18 mayo, 2022

RLM - totalizado (bis)

 

RLM - totalizado (bis)

Versiòn 1.5

Estas notas
El objeto de estos apuntes es hacer un breve repaso de mis días en el servicio militar pero particularmente en torno a uno de mis compañeros de conscripción de la clase 62 que cobraría notoriedad al poco tiempo y que fuera por más de treinta años una anécdota que yo solía desarrollar un poco en serio un poco en broma para amenizar algún encuentro entre amigos. Esta vez el comentario devino en búsquedas en la web y resulta ser que hace unos pocos meses se publicó un libro contando la historia de aquel compañero desde su encierro. Por este motivo decidí dejar por escrito la parte que conozco de su historia antes de leer dicha publicación para no verme influenciado y cambiar alguno de los recuerdos que he conservado tantos años.
Cierto es que la memoria puede jugarnos una mala pasada pero aquí estamos. Trataremos de poner en contexto el asunto porque creo que no es menor ubicar los hechos en su contexto.


Aquellos años
Corría el fatídico año 1982, en las postrimerías del PRN (Proceso de Reorganización Nacional como se dió en llamar la última dictadura militar) y en un clima económico y social inestable cursaba la carrera de ingeniería en UTN en la sede de Rosario y Avenida Moreno junto al parque Rivadavia en Caballito. Esos últimos días de verano el patio se atestaba de estudiantes que bajábamos a comer algo, tomar aire o fumar y casualmente nos encontramos con unos ex compañeros de colimba que hacían otras carreras mientras aún cumplían sus últimos días de servicio. Yo me había ido en la primera baja del mes de noviembre, y tras los saludos de rigor la charla pasó a los temas en común, ¿Qué carrera cursas? ¿Qué sabes de fulano? ¿Y como te va a vos? Etc. Nada fuera de lo común pero no faltó la pregunta por los presos que estaban encerrados en calabozo cuando yo salí porque era sin duda el hecho más relevante que nos había afectado a todos, me comentaron que aún seguían detenidos pero con salidas transitorias mientras se los enjuiciaba en tribunal militar. Era muy fuerte, no supe mucho más. Adiós. Adiós. ¿Cuánto llevaban encerrados? ¿Seis, ocho meses? Era mucho.
Luego vendrían las Malvinas, el país entero era un revuelo y yo mismo no sabía que podría sucederme, esperaba cada día la convocatoria a presentarme, escuchaba y leía cada comunicado oficial para no quedar en falta si fuera llamado y la guerra pasó por encima de todo lo demás, fue tema excluyente durante su desarrollo y un tema de introspección una vez concluída como todos sabemos, con la derrota argentina, el regreso de los compañeros y el durísimo balance de los militares a cargo, de los civiles funcionales y de cada uno de nosotros como ciudadanos que fuimos embaucados y arrastrados a una locura. El estado de ánimo general en la gente era depresivo y se notaba la tristeza que había dejado la guerra en el  ambiente. Yo seguí cursando dentro de lo posible de manera normal en el mismo predio y al tiempo, diría que meses después nos reencontramos casualmente con uno de aquellos compañeros, aunque pienso que él se me acercó por la novedad y me dijo -¿Te enteraste quién es el asesino de los taxistas? Yo no sabía ni siquiera que existía esa noticia. Recuerdo que compré el diario Crónica de la tarde ni bien pude y allí encontré por primera vez una breve reseña, una pequeña nota de no más de treinta renglones y sin quererlo de inmediato comencé a repasar en un flashback mi breve estadía en el cuartel de Villa Martelli un año atrás durante mi conscripción.


