27 abril, 2015

Mientras El Diego duerme

Por María Sol Lauría  Foto Alfredo Srur

Cocodrilo, el cabaret que se hizo famoso cuando Maradona era un habitué, durante los '90, sigue en pie a pesar de los tiroteos entre barras de La Doce y de investigaciones por trata de personas. El secreto de su éxito parece ser Omar Suárez, su dueño. Crónica de un mundo bizarro lleno de chicas condenadas a la noche y de clientes que se niegan a dormir.
El lunes 18 de abril, Omar Suárez, el factotum del cabaret más famoso de Buenos Aires, siguió la rutina de todos los días: desayunó a la una, fue al gimnasio a las tres y tomó una sesión de cama solar a las cuatro. Inspeccionó que la ropa estuviera impecable y arrancó con los llamados de rigor. Confirmó uno por uno los invitados principales y se aseguró que una camioneta BMW fuera a buscar a Moria Casán y que una limusina blanca Oldsmobile pasará por la hermana de su nueva novia y su grupo de amigos.

Esa noche corrieron las mesas y sillas de la planta baja para improvisar una pista, prendieron las arañas de plástico y desparramaron puffs en los rincones donde Pocho La Pantera toma champagne con Pablo Cabaleiro, más conocido como el Mago Sin Dientes. En la puerta de Cocodrilo, sobre la calle Gallo, frente al Hospital de Niños, ahí donde Recoleta se funde con Palermo, Willy, el encargado de las limusinas, despachó la Lincoln Town Car negra por wokitoki hacia la casa de Coca Sarli y su hija Isabelita. Detrás de Willy un cartel negro con letras amarillas decía: Hace 18 años somos la noche. Cocodrilo es lo que te perdés mientras estás durmiendo.

Atento a cada detalle, Omar Suárez, abraza y besa a su novia, la bella Denise. Y después corre a apagar un incendio: Moria se enojó porque el bailantero Pocho la Pantera la incitó a que se la chupe y porque no andaba el aire acondicionado. Y Moria no puede vivir sin aire.

-Moria, por favor –suplica Omar.

Pero Moria se va.
***

Omar avisó por facebook que no te podías perder la noche aniversario de Cocodrilo. Usa la red social para promocionar jueves de hallowen, miércoles con la Tota Santillán, contar que está soltero, comprometido, soltero de nuevo, y colgar las fotos de las Fiestas de los Mineros, de sus nuevos nietos o de los cumpleaños de Mónica Guido, Hernán Caire y otros famosos de segunda mano.
Llega a las once a Cocodrilo, saluda y va directo a su mesa del restaurant de la planta baja. Pide milanesitas de berenjenas con puré de calabaza.
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Habla con sus empleados y le grita a Junior, el mozo,  que traiga copas de champán para todos. Mientras mastica las berenjenas, Omar dice que fue Diego Maradona el responsable de que Cocodrilo haya ganado fama en los 90. Eran los años del descontrol, cuando al diez lo fotografiaban noche tras noche a los piquitos con su entonces amigo y representante Guillote Cóppola.

-Vos hoy me ves acá, pero yo empecé bien de abajo.

Omar cuenta que dejó Mar del Plata a los tempranos veinte para trabajar de portero en un boliche. Su relación con la noche viene de larga data. A los 16 arrancó como tarjetero. A los 18 organizaba fiestas de egresados en la disco House. Saltó a la sucursal costera de Shampoo, que cerró y lo reacomodó en la casa matriz del barrio porteño de Recoleta. Lavó copas, sirvió mesas, cuidó la puerta y llegó a gerente. En cada lugar que ocupó, dice, quiso ser el mejor. Le llegó una oferta tentadora y se la jugó. No fue buena decisión: el cabaret que le pagaba el doble de sueldo cerró y se quedó en la calle. Llamó a sus contactos y aterrizó en una wiskería para solas y solos que se llamaba Cocodrilo. De nuevo la cadena. De portero a mozo y, otra vez, la venta del lugar que amenazaba con dejarlo sin sueldo. Omar vendió el auto y con esa plata alquiló Cocodrilo. Siempre había soñado con el boliche propio. Con el know how y la viveza comercial innata, terminó comprándolo. Y no le salió mal: sumó una casa en Cariló, departamentos en la costa, una peluquería en Palermo, camionetas y un piso en Puerto Madero. Y se dio el lujo de decirle que no a una oferta millonaria que le hizo el chocolatero Ricardo Fort por Cocodrilo.

