista: "Rosas fue lo que el pueblo argentino quiso que fuese".

Todos estos juicios son acertados, pero no constituyen toda la verdad. En primer lugar, la base social del rosismo debe aún ser localizada con precisión: ¿Gozaba Rosas del apoyo de toda la clase terrateniente? De haber sido así, ¿cuál fue el motivo de la revolución del Sur, en 1839, y de las deserciones de su causa en 1852? Hay cierta confusión también en lo concerniente a sus vínculos con los sectores populares. ¿Disponía Rosas de una fuerza masiva que lo siguiera de entre los gauchos? Si así era, ¿cómo respondieron a su severa política agraria? ¿Y no existía acaso otro grupo, un sector urbano de artesanos y personal de servicio, cuya relación con Rosas todavía debe ser establecida?

Algunos historiadores argentinos han interpretado ya a Rosas como un conductor de masas, un precursor del dictador populista. Esto se halla implícito en uno de los primeros estudios revisionistas sobre Rosas, el de Ernesto Quesada, quien describe el conflicto entre unitarios y federales como si fuese entre propiedad y pobreza, aristocracia y democracia, conservadorismo y revolución. "Fomentó las clases populares: su base eran los gauchos y los orilleros, a los que unió los negros... Demócrata por temperamento, las masas populares fueron su baluarte." Los historiadores continuaron tratando a Rosas en términos de rígidos contrastes, como la personificación del bien o del mal, y el verdadero registro de su gobierno resultó perdido en la mitología. Eventualmente, las preocupaciones ideológicas desbordaron el tema, y muchas de las modernas publicaciones sobre Rosas hablan más del presente que del pasado. Hay nuevos mitos, de la derecha y de la izquierda. José María Rosa ve a Rosas como el elegido de Dios y de los gauchos, la corporización de los valores argentinos, el azote de la imperialista Gran Bretaña. Desde la otra ala política, los juicios de Eduardo B. Astesano no son básicamente diferentes. Si bien reconoce el verdadero origen de Rosas como estanciero, lo presenta sin embargo como un populista, cuyo nacionalismo comprende no sólo objetivos políticos y económicos sino también una profunda conciencia social. Según esta interpretación, los unitarios constituían una aristocracia urbana y mercantil, mientras que los federales representaban a "las masas", a "los sectores populares". Rosas lanzó una revolución social cuando subió tempestuosamente al poder en 1829 como el "defensor del orden y de la legalidad, representando las masas, los gauchos, la pampa." Pero pronto amplió su base: "El rosismo, como movimiento popular, como expresión de la revolución popular, avanza ahora de las campañas al poblado, ganando hasta los mismos negros".

Algunos historiadores profesionales han interpretado a Rosas desde un punto de vista menos comprometido. El profesor H. S. Ferns lo describe en términos pragmáticos como un defensor de la independencia nacional, protector de su provincia y alternativa única de la anarquía. Miron Burgin hace referencia a su atractivo popular diciendo que es simplemente un proveedor de recursos y empleo: "Si bien representaban primariamente los intereses y aspiraciones de la industria de los criadores de ganado, los federales se dedicaban también, al mismo tiempo, a las clases más bajas tanto de los distritos rurales como de la ciudad." Según Tulio Halperín, la politización de las masas rurales y la movilización popular contra los unitarios en 1829 convencieron a Rosas de que el Río de la Plata sólo podía ser gobernado "popularmente". Aunque Rosas estaba lejos de ser demócrata, decidió que el nuevo equilibrio era irreversible y se colocó a la cabeza del peligroso sector popular a fin de poder controlarlo y usarlo. De esa manera logró de inmediato convertir a las masas rurales en sus clientes y su base.