Servicio militar obligatorio
En aquellos tiempos de dictadura el servicio militar era más que obligatorio, era inevitable, salvo que tuvieras la suerte de ser exceptuado en el sorteo el mismo año que cumplías tus dieciocho años. No fue mí caso. En una determinada fecha anunciada por los medios nacionales se procedía al famoso sorteo de los futuros conscriptos a través de Lotería Nacional. Era transmitido en directo por radio para todo el país pero lo común era comprar el Diario al día siguiente y fijarse allí que te había tocado en suerte. En mi caso fue el 363. Un número bajo si se quiere, pero ese año se "salvaron" hasta el 360. Pegué en el palo pero tenía que hacer el servicio.
Al año siguiente me llamaron o mejor dicho me convocaron a presentarme en marzo en un establecimiento militar en la zona de Ciudadela si no me equivoco en el mismo lugar donde hicimos la revisión psicofísica donde me presenté por la mañana bien temprano y al mediodía ya estaba en un cuartel que si bien nadie nos informaba oficialmente, supimos que estaba en provincia de Buenos Aires muy cerca de Capital Federal. La desinformación es una de las tantas herramientas de deconstrucción de la personalidad que utiliza el ideario militar para subordinarte. Era bueno estar cerca de casa, era horrible no poder comunicarlo, que nadie supiera donde estaba. En resumidas cuentas iba a pasar allí mí periodo de instrucción que podía llegar a promediar los sesenta días, esto tampoco te lo informaban.


La compañia
Era un lugar, limpio, prolijo, repleto de acomodados que tenían sus contactos y gracias a ellos se les eligió a dedo un destino de alguna manera favorable para que pudieran estar cerca de sus familias de Capital Federal y zona norte del GBA. Pero también estábamos los parias, los descolgados sin recomendación alguna. Esto es importante porque a la hora de repartir funciones dentro del cuartel algunos tuvieron prioridad para hacer trabajos de oficina, choferes o cocineros, otros de acuerdo a habilidades puntuales pasaron a intendencia, carpintería o sala de armas y yo quedé con el resto, a hacer tareas de mantenimiento general y trabajos de peón cargando partes de los puentes de Bayley que se acumulaban en nuestros depósitos. Pero me estoy adelantando porque esto sería un par de meses más tarde, una vez pasado el período de instrucción inminente y después de la aún lejana primera licencia.
El cuartel era la Compañía de Ingenieros de Depósito 601 que dependía del Batallón de Logística 601. Era una compañía pequeña con menos de doscientos soldados pero era independiente del batallón. Esto era muy bueno porque el predio no tenía más de cinco o seis hectáreas y no había grandes extensiones donde armar los típicos vivacs del ejército para la instrucción que en nuestro caso hicimos en los terrenos linderos pero que básicamente se trató de ejercicios físicos por un lado y trabajo duro, mucho trabajo físico cargando piezas de hierro de cientos de kilos que movíamos todos los días de aquí para allá. Nuestra jornada era agotadora, parte entrenamiento militar para el combate, parte trabajo. Vale destacar que esa primera etapa de entrenamiento que otros pasan en un vivac nosotros la hicimos durmiendo en las cómodas camas de nuestra cuadra y esto era objetivamente muy bueno. La jornada se dividía en dos partes: entrenar por la mañana y trabajar por la tarde, con breves espacios de tiempo libre antes o después de las comidas en los que de a poco fuimos entrando en confianza con algunos compañeros y entre los que conocí entonces estaba Ricardo M. por una simple razón: la estatura nos puso a la par en la formación y nos juntaba varias veces al día. 


Lanzaperfume.
La primera vez que escuché la canción del verano de moda en Brasil nos estaban formando fuera de los galpones de Intendencia para entregarnos parte de los uniformes de fajina, las primeras pilchas de combate que eran casi andrajos usados por las clases anteriores. Sin demasiadas pretensiones recibíamos camisas raídas, bombachas agujereadas y varios talles más grandes o borceguíes de suelas lisas y hormas destrozadas pero eso sí, la ropa interior y las medias eran nuevas, como debe ser.

“Lança menina, lança todo esse perfume
Desbaratina, nao da pra ficar imune
Ao teu amor que tem cheiro de coisa maluca
Vem ca meu bem, me descola um carinho
Eu sou nenem, só sossego com beijinho
Ve se me da, o prazer de ter prazer comigo
Me aqueca
Me vira de ponta cabeca
Me faz de gato e sapato
E me deixa de quatro no ato
Me enche de amor, de amor”

En la radio que tenían en Intendencia, siempre a tope sonaba el aborrecible temita de Rita Lee varias veces al día hasta el hartazgo. En las discos se bailaba aquel tema de moda de verano en el comienzo de la era pop de la fiesta neoliberal. El mundo cambiaba y Argentina había tenido el honor (y el dolor) de ser uno de sus laboratorios de ensayo plata dulce, valorización financiera y endeudamiento mediante. Para nosotros ya no existían esas libertades mundanas. Todo eso quedaba afuera, dentro del cuartel el tiempo se detiene. Allí nadie hablaba de política ni de economía, tampoco se hablaba de drogas ni de libertinaje, se guardaba la imagen en pública, sabíamos que el ambiente era sensible estaba caldeado y nadie quería comprometerse ni complicarse. 