Omar repite que la clave del éxito es su carisma Se enorgullece de su caradurismo y no reconoce la habilidad que otros le atribuyen para inventar mitos: como la noche que Bill Clinton estuvo de copas en el cabaret, pagó champán para todos y hasta pidió show privado de una de las bailarinas.
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Los programas de espectáculos le preguntaron a Omar los detalles de la visita del ex presidente de los Estados Unidos. Tierra fértil para el rumor desde el escándalo Lewinsky, lo que contaba el dueño de Cocodrilo tenía una cuota de verosímil.

-Le preparé un lugar especial a Bill para que Andreita, una amiga de la casa, le haga un show en la ducha. Me parece que Bill se la quería llevar a la Casa Blanca –repetía Omar desde la pantalla.

Veloz para el marketing gratuito, cuando se enteró que Kusturica estaban en la Argentina filmando escenas para su documental sobre Maradona, lo contactó y le contó que el Diego era un fan de Cocodrilo. El cineasta y músico serbio compró. En la película aparecen chicas en short y un corpiño en el que se lee D1OS. A cambio, Kusturica tuvo cena y show privado.

- La idea nuestra es hacer que el tipo que viene con saco y corbata se vaya con la corbata de vincha.

Omar repite frases bien estudiadas, como:

-Para que el boliche trabaje de noche hay que trabajar mejor de día.

Y Habla de Cocodrilo como un lugar mítico. Los stripteases de las 20 bailarinas son shows. El ambiente, cálido y buena onda. Vuelve a la charla con los suyos y a las milanesitas con berenjenas.

Dos mesas más allá, una pareja de brasileros levanta la mano cuando Omar  pregunta si hay por ahí alguno de ese país. Ella, una rubia que esta noche montó su metro setenta en unos tacos con los que le saca algunos centímetros al acompañante, llama a un mozo. Habla, explica y al rato se suma una rubia más baja, apretada en un mini vestido azul eléctrico. Diez minutos después, el trío atraviesa el salón del restó y se va.

Bety mira y se ríe. Acá es así, pero ella nunca viene por eso. Hoy quiso traerle a Omar una campera de satén negra, como de boxeador, bordada en dorado. Cuenta que trabajó durante 17 años como vesturiasta de bailanteros y nombra a Rodrigo.  Cuando la cumbia villera la corrió, se fue a La Pampa con su segundo marido. Él murió, ella volvió a Capital y entró en una depresión de la que la salvó Omar. Los dotes redentores del jefe también ayudaron a Nicole, que antes de enamorarse era el plato fuerte del caño. Llegó a Cocodrilo hace seis años, cuando tenía 18, y Omar le lamió las heridas hasta que la recuperó.

Omar tuvo también sus momentos de debilidades, como aquellas que le desvalijaron la casa.

-Me vuelvo a Mar del Plata –dijo.

-Omar, perdonalos –le dijo el pastor Diego Gebel.

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El pastor llegó a Omar a través de Pocho La Pantera. El rey de la noche quedó impactado por el poder de convencimiento del evangélico y le ofreció decir unas palabras todos los lunes desde el escenario y además ser el consejero de las chicas.
Ahora Omar me pasa el brazo por la espalda para acercarse y comentarme que acá es así, son como una familia. Llega Cacho Rubio, el sexagenario periodista que se mostró en el programa de Chiche Gelblung con una novia de 18 años, feliz con la conquista.

-Yo tuve tres maestros –dice Omar-: Cóppola, Cacho Castaña y él.

