Coronel Prudencio Arnold (1809-1896)

Nació en 1809, siendo sus padres Jorge Brown Arnold y Magdalena Diana.  Se inició en la carrera de las armas el 8 de enero de 1825, fecha en que se incorporó en la Guardia de Ranchos al Regimiento Nº 3 de Milicia Activa de Caballería, de reciente creación, como alférez.  Separándose de dicho cuerpo el 3 de octubre del mismo año.  Por aquel entonces se estableció en una casa y chacra situada en la Guardia del Monte.


Prudencio Arnold

Coronel Prudencio Arnold (1809-1896)




Intervino en el combate de Navarro, el 9 de diciembre de 1823, actuando en los meses siguientes en la lucha a muerte emprendida por los caudillos federales contra el general Lavalle.  Participó en el combate de Las Palmitas, el 6 de febrero de 1829, donde fue derrotado y tomado prisionero el caudillo Manuel Mesa, que fue ejecutado.  Formando parte del escuadrón de José González, Arnold intervino en el combate de Las Vizcacheras, donde murió el coronel Rauch, el 28 de marzo de 1829.  Posteriormente actuó en la batalla del Puente de Márquez, donde fueron derrotadas las fuerzas de Lavalle, que se replegaron sobre Buenos Aires, ciudad que fue sometida a un corto sitio.  Las convenciones de Cañuelas y de Barracas trajeron la anhelada paz a la provincia.  Lavalle perdió algunos de los jefes que le habían sido adictos, los que fueron atraídos por Rosas.

Arnold en su “Vida Militar” (editada en Rosario en 1893) nos dice el entusiasmo que predominaba en las masas federales a favor de Juan Manuel de Rosas.  En un relato referido a cuando éste regresaba en 1829 de Santa Fe, hallándose reunidos en las cercanías de “La Turbia” alrededor de 2.000 hombres, al presentarse el Restaurador y “dirigirse en alta voz, diciendo ¡Viva la Patria!, fue contestado con entusiasmo.  Posteriormente el ¡Viva Rosas! fue un trueno que salió del corazón de aquella muchedumbre, demostrando el entusiasmo que tenían por el alma de aquel hombre”.

Ya con el grado de teniente participó en la “Revolución del Sur de Buenos Aires”, llevada a cabo contra Rosas.  En diciembre de 1839 era capitán del Regimiento Nº 3 de Caballería que se hallaba de guarnición en Dolores.  Al año siguiente salió a las órdenes del general Oribe a la campaña contra Lavalle tomando partida en la Batalla del Quebracho Herrado, el 28 de noviembre de 1840, en la que el ejército de Lavalle recibió un golpe mortal.  También, bajo las órdenes del general Angel Pacheco, asistió a la batalla del Rodeo del Medio, en la que el ejército de Lamadrid fue completamente destruido.

A órdenes del coronel Vicente González (El “Carancho del Monte”) Arnold se trasladó hasta la frontera Sud, bajando hasta el “Boquerón”, distante una legua del Rosario, donde permaneció largos años.  En diciembre de 1842 recibió la orden de dirigirse a Pavón por 15 días con el objeto de organizar un destacamento.  Los 15 días se transformaron en 9 años y 6 meses por la fuerza de las circunstancias.

En los años siguientes intervino en varias acciones contra los indios, en una de las cuales recibió una herida en una mano ocasionada por un golpe de boleadora.  El 2 de octubre de 1843, más de 1.000 indios invadieron por ambas márgenes del Arroyo del Medio, llegando hasta cuatro leguas de San Nicolás.  El coronel González destacó al capitán Arnold con 161 hombres como fuerza de vanguardia, el cual cargo al enemigo y los derrotó, aunque con la pérdida de tres soldados; pero rescató 14 cautivos, mató 20 indios, tomó 300 caballos y 20.000 cabezas de ganado que habían sido robadas por los invasores.

Después de la toma de Santa Fe por el general Juan Pablo López, el 6 de julio de 1845, Arnold se incorporó a la división acampada en el Boquerón, de donde marcharon a reunirse al gobernador Echagüe, que debió cruzar el Paraná a nado para no caer prisionero.  En el combate de San Gerónimo o Malabrigo, producido el 12 de agosto, el capitán Arnold combatió al frente de su escuadrón y tuvo la desgracia de que su caballo fuese herido en una paleta y lo volteó; siendo salvado por su asistente, Sebastián Lezica, y el teniente Felipe Gallardo, que se lanzaron para salvar a su capitán y lograron trasladarlo hasta donde estaba la infantería federal.  En esta acción, el escuadrón de Arnold, en menos de media hora, tuvo 13 muertos y 23 heridos, ocasionando a sus enemigos más de 150 muertos y como otros tantos heridos.  En Malabrigo tomó además 600 caballos tordillos y plateados, que lució después por espacio de casi 7 años el regimiento del cual formaba parte.