Viajes
De a poco íbamos midiendo hasta donde se podía llegar en cada cosa que se hacía. Pero había los audaces, los que no podían con sus rebeldías o sus necesidades, hubo uno que estaba tan crítico que hundió la cabeza en una bolsa de cal común que habían guardado en un armario mientras se refaccionada los baños y aspiró ese vapor que lo dejó medio atontado a Punto de permanecer sentado y encerrado dentro del mismo armario. Cuando se corrió la bola desfilabamos para verlo allí sentado a la espera de quién sabe qué. Para algunos eso era asombroso, denigrante, para otros se trataba de un peligro y mejor tomar distancia.
Hubo otros casos de viajes autoinflingidos en juegos de asfixia, inhalación de pegamento y cosas por el estilo que eran escapes, pequeñas revoluciones dentro del sistema que algunos se ufanaban de burlar. La prudencia indicaba que había que resguardarse de esas prácticas y de las compañías de riesgo, el tiempo les daría la razón a los reticentes.

Charlas en la galería
Habíamos armado un grupo pequeño que se reunía en la galería de la cuadra cerca del jardín casi todos los días. Allí contábamos algo de nuestras vidas de civiles mientras simplemente hacíamos la espera del almuerzo o la digestión antes de las tareas de la tarde o del descanso. Ricardo hacía gala de algunas destrezas que, decía, había aprendido en clases de sipalki-do como treparse entre dos columnas y mantenerse horizontal como un travesaño vivo a un metro y medio del suelo casi sin esfuerzo, también explicaba el arte de asestar golpes mortales de esa disciplina, tal vez para dar una señal a los presuntos abusivos de que no debían meterse con él, no se, daba la impresión de que quería mostrarse seguro pero estaba como a la defensiva todo el tiempo. Había otros casos no menos llamativos en el grupo, un pibe panadero que contaba secretos de su profesión, un argentino que vivía en Los Angeles y decía que vino a cumplir con su obligación patriótica, unos de barrios caros, otros del campo... Un verdadero crisol de la Argentina.

Sueños de libertad
Esos breves espacios nos hicieron confraternizar bastante y a medida que se acercaba la fecha de nuestra primera licencia imaginábamos qué hacer en esos pocos días de regreso a la vida "normal". Unos querían trabajar, estar con sus familias, ver a sus novias, ir a bailar, pequeñas cosas que allí adentro en el aislamiento parecían cada vez más grandes, más importantes. 
Aun no nos conocíamos tanto para entrar demasiado en confianza y los comentarios  solían ser por lo general mesurados, en cambio Ricardo tenía algo de fantasioso en sus relatos, pienso que en medio de sus historias había también deseo y mucho de su verdad también. Tenía una historia que contar y tal vez eso a los 19 años era lo verdaderamente raro. La mayoría éramos recién salidos del secundario y no teníamos más que aventuras menores y anécdotas juveniles, a él la vida parecía haberle cargado tantas experiencias que por momentos daba la impresión que era mayor que los demás. Su padre zapatero con quien vivía desde hace años, aunque separado en una suerte de ph aparte en la casa paterna donde pasaba días con su novia mientras trabajaba aprendiendo el oficio. Más adelante gracias a sus conocimientos de talabartería lograría entrar a trabajar en la sala de armas de la compañía para reparar cartucheras y estuches de cuero de los uniformes. Hablaba mucho de su novia de siempre. Un amor que traía casi predestinado desde la infancia, decía, y con quién soñaba volver a encontrarse muy pronto, ni bien saliera, lógicamente tenía la ilusión de casarse y cosas así. Su madre que se había ido dejándolos a él y su padre cuando aún era pequeño. Su amigo del alma. Hablaré de él más adelante, su único gran amigo. Con él y con su novia compartían los ratos y las salidas a los boliches. Noches en los suburbios de Buenos Aires y las peleas. En esos paseos por zonas según él difíciles de los suburbios había que cuidarse. Decía estar preparado en la práctica de artes marciales para autodefensa y se modificó una bota haciéndole en la caña una vaina para llevar el cuchillo para protección personal cuando salía de noche. Quién sabe, tal vez había algo de cierto en sus relatos, eso no importaba demasiado. No éramos amigos sino que buscábamos pasar el rato y no importaba tanto qué decía cada uno si no perjudicaba a los demás. En un año cada cual retomaría su vida y no nos veríamos nunca más. Por esto el primer objetivo era el buen comportamiento para llegar sin marcas a la primera licencia, esa primera salida era un hito al que aferrarse en especial cuando lo pasábamos mal. Porque había días difíciles y pruebas que pasar a diario, máxime con suboficiales que te llevaban la tolerancia al extremo. Así pasaban esos días.
Para pascuas llegó la primera licencia, a fines de abril creo. El cuartel era un revuelo de emoción y excitación, los ánimos eran de entusiasmo pero los zumbos nos tenían cagando más aún con la amenaza de no dejarnos salir. Hubo de todo por esos días, ilusiones y lamentos, planes, hacía falta un poco de aire…