Vuelve a pasarme el brazo por la espalda para explicar cómo es eso de seducir con detalles como un desayuno en la cama, flores o cocinar especialmente para la chica de sus deseos. Pasa la cuarta morocha que baila en el escenario y ofrenda el chupón de rigor al jefe. Todos los días este hombre ve muy de cerca, muy al descubierto, a unas 50 mujeres. Así en los 31 años que lleva trabajando en la noche. De ese medio millón de féminas, por lo menos 300.000 quizás no mostraron resistencia. ¿Todavía tiene ganas de estar con chicas? ¿Con muchas? ¿Con todas juntas? Cómo que no. Claro. Eso sí, siempre con una:

-A mí me gusta seducir a la mujer, ganármela y quedarme yo sólo con una chica.

Dice que con que las fáciles, como las de arriba, no. Pero sí las que cantan o despliegan sus encantos en el restaurante. Todavía rodeándome con el brazo, me dice:

-Vos podrías bailar acá, eh.
***

Una semana antes de la noche aniversario, en Cé Restó, el comedor con cena-show de la planta baja, la travesti Mariana Aria irrumpió en el escenario con los brazos en alto y el metro ochenta cubierto de lentejuelas y arrancó con trampa, tu me hiciste trampa. Preguntó a todos qué tal la estaban pasando y dio pie a Omar que, sentado en una mesa en la otra punta, contestó con micrófono en mano y arremetió con verborragia de animador de all inclusive. Era una mezcla de coordinador de Bariloche y Ricky Sarcany: jean con tachas y agujeros, botas texanas que terminan en punta, camisa semi abierta que dejaba ver, sobre el pecho depilado, una cadena de plata con una llave.
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-¡El último que apague la luz! –gritó Omar y anunció la llegada de Martina, una veinteañera de muslos potentes cubiertos por medias de red que se contorneaba entre las mesas, iluminadas por luces rojas y azules intermitentes. Frente a tres hombres que parecían hipnotizados, Martina se deslizó el saco por los brazos y volvió al escenario para acariciar el caño. Gritos y aplausos desde las mesas. Y hay más: levantó la pierna, la enrolló, subió y bajó por el tubo plateado. De espalda al público se desprendió el corpiño y lo tiró a un costado. Otra vez de frente, se quitó la tanga. Completamente desnuda, bajó del escenario y se paseó entre hombres que estiraban billetes sin tener dónde colocarlos.

Ellas también tuvieron lo suyo: el marinerito, el enfermero, el titán. Chicos con panza chata y brazos musculosos trabajados a fuerza de alimentación light, natación y cuarenta minutos de ejercicios de tonificación por día. Como Marcelo, que nunca jamás toma alcohol y cada dos horas engulle pan integral, arroz o bananas.

Siempre hay más. Como en un Wild On criollo, todas las noches conviven desnudos, bailes de la ducha, cantantes y lo que aparezca. Para eso está Fabi, la mujer que comanda la caza de nuevos talentos. Decenas de artistas y strippers tocan todos los meses el timbre de Cocodrilo para ofrecer sus shows.

-Ella es la culpable de todo –dice Omar.

-No, el culpable es él, yo soy la cómplice- contesta la morocha que bien podría subirse al escenario y hacer delirar a los tipos.
Omar abandona la charla  Tiene que presentar un número especial: el Club Social;  dos chicas que cantan y, sin sacarse nada, dejan a todos con la boca abierta. Denise Cerrone, la novia del jefe, es una de ellas.

Denise es una princesa de cuentos de Disney versión 2011, con dosis perfectas de picardía y altanería. A mitad de camino entre bella durmiente y bomba sexy, recorrió Latinoamérica con una obra infantil que la ancló dos años en México. De regreso a la Argentina, armó un show de canto y se presentó en boliches como Esperanto, La Diosa y Pinar de Rocha. Mini con tablas a cuadros y camisa blanca anudada debajo de un escote generoso, comienza con Don`t stop the music, please don´t stop the music.  Entre tema y tema, se presta al ping pong de preguntas que le propone la travesti Mariana Aria. ¿Le gustan los hombres pobres o ricos?
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Ricos, por supuesto. ¿Empresarios o políticos? Empresarios, empresarios. ¿Dueños de boliches, por ejemplo? Mmm, dueños de boliches sí, puede ser. ¿Y te gusta que te mimen? Claro, mimos y muchos regalos. ¿Qué regalos? Viajes, flores, perfumes. Igual no hay que creerles nada a ellos eh, a cuidarse que son todos unos mentirosos. Después pasea entre la mesas los rulos colorados, baila, toma de la mano a un hombre y le susurra al oído algún tema romántico. Lo deja al borde del infarto y vuelve al escenario.
***