Desde mayo de 1849 hasta agosto de 1850, Arnold sirvió en la línea de Pavón; y en setiembre de 1850 pasó al Saladillo del Rosario donde permaneció hasta setiembre de 1851, fecha en que a raíz del pronunciamiento de Urquiza marchó con toda la división para las Lomas de Coronda, con excepción del coronel González y otros jefes de alta graduación que marcharon a Santos Lugares.  Poco después el jefe de aquellas fuerzas, coronel Martín Santa Coloma,  ordenaba a Arnold seleccione 200 hombres de los Regimientos Nº 2, 3 y 6 con los que formó un escuadrón destinado a ocupar la cabeza de la División.

Por haber sofocado una sublevación de parte de la tropa, Juan Manuel de Rosas le extiende a Arnold los despachos de teniente coronel graduado de caballería de línea con fecha 20 de enero de 1852, los que no llegaron al poder del interesado por los graves acontecimientos de los días que siguieron.

Sostuvo continuas guerrillas con la derecha del ejército de Urquiza que avanzaba sobre la provincia de Buenos Aires desde el Arroyo del Medio, pero sin empeñarse con aquella fuerza a causa de su inmensa superioridad numérica.  Arnold continuó hostilizando el extremo derecho del enemigo, y también su retaguardia, de conformidad con lo que se le había ordenado.  “Desde la Guardia de Luján –dice en su obra mencionada- y por una conversión rápida, se fue el enemigo sobre su adversario en Caseros, cerrándonos el paso para nuestra incorporación.  Cuando esta sangrienta batalla tuvo lugar – añade- los derrotados me comunicaron el desastre sufrido por nuestras tropas.  Cierto del triunfo del enemigo, marché para la Guardia del Monte, punto que según calculé, debían tocar las tropas derrotadas”.

En aquel lugar recibió órdenes del general Pacheco disponiendo su presentación al General vencedor.  Arnold anunció a los bravos soldados todas las novedades que se habían producido en aquellos días y terminó su alocución pidiendo dar un abrazo a cada uno de sus subalternos “como demostración –dice Arnold-  del agradecimiento por el honor que me han dado, y para que sintáis la agitación de mi corazón por nuestra separación.  Cuando este acto empezó también el llanto empezó y cuando terminó ya nos entendíamos; todos lloraban, y yo también.  No se puede explicar todo lo que en ese momento pasó; ¡viejos tigres en el campo del honor transformados en muchachos llorones!”.

Disuelto su escuadrón, se dirigió a Buenos Aires, y en Palermo se entrevistó con Urquiza, quien le exigió su continuación en el servicio de las armas, accediendo a una concesión de 6 meses de licencia al cabo de los cuales debía reintegrarse al servicio activo; pero antes del término de la misma se le ordenó que se hiciese cargo del comando de frontera en Rojas y que formase allí un escuadrón de veteranos para guarnecerla.  El 11 de enero de 1853, el coronel Hilario Lagos, comandante en jefe del ejército sitiador le extendió al teniente coronel Arnold el nombramiento de jefe interino de los milicianos de los partidos de Rojas, Salto y Pergamino.  

Terminado el sitio de Buenos Aires por la disolución del ejército sitiador, Arnold solicitó y obtuvo su baja el 17 de octubre de 1853.  En la época de la campaña de Cepeda no había sido llamado al servicio.  A fines de 1859 fue llamado por el gobierno de Buenos Aires y participó en la Batalla de Pavón en calidad de ayudante del general Urquiza.  En 1861 se incorporó a las fuerzas de la Confederación que trataron de combatir con las del general Hornos, que se hallaban en Pergamino., pero la llegada del coronel Baigorria y de otros jefes porteños, lo obligaron a retirarse.

El 2 de octubre de 1861 se retiró definitivamente del ejército.  Mitre lo autorizó a residir pacíficamente en su estancia o donde quisiera.  “Así concluí esta campaña –dice-, abrumado por la pestilente pólvora de Pavón”.