Pensar en nada.
Estaba bien el mensaje de León: pensar en nada quizás era lo más acertado hasta irnos del servicio. Si te pongas a analizarlo no tenía sentido, era absurdo permanecer confinados en un lugar donde nadie quiere estar solo porque una ley así lo dispone. 
Muchos tuvimos seguramente la ilusión de la fuga, un día cualquiera de guardia dejabas las cosas en un montoncito, el fusil, el casco, los cargadores y caminabas hacia la avenida general Paz y no paraba, no ibas a poder parar nunca, porque te convertirlas de inmediato en un desertor. Así que lo más indicado era pasar a la clandestinidad, irte a cualquier provincia y vivir en el monte, lejos de cualquier ciudad, apartado de los pueblos sin contacto con nadie a vivir de la tierra, que más hacer sin documentos y con pedido de captura? Por loco que pareciera no faltó quién lo evaluara seriamente. Es que a veces te ganaba la angustia y parecía que no ibas a poder soportar un día más. Pero finalmente bajabas a tierra y el más puro sentido común te decía que esto iba a pasar pronto, que así como los demás cosas también te lo podías bancar.
"¿Y que me dicen de esa casa sola
Que se ve desde un avión...?
Quizá en la soledad no haya dolor
de pensar, de pensar... en nada."
Y así te quedabas en el puesto de guardia y encendias una Spica que llevabas oculta entre la ropa para pasar la guardia sin dormirte no tanto por el sentido del deber como por el temor a un castigo que podría demorar la baja. Así, de madrugada a mínimo volumen podía sonar bajito "Pensar en nada" que además era un buen consejo.


La subordinación sin valor.
Inútil, tagarna, sátrapa, sorete con patas y otros apelativos por el estilo hacían al trato cotidiano, así los suboficiales nos daban en dosis cotidianas el bife verbal para bajarnos a lo más llano dentro de la estructura de castas militar ya desde el primer día.
Al ingresar éramos los novatos que estaban incluso por debajo de los soldados viejos y mientras nos instruian como sus futuros reemplazos hicimos de putching ball a todos en la compañía y esto no era tan fácil de llevar para muchos. Insisto el lugar no era tan malo pero para muchos era insoportable, era sufrimiento cotidiano y costaba mucho comprender esta sociedad de castas tan evidentes dentro de nuestra sociedad.
Así con mayor o menor esfuerzo se fueron redistribuye las funciones y cada cual se fue adaptando de la manera que pudo, con pena algunos, con rabia otros, desesperanzados, desesperados, arrastrados algunos, se veía casi de todo como en la vida misma.
Pero el ejército tiene niveles para todo, para someter y doblegar también. A los menos díscolos se los aprovecha de inmediato, a los rebeldes se les dedican tratamientos especiales que se incluyen en las amenazas de postergar las salidas e inclusive las bajas.
La verdadera moneda de cambio allí era la libertad. Todos nos queríamos ir algún día pero primero deseábamos el primer franco anunciado para pascuas de abril de 1981.