En la Argentina, Rosas continúa provocando sentimientos de fascinación y de indignación, y los juicios que le atribuyen todo el bien o todo el mal no acaban nunca. En Inglaterra ha sido olvidado hace tiempo, aunque Inglaterra lo apoyó, lo combatió, comerció con él y finalmente lo rescató. Los historiadores de Palmerston y su diplomacia, cuando se refieren al Río de la Plata, son poco curiosos con respecto al hombre y al mundo existente detrás de los hechos. Sin embargo, Rosas fue interesante en algún momento para los escritores ingleses y cautivador para el público inglés. Lo conocieron al principio como un tirano cruel, impresión transmitida por las columnas normalmente hostiles de The Times. Ése fue también el juicio informado al gobierno por algunos de los primeros diplomáticos; como declaró uno de ellos su autoridad estaba constituida por "el sistema de la amenaza y el terror." Sin embargo, el público pronto dispuso de un retrato de Rosas más serio y, en cierta forma, más favorable.

En agosto de 1833, el HMS Beagle llegó a la desembocadura del Río Negro en las etapas iniciales de su expedición científica a la América del Sur, y el joven naturalista Charles Darwin desembarcó e inició un viaje hacia el interior. Pasó por las ruinas de algunas estancias destruidas por los indios y luego se dirigió al norte "a través de monótonos y tristes campos deshabitados, en los que sólo encontró dos manantiales de agua salobre", hasta que, finalmente, la campiña desértica dio lugar a las planicies más verdes del Río Colorado. Se encontró allí con el cuartel general del general Rosas y su caballería de feroz aspecto, empeñados a la sazón en la así llamada "campaña del desierto" contra los indios. Darwin conoció a Rosas y conversó con él. "Es un hombre de extraordinario carácter", escribió en su diario, "y tiene en el campo una gran influencia que probablemente utilizará para hacerlo progresar y prosperar." Darwin se enteró de su eficiencia para administrar estancias, de sus excéntricos métodos disciplinarios, sus asombrosas proezas como jinete, su identificación con los gauchos. Quedó impresionado por su gravedad, inteligencia y entusiasmo, aunque notó que raramente sonreía y si lo hacía, era más una advertencia que una amabilidad. También demostró Darwin cierta inquietud por la política de Rosas con respecto a los indios. "Hay una sangrienta guerra de exterminación contra los indios", escribió a Caroline Darwin. Y en su Diario hizo esta anotación: "Si la campaña finaliza con éxito, es decir, si todos los indios son liquidados, se ganarán grandes extensiones de campos para la producción de ganado vacuno... El campo quedará en manos de los salvajes gauchos blancos en lugar de los indios cobrizos. Algo superiores los primeros en cuanto a civilización, así como son inferiores en lo que hace a virtudes morales." Los indios obsesionaban a Darwin. Más tarde, desde las Islas Malvinas, volvió al tema en una carta dirigida a Edward Lumb, un comerciante inglés que se hallaba en Buenos Aires: "¿Cómo les va a los indios contra ese César de Rosas?" En realidad, Darwin estaba equivocado, traicionado por un cierto prejuicio contra las razas mestizas y mostrándose injusto con respecto a la Campaña del Desierto. Es verdad que Rosas consideraba salvajes a los indios, pero no había salido a exterminarlos, sino más bien a darles una corta y acerba lección, para mostrar la bandera, empujar hacia atrás la frontera y negociar desde una posición de fuerza. Lejos de exterminar a los indios, su expedición obtuvo un acuerdo de paz y coexistencia para varias décadas subsiguientes; y la solución militar esperó a los gobiernos de los presidentes constitucionales.