Omar Suárez parece la clase de persona que te aconseja que te abrigues o que le pidas al mozo que abra la botella al lado tuyo. Las bailarinas, que sí están contratadas, lo adoran porque las deja andar tranquilas, no rompe las pelotas como los dueños de otros lugares y vuelve creíble la promesa de conseguir un minuto en la tele. Los empleados lo idolatran porque les pregunta cómo andan, si comieron y deja de vez en cuando que entren sus amigos sin pagar. Los laderos, como el Colo y Dani, hasta consiguieron puestos para los hijos. Los clientes fijos le son fieles porque los hace sentir de su círculo íntimo, aunque sea a costa de 1000 pesos por noche. Los visitantes se van felices con la foto del abrazo en el quilombo.

Un amigo íntimo, con el que Omar supo compartir veranos en la costa, jura que no es una pose:

-Si fuera carnicero no tendrías dudas de que Omar es un buen tipo.

En Cocodrilandia cuando el jefe te da el OK, todos los que habitan el submundo te tratan como si hubieras nacido ahí. Por eso el mozo me persigue con la botella de champagne, Cacho Rubio me ofrece trabajo, estira su tarjeta y dice que cualquier cosa que necesite cuente con él. Por eso la mano derecha de Omar, el Colo, se ocupa de que no me sienta incómoda y jura que cada vez que quiera, todas las veces que quiera, puedo ir ahí y entrar y comer y tomar gratis todo lo que se me antoje.


Como en El Padrino, en lugar de un Don Corleone hay un Don Omar, al que todas las chicas llaman Mi Amor.
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Las reglas también las pone el jefe. Hay prohibiciones y la transgresión se paga cara. Si las bailarinas se trenzan por horarios o protagonismo, reemplazo general. Si alguno dice algo que no hay que decir, baja o suspensión. Si un cliente insiste con desubicarse con las chicas, entrada prohibida. El dueño todo lo capta. También captan todo las cámaras que colocó hasta arriba de la caja registradora.

-Vamos arriba- invita Omar.
***

Arriba está el lugar que dio fama a Cocodrilo y que Omar bautizó como el Templo de esta Catedral. Es lo más parecido a una boite de los años ‘70: pocas luces iluminan una barra extendida por todo el costado derecho, livings a la izquierda interrumpidos por un mini escenario con dos caños y un gran espejo en la pared.

Se puede subir todavía un piso más, donde las chicas se cambian, pintan y embadurnan con cremas y aceites entre dos percheros de los que cuelgan chalecos de piel, animal print, minifaldas que podrían ser vinchas, shorts con brillos y musculosas como para barbies. También hay varios canastos con corpiños y tangas.

Mientras se acicalan, las chicas toman Speed y conversan de amores, abandonos y dolores. Carla durmió dos horas porque el día estuvo tan lindo que quiso aprovecharlo para pasear con su hijo. A Bety la dejó su novio, pero no le importa: está enamorada y dice que la va a remar.

-Yo por un tipo no lloro ni en pedo. Cuando extraño a mi mamá sí lloro, pero por un tipo no.
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Dice otra chica, una sentada en un sillón, junto a la barra donde una remera impresa con el logo de Cocodrilo se paga 130 pesos.
Tamara ya se calzó el mini vestido y terminó de delinear unos ojos de geisha. El marido quedó con los dos hijos, con la idea de que su mujer viene a bailar. Anabella, con zapatillas tipo John Foos y el jean elastizado cortado a la rodilla, cruza los dedos para cazar uno de esos clientes adictos a la coca, rápidos en intención pero lerdos para la acción.