La primera salida
Las salidas de franco eran un soplo de aire fresco, eran para llenar los pulmones y aguantar la respiración hasta la próxima. Para eso servían para volver a nuestros padres, a nuestros pueblos, amigos, novias... Por allí pasaban los planes de aquella primera salida. 
Ya próximos a las pascuas algunos se abrían y contaban algo de su vida civil, sus oficios, sus novias, sus expectativas...
En un grupito de tres o cuatro más o menos afines nos encontrábamos con RLM qué tal vez por verme reservado, tal vez lo hacía siempre igual, me contaba de su novia y de su mejor amigo, un trío inseparable que ansiaba reencontrar para salir de fiesta. Contaba de su barrio y de algunas guapeadas, era tímido pero tuvo que aprender a defenderse entre grupos que te median para saber hasta donde eras capaz de llegar. Eso decía, y se jactaba de estar muy bien entrenado y quería dar la imagen de seguro para que le guardaran respeto.
Creo, puede que me equivoqué en esto pero él tenía planes con su novia, el encierro le había echo pensar en asentarse, vivir juntos, esas cosas de cuando añoras pero atendible porque ayudaba a tolerar humillaciones y malos tratos que no acostumbramos afuera. Y acá te humillaba al Punto de doblegarte so pretexto de que la obediencia sería la base de la supervivencia en un combate, el desorden y la anarquía podrían ser nuestra perdición como individuos y como grupo. No estoy inventando nada pero era muy difícil de tolerar para algunos que se la bancaban solo para irse de allí a su debido tiempo, el año y chirolas que nos obligaba la ley.
Después vendría la guerra de Malvinas y se pondría de manifiesto lo deforme y perverso de nuestro adiestramiento militar, pero es otra historia.

Salida de Pascuas
La cuestión es que esa pascua me fui cuatro días a casa, que estaba cerca, a una hora de viaje pero ante la incomunicación era lo mismo que estuviera a mil kilómetros. Esos días me reencontré con mí familia, mis amigos, yo no tenía novia, me había peleado estratégicamente antes de ser convocado y el domingo, al cabo y con toda la pena tuve que volver al cuartel. Todos volvimos puntualmente.
La salida nos daba esperanzas y nostalgia pero sabíamos que de ahora en más el régimen de salidas sería menos riguroso, ya comenzaba nuestro servicio como soldados efectivos y la clase anterior se iría retirando de a poco. Se venía un cambio en nuestras rutinas y eso era alentador al menos para la mayoría. Hubo quienes trajeron consigo algunas que otras cargas realmente pesadas para seguir en el encierro. Si antes les hacía mal, ahora les resultaba insoportable. Uno de esos fue Ricardo que regresó al cuartel la noche anterior muy enojado y deprimido. El encuentro con su novia y su amigo del alma no fue lo que esperaba. La novia cortó con él desmoronando sus planes y como si no bastara con ello le comunicó que ahora ella y el amigo eran pareja. Ricardo no tenía ningún salvavidas para semejante naufragio, sin novia pero además sin familia ni amigos solo le quedaba este presente de resignación que le ofrecía una vida de monotonía en el encierro entre gente que no le interesaba nada.


El largo año de servicio
El primer periodo fue de adaptación y reacomodamiento, la clase 61 iba dejándonos paso y tareas. Allí surgían oportunidades para Anotarse en puestos algo más llevaderos que la jornada habitual. A mí no me cerraron las ofertas y la única que me pareció piola era talabartería pero la tomó Ricardo por su pasado de zapatero como referencia.
Al cabo luego de vernos y conversar ocasionalmente unas pocas veces más. Nos fuimos distanciando. El armó un grupo más pícaro de esos que desafían la autoridad, que provienen de los bordes y andan siempre en busca de experiencias, piolas, a su manera, yo preferí un perfil más bajo. No quería líos y mí objetivo era irme cuanto antes de allí.

