18 marzo, 2015

LA CULTURA DEL PERITAJE Por Horacio González

La abundancia de peritajes contradictorios en el caso Nisman permite situarnos ante un conjunto de saberes con rostro científico pero manipulables. Las pericias, con conclusiones establecidas de antemano, desplazaron a las ciencias jurídicas: ya no reina el juez desde su estrado sino el forense. Horacio González escribe en Anfibia sobre la cultura del peritaje: una maquinaria concebida para recoger pistas, y al mismo tiempo adulterarlas, que crea una urbe en estado de sospecha permanente.


Caso Nisman

LA CULTURA DEL PERITAJE

Por Horacio González
En: http://www.revistaanfibia.com/ensayo/la-cultura-del-peritaje/

Foto de apertura: Mario Sayes
Fotos de interior: Victoria Gesualdi y Rolando Andrade

La vida política de un país tiene todo tipo de espacios físicos y simbólicos, que pueden ser abiertos o cerrados. Localizaciones rodeadas de grandes arquitecturas, o irreversibles descampados, avenidas rumorosas y cuartos cerrados, salas teatrales en ciudades centrales o periféricas. Podrán elegirse uno o varios de estos locales, de estos emplazamientos, como dirían los técnicos de cine o los ingenieros de obra. La vida nacional transcurre en todas esas ambientaciones, tiene algo de teatro aunque no se reduzca solo a una representación bajo el juego de las candilejas. Pero la política de un país con todas sus incidencias (desde la propuesta a la aspereza, desde la injuria hasta el calmo enunciado reconstructivo; desde el llamado a grandes acuerdos hasta la expresión directa de una violencia) no nos deja escapar demasiado de las nociones teatrales, del gran juego de las emociones volcadas según una evocación directa de una dramaturgia. Esta palabra tiene una larga militancia como sinónimo del escenario donde se realiza o expresa el ser político o cualquier conflagración que exigen territorio y espacio. Y ya dijimos también escenario, palabra cuya piel es difícil de repartir entre lo político y lo teatral. En el seno de esta dificultad, esa transposición necesaria y llena de obstáculos entre una escena teatral literal y una escena política, toda ciudad puede interpretarse –además de lo que le corresponde como fuerza productiva, circulatoria y existencial-, en tanto gran teatro de operaciones.

Allí se agitan permanentemente signos de una experiencia colectiva que elabora dictámenes parciales sobre un estado de situación en cuanto a la relación entre experiencia colectiva y saber escénico, participación social y teatro personal del uso de la palabra opinativa, al compás de nuestra incalculable espontaneidad. Es decir, cómo se  hallan anudadas o en tensión las fuerzas colectivas que involucrando nuestro nombre, suelen animar la pregunta por excelencia de la teoría urbana: ¿por qué luchamos? ¿Cuál es el sentido de estos flujos humanos que crean imágenes de muchedumbres callejeras? ¿Quién los convoca? ¿Cómo dialogan inciertamente los hechos visibles de masas con eventos trágicos ocurridos en lugares cerrados? ¿Cuándo se vincula un suceso oscuro en cuarto cerrado con la atmósfera plena de la plaza pública?
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En los últimos días han contrastado dos grandes manifestaciones –de distinto sentido- en espacios abiertos. La de Plaza del Congreso, en oportunidad del discurso de la presidenta, y antes, la marcha de silencio por la muerte de Nisman. Ésta ocurrió, por otra parte, en un lugar cerrado que está siendo objeto de fuertes controversias. Un departamento en un piso trece, frente al Río  de la Plata en un barrio surgido de las nuevas fórmulas de la especulación inmobiliaria y de las ideologías habitacionales. Fue el local donde hubo un hecho de sangre vinculado con el horizonte político primario del país y con repercusiones internacionales, que se duda en declarar asesinato o suicidio. Su repercusión en la conciencia pública es notoria, y aunque convive con otros temas nacionales o internacionales –ningún tema absorbe todo el caudal de significados en la historia efectiva de una época-, sigue atrayendo la atención por presentarse bajo la forma de un acertijo que reclama infinitos peritajes.