Cristina alucina con la plata fácil y rápida que gasta en ropa y en libros, porque una necesita ser instruida para tener conversación con los clientes y conseguir ese amor que garantice la casa, los vestidos, los viajes. Tiene 22 años y vino de Colombia hace dos. Desembarcó en Cocodrilo, habló con Dany, el encargado de avalar las nuevas incorporaciones, y enseguida alquiló un departamento en Palermo. Ahora va por la casa propia.

Una bomba dominicana ya ejecutó la transformación y quedó así, enfundada en una lycra blanca de cinco centímetros, con la espalda al aire y la cola resaltadísima. Lleva seis meses en Cocodrilo y le gusta. Se siente segura con tantas cámaras de seguridad. Sabe cómo dar placer por 400 pesos, aunque ella solo goce con su novio:

-Me pagan para que ellos la pasen bien, no la tengo por qué pasar bien yo.

A pasos de ahí, en un cuartito de siete por cinco, trajes de plumas y lentejuelas cuelgan amontonados en dos percheros y tres chicas revuelven valijas que arrastraron con ropa propia. Es el espacio de las bailarinas Pato, Sofía, Luz, Agus, Leo y Andrea. Nunca de  todas juntas, no entrarían. Mientras unas bailan, otras se preparan. Para eso hay turnos de veinte minutos bien estipulados por la comandante Fabi.

También hay lugar para la espiritualidad. En las paredes se leen frases como “todo es vacío de júbilos espumantes”. Y una larga que vale la pena: “La oscuridad densa y asfixiante se prolonga eternamente y nosotros estamos solos, vivimos una vida sin nada mejor que hacer. Luego inventamos una razón, concebimos hijos condenados como nosotros. Volvemos al olvido. No hay nada más. La existencia es aleatoria”.
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Pato parece salida de un universo tipo Mery Poppins, pero nació en Villa Fiorito y con este trabajo paga un alquiler en Palermo Hollywood. En tanga y cuclillas, el pelo negro le cubre la espalda cuando revisa con insistencia entre sus cosas y comenta con Andrea qué tal viene la noche, cuántos llegaron y qué tan generosos son. Aparenta ese tipo de chicas yo-nunca-hice-eso-no-sé-de-qué-me-hablas, pero viéndola bailar se entiende por qué el tango nació en un burdel. Entra Leo, empapada y a paso firme, chorreando agua y tapándose las tetas con las manos. Andrea y Pato escuchan la letanía de Leo, íntima amiga del dueño, que esperó pacientemente cumplir los 18 para poder bailar. Somos muchos pero ellas se acomodan para pintarse, echarse purpurina y ponerse a punto. Pato sigue buscando sin encontrar y pide a Leo que le devuelva el corpiño turquesa que le prestó. Ella contesta que no lo usó y ya se lo devolvió porque estaba todo percudido. Pato insiste y la otra de nuevo que no, si quedaba horrible, no se podía usar. Se pone otro, rosa, y baja al primer piso y se trepa a la barra a ganarse todas las miradas.

Mientras, se abre paso entre el humo una chica lookeada como para Moulin Rouge, toda de rosa, con un paragüitas con caras de muñecos Kitty estampados.

-¿Te gusta?- me pregunta Rodrigo mientras Nicole hace su show.

-¿Si me calienta decís?

-Bueno, si. O no, si te gusta.

Miento y digo que únicamente me gusta. Andrea y Leo se retuercen, tocan y, enseguida llevan la mano a la boca para chuparse el dedo. Es el estímulo para la respuesta que buscan: casi en clímax, muchas manos depositan billetes en los elásticos de las tangas y corpiños.
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Rodrigo vino con dos amigos. Se la pasa de cabaret en cabaret desde que terminó con su novia, hace menos de un mes. Uno de sus amigos nunca tiene sexo con su esposa y antes de arriesgar a meterse con una fija, prefiere pagar. El otro adopta una actitud como de a mí no me interesa toda esta porquería y dice que nada más acompaña. Al rato confiesa que en realidad le gusta Madaho`s -otro cabaret porteño- pero que ya es muy fin de mes para Madaho`s. En Buenos Aires, cada burdel tiene su copete y cada puta su categoría.