Los bordes
Nuestra rutina ahora pasó del entrenamiento militar al trabajo cotidiano, desde las tareas pesadas en el depósito de partes de puentes Bayley que daba nombre a nuestra compañía a las tareas administrativas en todas las áreas que requería el cuartel para funcionar. Así por las mañanas cargabamos piezas a puro músculo y por las tardes fuimos choferes, administrativos, cocineros, jardineros. Sin especializarme quedé entre los peones del montón, algo así como las hormigas obreras de un enorme hormiguero y dejé de ver a RLM seguido porque él ingresó como talabartero a la sala de armas. A partir de entonces él se aisló y dejó de compartir los descansos, ahora prefería un grupo de dos o tres compañeros con quiénes tenía algunos códigos de barrios bajos en común. Nada raro, se salían con algunas proezas extrañas de resistencia o ejercicios que se ponían de moda como desafíos y sabíamos también que el mismo grupo se pegaba algunos viajes con cualquier sustancia que hubiera a la mano, desde cola que sustraían de la carpintería a meter la cabeza en una bolsa de cal en la obra.
Los demás no opinábamos, los rumores y las certezas volaban pero levantar la perdiz era peor para todos y callamos por necesidad de supervivencia.
Con el correr de las semanas los grupos se fueron reacomodando y me busqué algunos que fueran de baja intensidad como para evitar cualquier torpeza que me pudiera demorar la baja de ese sórdido mundo militar.
Hacíamos todo en función de rajarnos el viernes y recomenzar el lunes. No había mayores expectativas que esas.

Desfiles
En medio las rutinas cambiaron algo para entrenar en desfile. El día de la bandera era el objetivo principal con el 25 de mayo como previa y el 9 de julio como despedida.
Las prácticas de desfile eran por momentos estabas en el absurdo. Era amaestrar en una misma rutina marcial a una banda de energúmenos más o menos disciplinados y realmente así como se sufría hubo momentos desopilantes. Algunas torpezas o faltas de comprensión pasaban lo que cualquiera puede imaginar. Pero a pesar de todo desfilamos ante el mismísimo Galtieri un año antes de Malvinas. Y el cuartel por otra parte seguía su ritmo con precisión de relojería. Levantarse puntualmente, saludar la bandera, desayunar y trabajar. Estar de punta en blanco los viernes por la tarde primero, el resto de los días luego, para la salida a casa. Nos revisaban antes de salir que tuviéramos la ropa en condiciones, los zapatos lustrados, el cabello corto.


Música Total Videos MTV
Los sábados se limpiaba el comedor. Era el día libre de muchos y estaba más despejado. Se quitaban todas las sillas y quedaba un patio techado inmenso. Había un solo televisor en el medio, al fondo y se sintonizada ATC, Argentina Televisora Color, el histórico canal 7 que por ese entonces tenía un programa de música joven cerca del mediodía donde sonaba "lo último". 
Sweet dreams. Eurithmics fue la novedad de esa temporada que tenía una escena de campo en su clip con vacas en blanco y negro. El sol entraba por los ventanales que daban al este, al sol de la mañana "sweet dreams Are Made of This..."  y en esa calma íbamos y veníamos con unos secadores de goma enormes fregando las baldosas de granito en largas líneas paralelas imaginarias de este a oeste y de norte a sur configurando un tablero de ajedrez con el claroscuro de las pasadas y la música de ritmo hipnótico de fondo "who am i to desagree...?"


La rutina se rompe
La rutina de salida se repetía todos los viernes primero y al cabo de unos meses se volvió cotidiana, todas las tardes una tanda de soldados hacia la fila para la revisión de salida.
La cosa era más o menos así, un grupo hacia la guardia, un grupo la imaginaria o jornada previa a la guardia y otro grupo se iba casa a las seis de la tarde para regresar a la mañana siguiente.
Los que se iban terminaban la jornada de trabajo, merendaban y se higienizar para salir. Debían tener su lugar en orden la cama y el cofre en la cuadra, y debían estar prolijos, de punta en blanco, cabello corto, zapatos lustrados, ropa limpia y planchada y detalles por el estilo.
La ansiedad era notable y generalizada y los suboficiales se especializan en torturar a los que formaban revisandoles botones, cordones, el cuello de la camisa o el dobladillo, caminaban a los gritos entre las dos filas de soldados que debían permanecer firmes e inmutables mientras se les recriminaban faltas de grupo o se les recordaba una vez más el reglamento.
De vez en cuando un toque hacía hundir la panza o erguir la cabeza a los desaliñados y por supuesto, que a quién llevará algún bolsito o paquete se le revisaba antes de salir. Por si fuera poco a veces estos repasos eran reforzados por algún suboficial de rango superior comedido que se daba a colaborar.