Darwin dejó a Rosas en buenos términos. "Quedé absolutamente complacido en mi entrevista con el terrible general. Es digno de verlo, ya que se trata decididamente de la personalidad más prominente de América del Sur." Rosas ayudó al viajero facilitándole caballos y un pasaporte para el viaje a Bahía Blanca y luego, a través de las pampas, hasta Buenos Aires. Algo más tarde, le demostró aún su preocupación al aconsejarle, mediante un mensajero, que se uniera a una escolta de tropas que marchaba con su mismo rumbo, cruzando regiones infestadas de indios. En Guardia del Monte, Darwin durmió en la gran estancia de Rosas, más parecida a una fortaleza que a un establecimiento de campo, con rigurosa guardia para la casa, inmensos rebaños y doscientos peones. Por sus propias observaciones, el científico quedó convencido de que el entusiasmo que despertaba Rosas era general en toda la provincia, que esperaban de él que librara a la gente del desgobierno, y que pronto sería él quien condujera el país en forma absoluta. Más tarde, después de regresar a Inglaterra, Darwin escribió su Diario de la expedición, que fue publicado en 1839 y dejó a los lectores ingleses con una favorable impresión del dictador argentino. Pero luego reconsideró sus juicios y, en la edición de 1845, agregó una nota al pie de la página diciendo que su profecía de un próspero gobierno había resultado ser "total y lamentablemente equivocada", evidencia al menos de las noticias que circulaban en Gran Bretaña y del continuado interés de Darwin por la Argentina. Se encontró una vez más con Rosas en Southampton, a un mundo de distancia de la Campaña del Desierto de 1833.

Woodbine Parish dejó el Río de la Plata un año antes de que llegara Darwin. Había estado allí desde 1824, como primer Cónsul General Británico, entre otros enviados a la América Hispánica por Canning para representar los intereses británicos en los nuevos estados. Al principio, Parish se sintió descoAquí tienes la transcripción de la quinta página del texto:

razonado por esta sociedad primitiva y anárquica y por una vida que estaba en los límites de la civilización. Pero reservó para sí mismo sus pensamientos, informó cuidadosamente al Foreign Office sobre la situación política y económica, defendió resueltamente los intereses británicos, y aún encontró tiempo para perfeccionar sus conocimientos reuniendo documentación, estudiando el país, su pueblo y sus recursos, y convirtiéndose en un experto en relación con este remoto y en gran parte desconocido territorio. Parish era un aficionado a la paleobiología y, cuando regresó a Inglaterra en los primeros meses de 1832, llevó con él no sólo sus anotaciones históricas sino también su colección de esqueletos de mamíferos extinguidos, una modesta contribución a los avances del conocimiento. Tenía por delante aún una larga vida y otras actividades, pero no perdió su interés por el Río de la Plata. En 1839 publicó Buenos Ayres and the Rio de la Plata, seguido en 1852 por una segunda edición revisada, que informaba sobre la historia de la región así como sobre su situación en ese entonces y sus posibilidades futuras. En sus despachos, Parish había expresado su satisfacción por el acceso de Rosas al poder en 1829, y lo describía como un hombre fuerte y probo, restaurador de la ley y el orden, y amigo de los británicos. En el libro, fruto de una mayor reflexión, no intentó realizar una estimación general del dictador, pero sus referencias eran favorables y parecía seguir admirándolo todavía. Por sobre todas las cosas, el libro continúa siendo una fuente de valiosa información sobre el ambiente y la economía en el Río de la Plata en la época de Rosas.

La política británica con respecto al Río de la Plata, que culminó con el bloqueo de Buenos Aires entre 1845 y 1847, ocasionó una interminable polémica en las columnas de la prensa de Londres, parte de ella —en el Morning Chronicle— inspirada por la propia propaganda de Rosas, y otra parte —en The Times— originada por sus opositores desde Montevideo. Hubo también ciertas publicaciones en forma de panfletos, de efímera existencia, pero que evidenciaban los intereses prevalecientes y el nivel de información disponible. Los comerciantes británicos que actuaban en Buenos Aires en esos días aclararon perfectamente a su gobierno que Rosas era su mejor protector y que los privilegios de los cuales gozaban los colocaban en posición más fuerte que la de los nativos, ya que tenían todos los derechos de los ciudadanos y ninguna de sus obligaciones. Un panfleto anónimo publicado en Londres en 1847 sostenía con respecto al gobierno de Rosas sobre su propio pueblo que, por más opresivo que fuera, no era de la incumbencia de Gran Bretaña, cuyo único interés residía en su política exterior; "ni necesitaríamos ir a tanta distancia como queda el Río de la Plata para ejercer nuestra filantropía, en caso de que se juzgara conveniente para nuestros intereses nacionales que adoptáramos una política tan quijotesca."