Una flaca con short sube y baja de espaldas a un chico al que el vaso ya le tiembla en la mano derecha. Otra frente a un púber pone en primer plano unas tetas como las de Lía Crucet. Algunas practican entre sí ese jueguito lésbico que tanto enloquece a los hombres. Todas apuestan a levantar la temperatura sin control en esta oscuridad. Mucho entusiasmo, nada de acción. Por ahora. Hasta que alguno decida pagar el trago de rigor: 100 pesos, el peaje que cobra la casa para que estas chicas puedan vender sexo. Y después arreglar la suma con la muchacha: de 400 hasta 1000 pesos, o puede ser más.

Como en un hipermercado, todo el mundo puede tener lo que desea y todo el mundo puede tener algo bueno. Dominicanas, colombianas, argentinas. Morochas voluptuosas o rubias platinadas. Shows privados que las bailarinas aceptan y buscan por un precio justo. El objetivo de tentar, provocar, se cumple. La máquina de atracción erótica diaria se ensambla para parecer eso que los demás desean. Nunca para y promete felicidad a cambio de dinero.

Los cuerpos se pavonean, no buscan el secreto. Algunos de los protagonistas sí. Y otros también. Nada de lo que pase va a ser contado. Por qué puede funcionar un cabaret donde todo el mundo sabe que se practica la prostitución es una de las preguntas que nadie responde, ni responderán nunca. Murmuran afuera arreglos con la comisaría de la zona o amigos influyentes, esos abogados de saco que aparecen de vez en cuando y toman y ríen y charlan.

Omar, claro, no lo admite. Está entrenado: que éste es un lugar abierto, que no puede ponerse a controlar qué hace cada una de las personas que entran, que si yo voy mañana con unas amigas y conozco a alguien y me quiero ir con ese alguien, puedo pedirle plata o no, hacer lo que quiera, eso no es un problema mío.

El estigma que causó el marzo negro de 2011 todavía no logra borrase del rostro herido de Cocodrilo. El boliche de Omar apareció en diarios y pantallas asociado a un tiroteo entre barras bravas y a un allanamiento ordenado por la jueza María Servini de Cubría,  que involucró a 50 cabarets, para descubrir trabajo de menores y mujeres esclavizadas, droga y amparo policial.
***

El 10 de marzo de 2011 Omar se creía enamorado. El amor, para quien siente pasión hasta por el pañuelo que elige poner en el bolsillo del saco, es una de las pocas justificaciones para que el hombre de la asistencia perfecta y el manejo personalísimo del negocio falte. Se iba unos días con su novia a Cancún y los muchachos se encargaban del boliche. No había de qué preocuparse.
Era jueves. Día de encuentro fijo de la barra de Boca en Cocodrilo. Llegaron los hermanos Di Zeo, Fernando y Rafa, amigo de Omar, y otros muchachos de la barra. Después de 42 meses en la cárcel, el Rafa activaba contactos para volver a tomar las riendas de La 12.
A las 2:30 William El Uruguayo Richard Laluz Fernández, antes amigo y ahora rival de los Di Zeo en la lucha por el poder de la barra, entró con dos laderos a Cocodrilo. Tanto el restó como el cabaret son territorio prohibido para los enemigos de Rafa. El Uruguayo fue directo al restó.

-Vos no vengas a nuestra mesa –le advirtió Fernando ni bien lo vio.

El Uruguayo quería lo suyo, se sentía estafado. El Uruguayo había aguantado la parada mientras Rafa estuvo en Devoto, había negociado con nuevos aliados y ahora quería un lugar de privilegio en la barra.

Sin decir palabra, El Uruguayo encaró, pateó una silla y dio un manotazo a la copa de champagne de Fernando. Los Di Zeo lo veían como un traidor.