Fuera de lo común
En una de estas requisas un suboficial corregía posturas a los golpes y cuando le llamó la atención un bolsillo demasiado relleno pegó un revés y descubrió algo fuera de lo común. Totalmente fuera de lo común.
Un cargador de 11.25 mm la pistola oficial del ejército argentino. Que vaya casualidad era transportada por uno de los soldados encargados de la sala de armas de la compañía.
Por aquel incidente fue detenido e interrogado el soldado en cuestión y por eso se supo que el arma correspondiente había salido antes del cuartel pero no terminó allí la cosa, de descubrió que se habían sustraído también armas civiles no reglamentarias e inclusive granadas. Al menos tres soldados fueron incomunicados por estos hechos, uno de ellos RLM que pasaría muchos meses en confinamiento en un calabozo deplorable aún cuando sus compañeros de clase ya comenzarán a retirarse de baja.

Sala de armas
La sala de armas tenía sus pequeños secretos por decirlo de algún modo, dado que a los miembros de la fuerza les suelen fascinar las armas, la sala era el lugar donde llevaban armas privadas para reparación, mantenimiento, y el resultado es que allí habían decenas de armas en tránsito u olvidadas que no figuraban en ningún inventario, no podían puesto que no estaba permitido tenerlas. Esto lo sabían los soldados que conocían por sus vidas civiles el valor de estas armas afuera y que ante la oportunidad se fueron proveyendo de a poco de un par de docenas de piezas que nadie notó la ausencia sino hasta que por casualidad se dio con el fatídico cargador.

Detenciones
Lo que siguió fue la detención de los involucrados y su reclusión en calabozo.
A los demás nos contaron en tono de arenga que los ahora presos habían cometido un acto subversivo, que debíamos cuidarlos y cuidarnos de ellos, que la traición a la patria y todas esas cosas militares con el agregado de época.
Mientras se investigaban formalmente los hechos y se recuperaban los objetos robados entre los que se contaban un sable ceremonial, armas civiles y militares y hasta un par de granadas, los detenidos pasaron a ocupar una celda para cuatro junto al puesto principal de guardia con una sola puerta y una pequeña ventanita por toda comunicación con el exterior. Salían de allí un par de veces al día para higienizarse, comer y a la hora de dormir les alcanzábamos unos mugrosos colchones de goma espuma sin cotín que eran retirados por la mañana. Siempre se desplazaban acompañados de una escolta armada y en rigurosa fila india. No se les permitía hablar con nadie aunque sabíamos que recibían de contrabando algunas sustancias para “alucinar” con métodos caseros, en particular pegamentos que calentaban con encendedores y cosas por el estilo.
El caso debió tratarse con suma discreción para no comprometer al personal jerárquico y nos dijeron que se había abierto un sumario en la justicia militar por los robos.
Más allá de este cambio en la rutina de la compañía, el resto continuó con sus actividades habituales, yo pasé a ocupar el puesto vacante de talabartero en la sala de armas y al cabo de unos meses me iría por sorteo en la primera baja que se hizo efectiva en el mes de noviembre.