Estos peritajes parecen extraídos del glosario más extenso con el que pueda contar cualquier novela del género policial, en cualquiera de sus acepciones. Este hecho posee así una singularidad trascendente, real y ficcional al mismo tiempo. Es un punto vacío, un significante que absorbe una entelequia explicativa que es menester dilucidar, pues recorre como un rizoma electrificado el cuerpo anímico nacional. La abundancia de peritajes contradictorios nos permite considerar, en primer, lugar, que estamos ante un conjunto de saberes que presentan un rostro científico pero que son absolutamente manipulables, más allá de su voluntad esclarecedora de orden  profesional semiológico. Los peritajes corresponden a un modo de investigación indiciaria, donde los individuos, huellas, vestigios, detalles imperceptibles por la mirada común, hechos de apariencia cotidiana que en apariencia no contendrían un sigiloso y explosivo nivel de clarificación, son puestos bajo un ejercicio de laboratorio que sigue de cerca la evolución de los estudios genéticos o de semiología médica.  No es de ahora que este tipo de peritaje criminológico pretende equivalerse a los procedimientos científicos, semiológicos o psicoanalíticos más refinados.

Pero lo cierto es que se sitúan más bien de un lado ficcional –toda ciencia en el fondo tiene esa secreta inclinación-, pero en este caso acentuando una cientificidad que parece sobreabundar tanto en consideraciones de la razón analítica, como en especulaciones quiméricas revestidas de un simulacro de rigor lógico. Es este el sentimiento que embarga a los lectores de los peritajes contrapuestos, en los que los peritos sustituyen  al juicio crítico, a la propia tarea cabal de enjuiciamiento, con un positivismo de arrasadora facticidad que, por lo menos en este caso, parece corresponderse muy bien con hipótesis formuladas de antemano. No se trata de un peritaje que parte de un saber ínfimo o débil y luego avanza, sino de un peritaje que ya parece tener sus conclusiones establecidas ante de comenzar su rutina repleta de expresiones precodificadas.
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Llamemos a estos ejercicios la “cultura del peritaje”. En algún momento, éstos se convierten en obstáculos de índole cognoscitiva (los famosos  obstáculos epistemológicos de las filosofías de mediados del siglo anterior), y se ligan mucho más a un teatro de operaciones urbanas donde la dramaturgia que se imparte dictamina una sola cosa: una urbe en estado de sospecha permanente, una razón pericial improvisada, con puros gestos retóricos sin reclamo de veracidad, con lo que construyen una escena ciudadana donde el comando lo tiene una suerte de maquinaria concebida para recoger pistas y al mismo tiempo adulterarlas. Y no por premeditaciones arbitrarias (lo que no se descarta) sino por la esencia misma del procedimiento. La pericia es el último saber en crisis en el cuadro de una gnosis urbana que se resiste a morir.

En un escenario reducido, el famoso cuarto cerrado de las novelas policiales donde ocurre un hecho de sangre que desafía la lógica, los peritajes reaparecen cargados de una racionalidad vacía, en su inerte mesa de disecciones, dando lugar no a la certeza conclusiva –que es lo que correspondería- sino a la amplificación de la desconfianza y la imputación apriorística. Podríamos decir que una vuelta de tuerca en la democracia vivida en la urbe, debería ser la de inventar una contraposición posible ante este este tipo de discurso pericial. Entendido como se los presenta ahora (metáfora de un momento esencialmente policial en el Estado), no son sino una variante estrechamente positivista de las acciones inherentes a los servicios de informaciones, que operan en el doble sentido de una ilegalidad consentida por el estado, y de una legalidad que permite acciones reservadas o secretas. Las tradicionales  ciencias jurídicas, con las escenas en sus estrados donde reina el lenguaje  no del perito sino del juez, también codificado hace milenios, quedan en posición deslucida ante una más apretada programación del sentido.