Hubo gritos y forcejeos. La respuesta al desplante fue contundente: tres disparos de una 9 milímetros.
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Los laderos de Omar dicen que lo de los tiros pasó en la puerta. Otros, en el restaurante. Algunos, en el mismo Templo que se despliega en el primer piso. Hubo incluso quien escuchó cuatro. Las cámaras, esas dispuestas estratégicamente para controlar todo, no funcionaban porque las tenía la policía después del allanamiento de Servini de Cubría, dos semanas antes.

El Uruguayo quedó tirado, con dos agujeros en la espalda, uno en el abdomen y plomo en el cuerpo. En los pocos segundos de conciencia que tuvo, llamó a Isabel, su mujer.

-Me dispararon Fernando y El Polilla -dijo antes de que se lo llevaran al hospital Rivadavia. Lo operaron. Se rehabilita de a poco porque una de las balas le afectó la médula.

La policía copó el Cabaret. Era un escándalo y el dueño no estaba para apaciguar las aguas. En Cancún, con una pulserita flúor en la muñeca, recibió el aviso que le amargó la luna de miel. No dijo nada.  Bajo el sol mexicano Omar recordó la frase que su madre le repetía en la infancia: Para en la noche bien andar/ hay que oír, ver y callar.
***

Pero la mayoría de las noches, Cocodrilo es festejo. Como la del 9 de julio de 2011, cuando Omar celebró su cumpleaños. Diego, su hijo, el príncipe heredero, esa noche se puso traje.

-¡Es el cumpleaños del viejo! –grita Diego y enciende un habano. Hoy no atiende en la barra como todos los días. En la pista sus dos hermanas, que rara vez aparecen por el boliche, conversan con Graciela Alfano.

Diego no se acuerda cuándo fue la primera vez que entró a Coco. A lo mejor a los tres o a los cuatro. El boliche tiene la misma edad que él. Creció ahí, entre brillantinas, humo y personajes mediáticos, con todo a su alcance y la voz del padre como guía. Antes de los 18, su padre lo puso atrás de una barra; quería a alguien de confianza total: un día, cuando Omar falte, alguien debe seguir con el boliche.

A Omar le brillan los ojos y mueve los brazos como un play móvil. Está en el escenario del Templo, micrófono en mano y rosario al cuello, acompañado por su hermano Pocho La Pantera y Zulma Lobato. Siempre con el Colo al lado, mano derecha y compañero de trabajo desde los tiempos de Shampoo.
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Entra Rafa Di Zeo con sus amigos de La 12. Omar los saluda y mira al mozo, que entiende enseguida y acerca tres baldes de champagne. Suficiente para dar ánimo al y dale dale dale Boca, que el dueño del boliche grita con pasión.

En el vip, que no tiene ninguna diferencia con todo lo demás, Guillermo Cóppola se ríe y dice que sí, que es verdad, que él le enseñó a Omar todo lo que sabe en el arte de conquistar mujeres.

-Dame dos minutos y vas a ver cómo te seduzco a vos.

Guillote está con amigos. Vinieron en la limo que Omar les puso desde Hard Rock Café.
Willy, el que pone a disposición de Cocodrilo, completamente gratis, las limusinas, sigue en la puerta vigilando esos autos blancos, de siete metros, mientras logra colar a sus amigos sin pagar los 150 pesos de la entrada.

Es parte del intercambio de favores, el código no escrito de Cocodrilo. Algunos son más naiff, como los de los relacionistas públicos que trueca con famosos para que, aunque sea por dos minutos, asomen y presten la cara para el flash.

En eso se asoma Diego, el hijo:

-Dale, vení, subite periodista, vamos a dar un paseo.

Invita con un champagne en la mano y dos copas en la otra. El heredero es tan desfachatado como su padre, más refinado y convincente. La sucesión está garantizada.

María Sol Lauría
CRONISTA
Sol Lauría ya era flaca cuando dejó Santa Fe y viajó a la capital de Panamá atada a un capricho, a una huida, a algo que la hizo decir sí a la propuesta de un amigo periodista. En las primeras semanas bajó dos kilos. Lo único que comía era papaya. Ver más
Alfredo Srur
FOTOGRAFO
La carrera de Srur empezó en 1996 cuando realizó cursos de cinematografía en la U.C.L.A., California, U.S.A. Ver más
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