Vivió después en Rosario y San Nicolás, y posteriormente en su estancia Santa María, en el sur santafecino.  En octubre de 1875 le escribía a Juan Manuel de Rosas: “Su retrato es el único que hay en la salita de mi casa, en esta ciudad, frente a las ventanas de la calle”.  Su afecto hacia el Restaurador permanecía incólume veinte años después de la Batalla de Caseros.

El coronel Prudencio Arnold publicó importantes escritos históricos, entre ellos: Colección de artículos y refutaciones históricas sobre los acontecimientos del Rosario el 25 de diciembre de 1851; Rectificaciones históricas al folletín del doctor Estanislao Zeballos titulado “Dinastía de los Piedra”; Refutación histórica sobre la batalla de Malabrigo; y sobre todo, Un soldado argentino, sus memorias autobiográficas, Rosario 1893.

Murió en Rosario el 31 de marzo de 1896, a la edad de 87 años.  Estaba casado con Mercedes Rodríguez y de ese matrimonio nacieron cinco hijos.  En sus últimos tiempos apoyó políticamente al doctor Bernardo de Irigoyen y a la Unión Cívica santafesina.  Su hijo Jorge Brown Arnold, autor de La muerte de la República, fue secretario del nombrado doctor Irigoyen.

 

Fuente
Chávez, Fermín – Iconografía de Rosas y de la Federación – Buenos Aires (1972).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.
Portal www.revisionistas.com.ar
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1938).
Se permite la reproducción citando la fuente: www.revisionistas.com.ar 





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Grato hallazgo: las memorias de Prudencio Arnold

23 agosto, 2025 ~ Alejandro Marzioni

Comparto un par de páginas de las memorias del coronel Prudencio Arnold, que son para mí un hallazgo. Habla muy mal de nuestro país que este tipo de obras estén olvidadas y sin ediciones. Tuve que ir a la Biblioteca Nacional para leerlas. Hay dos ediciones, la primera de 1893, y la que publicó Eudeba en 1970. Cuando tuve entre mis manos la de 1970, leí en el estudio preliminar del editor que se había decidido hacer una nueva edición porque, a la hora de leerla, también había tenido que concurrir a esa biblioteca, donde quedaban uno de los pocos ejemplares de 1893. El libro es una joya y debería leerlo cualquier interesado en la guerra de la frontera. Señalo nada más que una cosa: en el segundo fragmento que comparto, donde un coronel rosista que había pasado tantos años combatiendo malones en los fortines denuncia la inhumanidad de la Conquista del Desierto, se refiere a los indios en términos de argentinos: pobre china argentina, escribe, cuando se indigna de que ya en tiempos de Avellaneda les arrebataran los hijos a las indias de las tribus que iban reduciendo. Más allá del debate sobre las nacionalidades, es cierto que, se nos llame como se nos llame y en guerra o alianza, argentinos e indios compartimos estas tierras durante al menos un siglo, mezclándose las sangres, los hábitos, las palabras, hasta que de pronto llegó lo que en la época de Roca se llamó progreso. Y de un día para el otro ese progreso decidió, con crueldad e hipocresía, que los indios no tenían nada que ver con nosotros, que eran extraños a pesar de que hasta el día anterior todos los ejércitos los habían convocado para sus batallas, que no eran siquiera humanos y que merecían una muerte peor que la del fusil rémington: la del olvido. Precisamente a causa de ese etnocidio, de una política indigna de todos los valores en los que se justificaba la civilización, hoy día los argentinos desconocen su riquísimo pasado de lanza y sable y es un trabajo arqueológico acceder a unas memorias que, si se hubieran escrito en el norte del continente, en las tierras de los Sioux, ya les hubieran dedicado películas y series, además de ediciones modernas e ilustradas.


Fragmento del capítulo VII, sobre el lonco Yanquetruz de los ranqueles:

Por esos tiempos se mencionaba al cacique Yanquetruz, el renombrado orador de la Pampa y diestro guerrero, ese hombre que solía atraerse la muchedumbre de las tolderías. Cuando anunciaba que iba a parlamentar no quedaba indio, por distante que estuviese, que no concurriese a presenciar el acto con el más profundo silencio, a caballo y recostada la cabeza sobre su arma y fijando una mirada vaga sobre el suelo, mientras el oído se aprestaba para no perder una palabra del cacique.