El otro polo escénico de este enigma que no obstante puede obtener mayores clarificaciones con investigaciones no estropeadas por teorías premoldeadas (como nichos anticipados para encajar forzadamente los hechos), es la noción de la polis como circulador de encuentros  y difusión de la palabra política. En el acto de Plaza Congreso, el interés  recayó en la superposición de los dos  recintos: la plaza a cielo abierto y el recinto parlamentario, que a la vez era retransmitido en pantallas gigantes sobre la plaza. La naturaleza de los actos políticos ha cambiado mucho con estas reduplicaciones. En gran medida, son lesionados por una suerte de sobreinformación que se superpone con la experiencia fáctica originaria: estar en la plaza, escuchando por los altoparlantes, la tecnología anterior. Ahora son escenas inherentes a lo que históricamente es el conglomerado humano con sus banderías, cánticos y redoblantes –lo que establece el derecho de ser escuchado- con el agregado de la maquinaria representacional por imágenes, que origina el derecho que proviene de la oratoria central, que reclama asimismo una ampliación de la escucha calificada. Este tipo de actos ha sufrido las innovaciones que en los últimos tiempos ocurren en los patios interiores de la Casa de Gobierno. Ésta ha seguido de cerca las evoluciones del poder retórico comunicacional,  que va desde los recortes en las islas de edición a los programas políticos que pautan confrontaciones que le sustraen al parlamento su viejo dramatismo (para entregarlo atado de pies y manos a la televisión y sus sucedáneos), y que repercute en los modos de televisación de los discursos de la presidenta, hechos de enorme complejidad, pues la cámara va tejiendo su propio relato en subsecuencia a los dichos de la presidenta, produciendo un discurso paralelo en imágenes con situaciones singularizadas en rostros, pintoresquismos expresivos y personajes sorprendidos en distintos estados de tensión.
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Una ciudad es muy compleja, no es la ciudad de Aristóteles o Maquiavelo, donde imperaba el orador y el tribuno de la plebe, obligados a pensar en un uso de la conversación pública que podía tener la conspiración como la simulación como tema –Cicerón, Maquiavelo- pero no se producían los problemas con la presentación técnica de la palabra que comienza  tímidamente con el teléfono, el telégrafo y la radio y se torna ahora un circuito de emisiones o pulsaciones que superponen circulación financiera, comunicacional, económica, y producción simultánea de ilegalidad y legalidad desde los mismos comandos centrales de la globalización, los “call centers” desterritorializados que simbolizan los nuevos bancos de datos que cuantifican la subjetividad humana y que de algún modo, sacrifican la antiquísima idea de Ciudad o Metrópolis.  El peritaje es una ficción más –más allá de su presunta veracidad y seriedad- que comparte ahora los hechos  escénicos públicos y privados, sin que esta distinción pueda mantenerse ahora fácilmente. Lo que define el lenguaje y la pólis, es que la tenue membrana de lo público y privado se entrecruza y se diluye intermitentemente, intercambiando sistemáticamente sus significados. En la lejana extrapolación que tiene los hechos en ambientes cerrados que originan  marchas urbanas (por ejemplo la marcha de silencio por la muerte de Nisman) tenemos que considerar otro régimen de acontecimientos, nuevos en la producción de  variantes de sentido en las luchas políticas.

Se trata de las escenas de degollamientos, que se transmiten parcial o totalmente en los medios fabriles de producción icónica universal (en general, velando el momento postrero fatal) que implican construcciones de imágenes difíciles de definir. Ocurren en ambientes sin nombre, sin señales  territoriales, sin identificaciones precisas, pero con paisajísticas extremadamente lacónicas, sugiriendo ambientaciones abiertas y hombres que cumplen con seriedad sombría una misión pavorosa. Ya la ciudad política fue abolida. Aquí impera la disciplina colectiva por medio de un axiomático collar de sangre, en escenas que ven millones de personas en sus ilusorios domicilios que son cuartos cerrados, que persiguen la seguridad precintada, pero abiertos a ese desierto innominado donde un acto bárbaro adquiere las dimensiones magnas que le da las tecnologías reproductivas a escala universal. Un nuevo universalismo –ajenos a la pericias del antiguo racionalismo pero actuando como la otra punta del lazo- nos invita a pensar que antiguas cuchillas de degollina podrá ocupar el lugar que reservábamos a las aconteceres festivos o trágicos de las plazas de ciudades construídas para usufructuar de imágenes de reconocimiento mutuo. Las sangres escénicas, las que persigue el perito urbano y, muy diferentes a éstas, las que suscita el ejecutante velado, destinado a actuar como verdugo ante las cámaras mundializadas, pone en riesgo el vínculo significativo esencial, la palabra argumental que dialoga íntimamente con su siempre presente pasión íntima. Parte de esa trama que antes llamábamos ciudad abierta.

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