Pasan los meses
Cuando meses después me encontré con ex compañeros que habían permanecido en el servicio me contaron que los detenidos seguían en calabozo y con el correr de las semanas, supe que ya tenían salidas transitorias. En el caso de RLM se le permitió salir con cada vez más frecuencia pero se le retuvo el documento de identidad y debía presentarse al cuartel en ropa de salida de soldado como un conscripto más aún después que todos los de su clase ya se habían ido de baja. El salía y se movía por la ciudad con un carnet provisorio de soldado conscripto y cuando fue detenido en setiembre aún utilizaba dicho carnet, asumo que esto se debería a que su dni aún era retenido por el ejército.
Recordemos que el cambio de clase, es decir de una tanda a la otra de soldados se realizaba normalmente entre marzo (el ingreso de la nueva clase) y mayo cuando se iban los últimos de la clase anterior una vez que los nuevos ya hubieron recibido su entrenamiento inicial y se podían hacer cargo de las guardias en la unidad.
A su vez en aquellos meses de 1982 sucedió la guerra de Malvinas que alteró la rutina de cuajo y que además distrajo la atención de toda la sociedad. Imagino que habrá sido tal el desconcierto general y en el arma en particular que la cuestión interna de los robos se habrá ido diluyendo para conveniencia de todos los implicados directa o indirectamente, desde los acusados hasta los responsables jerárquicos. Sin duda lo mejor sería que el asunto cayera en el olvido... y el trauma pos Malvinas generalizado ayudó a que el tema se diluyera de a poco.


Y sucedieron los crímenes...
A poco de finalizada la guerra sucedieron los asesinatos en serie pero la prensa por aquellos tiempos era otra cosa, solo pequeñas notas daban cuenta de muertes aisladas y casi parecía un asunto de especialistas o de allegados como nuestro caso que habíamos compartido servicio militar. 
Cuando me enteré de lo sucedido, allá por el mes de septiembre, me vinieron a la mente las charlas que había tenido con RLM en los descansos después de comer. Su sueños, su entorno, sus yeites con las destrezas marciales y algo místico en su manera de hablar y de moverse, un tipo tranquilo que quería aparentar madurez pero que me parecía sensible como cualquiera, que se derrumbó al regresar de la primera licencia por haber perdido a su novia y a su mejor amigo en una sola traición, que no se veía con su madre y no quiso salir más de franco porqué para él ya no tenía sentido. A tal punto le habían dolido las traiciones de sus dos más allegados, su novia y su mejor amigo que dejó de salir los fines de semana por un tiempo hasta rehacer vínculos con el grupo que participó de los robos, justamente.
Después que cayó preso ya no volví a hablar con él pero me quedó dando vueltas una de sus deudas con los afectos que él mismo me contó, de cómo su madre había dejado el hogar, a su padre y a él mismo para irse con un chófer de taxi y siempre que recordé y relaté esta historia a mis conocidos así lo repetí con la excepción de la cantidad de muertos, que para mí no era más que uno y agresiones varias, pero ahora ya pasados tantos años elijo dudar de mí memoria, me resisto a pensar que el destino pueda ser tan lineal, tal vez algo me juega una mala pasada como esas adaptaciones que uno hace a sus anécdotas para mejorarlas con el tiempo. Tal vez estoy equivocado y tal vez sea mejor no saber.

Ixx, set2018


PosData:
PD: acabo de leer el libro Magnetizado, de Carlos Busqued que resume una extensa entrevista a RLM y en la cual se cuenta en primera persona la historia personal del ahora recluso pasando por todas su etapas de encierro en cárceles y psiquiátricos con breves referencias a su infancia y a los hechos por los que fuera condenado.
Debo decir que las impresiones precedentes son previas a la lectura del libro y traté de mantener en ellas los recuerdos de mí encuentro circunstancial con el implicado sin viciarlos por la enorme cantidad de información que proporciona él mismo en el extenso reportaje.
Si bien no son tantos los datos que puedo agregar, se trata de una historia que he relatado muchas veces a lo largo de mí vida para sorpresa de mis interlocutores que jamás habían oído siquiera hablar de los asesinatos. De hecho el victimario ni siquiera es mencionado entre los famosos delincuentes que hubo en Argentina.Ha gozado del anonimato hasta este año que con la publicación del libro es probable que tome otra dimensión.
Ojalá la notoriedad no le juegue una mala pasada a RLM que estaba a Punto de obtener domiciliaria luego de tantos años. Sabemos que en el país con el peso que tiene la prensa y su manera de perseguir cuando huelen una crisis la opinión pública puede resultar perjudicial en este momento.


Publicado por soyelyugo en 4:38:00
Addenda, 31oct18
Ixx, oct2018

No hay comentarios.:

Publicar un comentario