Yanquetruz empezaba sus largos discursos aconsejando a los indios que nunca hiciesen la paz con los cristianos, que los matasen, quemaran sus casas y trajeran sus familias para esclavas de las suyas, porque Dios (señalando al cielo) les había dado aquella tierra, que era de ellos, y que los cristianos se la querían quitar por la fuerza y que así no les dejarían dónde vivir. Al terminar su peroración pampeana, repetía sus consejos, que los oyentes aceptaban como la voz de Dios.

El orgulloso cacique Yanquetruz, entusiasmado con el resultado de sus hazañas y después de que últimamente acababa de conseguir sobre las fuerzas que de las provincias de Cuyo salían a la expedición bajo las órdenes del general Huidobro, y que acababa de batir y hacer retroceder hasta Mendoza, se dirigió con sus fuerzas para combatir al general Rosas, que a la sazón operaba al Sur y sobre el desierto, sin sospechar, el pobre indio, que este general era superior a todos los demás jefes, porque conocía la táctica guerrera del salvaje tan bien o mejor que él.


Fragmento del capítulo VIII, sobre la Conquista del Desierto:

El indio es bárbaro y salvaje; pero el cristiano no lo es menos para con ellos.
¿Cómo no esperar sus represalias, cuando si nuestros destacamentos les llevan el malón, les incendian sus toldos, les matan sus hombres y las mujeres viejas, les sacan lonjas de la piel para formar maneas y fiadores, que después prenden del pescuezo de los caballos en días de paseo?
Por orden del señor gobernador Juan Manuel Dorrego, vinimos con indios a batir al general Lavalle, en Navarro, donde fuimos derrotados, como ya he referido antes.
Así, pues, los gobiernos siempre que han tenido oportunidad, se han servido de los indios para hacerlos tomar parte en nuestras luchas civiles; unas veces teniéndolos de aliados en nuestras filas y en otras ocasiones batiéndonos en contra de ellos.
La historia los ve figurar en persecuciones a Lavalle, en los combates de Las Vizcacheras, Guardia del Monte, Puente de Márquez (campos de Álvarez), sitio de Buenos Aires, quebracho Herrado, Mal Abrigo y hasta en Caseros, donde fueron derrotados por el general Urquiza, para derrotar con ellos más tarde al general Mitre, en Cepeda.
El general Mitre, a su vez, hizo media derrota con el concurso de los indios al general Urquiza en Pavón.
Fue el general Mitre que con los indios engrosó sus filas en el sur de la provincia de Buenos Aires en 1874. El general Lavalle no se sirvió de ese elemento.
En tiempos del gobierno del señor Avellaneda, ha visto la culta ciudad del Rosario arrancar violentamente al hijo de los brazos de la madre; ¡pobre china argentina!, como se ha hecho también en otras provincias, para llevarlo no se sabe dónde ni de qué manera educarlo, sin que los interventores oficiosos del gobierno mismo acierten a definir su porvenir, desde que contribuyen a expatriarlos para brindarlos y distribuirlos como presente griego. Son esos parias de la civilización y de la fortuna que al cabo del tiempo ignoran quiénes fueron sus ascendentes.
Tal es la escuela de enseñanza que hemos hecho a los indios, sin ensayarlos en ninguna noción religiosa ni de civismo, acercándoles al vestíbulo de los templos sagrados o a las puertas de los colegios.
Yo he querido y quiero a los indios con mucha lástima; he deseado y deseo vivamente y con la mejor voluntad tener diez familias de esos desgraciados argentinos en mis estancias.
Cuando los prisioneros de la Pampa empezaron a repartirlos en el Rosario y tal hecho llegó a mis noticias, creí llegada la oportunidad de cumplir mi deseo; pero inmediatamente supe también que se arrancaban con violencia los vástagos de las familias indígenas para entregarlos en poder de extraños. Esto me afectó mucho y no di paso alguno.
Transcurrió después algún tiempo, en que se supo que nuestras beneméritas divisiones conquistadoras de la Pampa habían aprisionado dos tribus más.
Esto me dio motivo a que escribiese una carta al señor ministro de Guerra, doctor Victorica, con quien mantengo alguna relación, pidiéndole una de esas familias, siendo de mi cuenta el costo hasta ponerla en el Rosario.
Hasta ahora no he obtenido contestación de ninguna clase.
Así les vamos haciendo guerra de conquista so pretexto de destruir la barbarie que las tribus representan por el estado salvaje en que viven, sin antes haber empleado los medios suaves que nos brinda la civilización, para redimirlos con más ventajas, enseñándoles a colonizar esos mismos campos donde la naturaleza los mandó nacer, por disposición irrevocable y suprema.



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