Los británicos continuaron llegando al Río de la Plata por muchas razones. Ninguno de los viajeros tenía las credenciales científicas de Charles Darwin, y pocos de los diplomáticos los intereses intelectuales de Woodbine Parish. Pero dos observadores se destacaron por sobre el nivel normal, y ambos dejaron relatos originales sobre la vida en las pampas. William MacCann era un comerciante inglés que arribó al Río de la Plata en 1842. En 1846 publicó un trabajo preliminar sobre temas políticos. Más tarde, entre 1847 y 1848 efectuó viajes al sur y al norte de la provincia de Buenos Aires: "mientras me hallaba buscando aperturas hacia nuevos campos de comercio, durante ambos viajes, mi propio interés me indujo a estar alerta en mis observaciones y a ser exacto en mis juicios." En una prosa tan vigorosa y clara como el aire de las pampas, MacCann registró con simpatía y ojo penetrante para los detalles la vida rural de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos en los tiempos de Rosas, y desde entonces es mucho lo que le deben los historiadores. MacCann fue acusado en la Sala de Representantes de ser un espía inglés y de realizar su viaje por cuenta del gobierno británico con el objeto de recoger información de utilidad para sus intereses. Rosas se enteró del problema y lo invitó a su residencia de Palermo, donde aseguró al inglés que tenía libertad para continuar efectuando sus viajes. MacCann encontró a Rosas agradable y muy accesible: "su hermoso y rubicundo rostro, y su aspecto fornido... le daban la apariencia de un caballero de la campiña inglesa." Conversaron bajo la sombra de los sauces: "llevaba una chaqueta marinera, con pantalones azules y gorra, y tenía en la mano un largo y curvo bastón."

Otro observador británico, Wilfrid Latham, mostró menos simpatía hacia Rosas y su gobierno. Escribió en forma retrospectiva, durante la década iniciada en 1860, y la Argentina que él describía estaba ya cambiando rápidamente. Había criado ovejas durante veinticuatro años desde su llegada en los comienzos de la década de 1840 y mientras transcurrían los últimos diez años del régimen. Su versión de Rosas y su época es un relato convencional de crueldades, fanatismo y estancamiento económico, pero su descripción de las consecuencias tiene valor perdurable al contrastar lo viejo y lo nuevo, la transición de las vacas a las ovejas, y el avance hacia la modernización en la infraestructura y la tecnología.

Rosas fue derrocado en 1852 y, después de un largo exilio, murió en Southampton en 1877. Gradualmente, a medida que eran menos sus contemporáneos que quedaban, se iban desvaneciendo en Gran Bretaña los recuerdos de su vida y su época, aunque no era así en el Río de la Plata. Sir Woodbine Parish, al escribir a la hija de Rosas en el año siguiente a la muerte de su padre, observaba con cierta ironía: "Es muy difícil ahora encontrar a alguien que recuerde lo que era Buenos Aires hace cincuenta años." Sin embargo, en la Argentina nadie olvidó a Rosas, y en los ambientes primitivos del campo, aún estaba vivo. En uno de sus extraños cuentos de viajes y aventuras en el interior del Río de la Plata, Cunninghame Graham recordaba una violenta escena de su juventud, en una pulpería en las pampas meridionales. Describiría a un grupo de hombres que se hallaban en el lugar, cantores y guitarreros que bebían, fanfarroneaban y peleaban mientras algunas mujeres los observaban desde un lado; de pronto, un viejo gaucho, provocado por las palabras de hombres más jóvenes, sacó su cuchillo y gritó "¡Viva Rosas!", para demostrar su actitud desafiante, su ira y su salvajismo. Esto ocurría alrededor de 1876 o 77, veinticinco años después de la caída de Rosas. ¿Era simplemente la nostálgica embriaguez de un viejo gaucho venido a menos? ¿O se trataba de la añoranza folklórica de una revolución popular? Es imposible decirlo. Pero el mismo Cunninghame Graham, invadido por un extraño impulso, abandonó el grupo y salió a galopar furiosamente por el campo gritando "¡Viva Rosas!"

Aunque Cunninghame Graham era un terrateniente escocés se identificaba tanto con los declinantes valores del gaucho como lo había hecho con las víctimas de la sociedad industrial en Gran Bretaña, y sus escritos conservaron para los lectores británicos la historia, las escenas y la cultura de aquella antigua y primitiva vida en las pampas, antes de que se transformaran en una de las grandes regiones productoras de carne y granos en el mundo. También era amigo de otro experto en temas del Río de la Plata, W. H. Hudson, superior como escritor y observador más agudo de las pampas y su gente, de manera más reflexiva y con menos tintes aventureros. Si alguien recordaba lo que había sido Buenos Aires mucho tiempo atrás, era él.

Hudson dejó la Argentina en 1874, muchos años después de la caída de Rosas, y nunca regresó a ese "país fatal", donde había vivido desde su nacimiento en 1841. En noviembre de 1915, mientras se hallaba deprimido y enfermo en la casa de reposo de un convento, en Cornwall, empezó a rememorar su niñez. Buscando más allá de posteriores sumas de conocimientos sobre la Argentina, Patagonia, Sussex, Hampshire y Wiltshire, descubrió los primeros recuerdos de todo aquello, los de su niñez de tanto tiempo atrás en las pampas, y las imágenes de ese mundo distante volvieron como un torrente con toda su pureza y frescura, una visión del pasado que en seguida se hizo clara y continua. Fue una extraordinaria proeza de memoria, una recreación, en prosa cristalina, de un país y una sociedad de sesenta y cinco años antes. Recordaba especialmente la vida en el campo, el mundo azul, verde y amarillo de las estancias, y las modalidades extrañas y violentas de sus habitantes.

Vemos que todas las tierras que nos rodean son llanas, el horizonte es un círculo perfecto de nebuloso color azul donde la bóveda de un cielo azul cristalino descansa sobre el nivelado mundo verde. Verde al final del otoño, el invierno y la primavera, es decir, desde abril hasta noviembre, pero no todo era como una verde pradera cubierta de hierbas: había zonas desnudas donde las ovejas habían pastado, pero la superficie variaba completamente y en su mayor parte era más o menos áspera...

En todas estas extensiones visibles no había cercas, y tampoco árboles, excepto aquellos plantados en proximidades de las casas de las viejas estancias, y como éstas se hallaban alejadas de los campos arados y las plantaciones, parecían pequeñas islas arboladas o montes, azules a la distancia, sobre la inmensa llanura de la pampa.

Así introducía Hudson a sus lectores en el mundo de los gauchos y los pastores, del ganado vacuno y de los caballos, de los patriarcas de las pampas, viejos estancieros y nuevos colonos británicos, un mundo sólo visitado por el pampero, el gran viento del sudoeste, por violentos incursores, por oficiales reclutadores en busca de conscriptos y por fugitivos de la justicia o de un ejército enemigo. Pero Hudson también recordaba visitas a Buenos Aires durante los últimos años de la dictadura de Rosas. Guardaba en su memoria las rectas calles, los angostos pavimentos, y el ruido de los carros sobre el empedrado de adoquines; y, como Darwin, también él vio uno de los bufones de la corte del dictador. Con oídos de niño oyó las conversaciones de los adultos sobre Rosas y sus enemigos, la cruel necesidad de su autoridad, su llamado a la imaginación popular. Aprendió que los gauchos lo ayudaron a tomar el poder sólo para quedar finalmente desilusionados cuando empezó a privarlos de su libertad. Recordaba los nombres que le habían puesto sus enemigos, "el Tirano del Río de la Plata", "el Nerón de América del Sur", "el Tigre de Palermo", y él mismo, por su parte, lo resumía como "el más sangriento, así como el más original de los Caudillos y Dictadores, y asimismo, tal vez el más grande de quienes han subido al poder en este continente de repúblicas y revoluciones." Observó que mientras algunos lo aborrecían otros estaban de su lado, aún muchos años después de su caída, y entre éstos se encontraba la mayoría de los residentes ingleses en el país. En el mundo de Hudson, no todos los británicos son figuras uniformemente simpáticas. En The Purple Land, describió una colonia de borrachos británicos que llevaban una vida inútil e inmoral, dejando las tareas rurales a cargo de sus peones mientras ellos se embriagaban hasta la estupidez, insultaban a los nativos y hablaban como caricaturas de los expatriados. Esto era en Uruguay. Pero en Allá lejos y hace tiempo, los británicos eran sobrios, ambientados y pro-Rosas.

Cunninghame Graham y W. H. Hudson mantuvieron vivo el mundo de Rosas y de las grandes llanuras en la literatura inglesa hasta bien entrado el siglo XX, pero luego la tradición murió. Tuvieron un discípulo, que escuchó y aprendió, y, en 1918, brindó a un desinteresado público un largo poema narrativo sobre Rosas. John Masefield había visitado América del Sur brevemente en su juventud en calidad de marinero, pero era evidente que había estudiado la historia de Rosas de otras fuentes, literarias u orales. El poema culmina con la ejecución, por el bien de la moralidad, de la joven Camila y su amante sacerdote, una de las inexplicables crueldades de la dictadura, episodio conocido por Hudson pero no común en las letras inglesas. El Rosas de Masefield es una curiosa mezcla de hechos, imaginación e inexactitud, y no constituye gran poesía; pero el autor hace algunas afirmaciones válidas y entiende que Rosas prometió sacar al pueblo de la anarquía si le daban poderes absolutos.

Así llegó Rosas al poder. Pronto su garra
Aferró a todo el país como si hubiera sido un caballo.
Iglesia, Dinero, Ley, todo cedió. Controló
Las salvajes pasiones de esas tierras con su fuerza aún más salvaje.
Y a través de sus lágrimas, de tanto en tanto, los hombres oyeron
A sus esclavos adorar su astuto crimen.
Y si la ciudad, aterrorizada hasta el espanto
Lo aborrecía como esclavos a sus amos, aún él seguía siendo
El amado capitán de los Gauchos; podía atraer
A gusto sus corazones con su habilidad de jinete,
Nadie montó jamás como Rosas; nadie como él
Fue capaz de hablar su jerga o comprender su misterio.

La literatura inglesa describió, más que interpretó, a Rosas. Para encontrar una explicación, el estudioso debe recurrir a un filósofo político que escribió un siglo y medio antes que naciera Rosas. La condición natural del hombre, tal como fuera caracterizada por Thomas Hobbes en 1651, era una casi perfecta descripción de la Argentina después del colapso del poder español en 1810 y antes del advenimiento de Rosas en 1829: "durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que mantenga a todos ellos bajo el temor, se encuentran en aquella condición llamada guerra; y qué guerra, ya que es de cada hombre contra cada hombre." La afirmación de los derechos individuales se convirtió en anarquía, interrumpida solamente durante breves intervalos de gobierno efectivo, y la anarquía alcanzó un punto en el que ningún hombre ni su propiedad se encontraban a salvo de los ataques enemigos. La única forma de defenderse a sí mismos de los daños provocados por otros y de la invasión de extraños fue ceder sus derechos de gobierno y conferir todo el poder a un solo hombre. "Porque mediante esta autoridad, otorgada por cada individuo particular en el Commonwealth, es tanta la fuerza y el poder conferidos y de que dispone que, por el terror que ello produce, es capaz de controlar las voluntades de todos ellos, de lograr la paz interior y la mutua ayuda contra los enemigos exteriores."

(John Lynch, Juan Manuel de Rosas)

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