El Rio de la Plata - R. B. Cunninhame Graham
EL GAUCHO.
(Fragmento del libro El Río de la Plata (1914) de R.B. Cunninghamme Graham)
Río de la Plata; así llamábamos al país, en ese entonces, por allá en 1870, cuando todavía el nombre de Rosas inspiraba temor entre los gauchos más viejos, ó tal vez, para decirlo con mayor propiedad, les parecía ser el de un Dios tutelar.
Cuántas veces los he oído, ya en la frontera meridional de la provincia de Buenos Aires, que entonces estaba en Bahía Blanca, y también en el Oeste, cerca de Tapalquén y del Fortín Machado, después de clavar su facón en el mostrador de la pulpería, y de despachar de un trago un vaso de caña, gritar "Viva Rosas," añadiendo una ó dos maldiciones, probablemente por mor de eufonía. El inolvidable jefe, tipo de todos los vicios y virtudes de su clase, gaucho genuino, si los hubo, capaz de echar el sombrero al suelo y de alzarlo al galope, sin apoyar la mano en la silla, indiferente al gasto de la vida humana y pródigo en derramar sangre, hacía poco que había muerto, convertido en un pacífico burgués, cerca de Southampton; empero su espíritu díscolo aún sobrevivía. El país apenas había salido, ó estaba saliendo de la guerra con el Paraguay. La corriente de emigración, que desde entonces ha realizado tan numerosos cambios en aquellas tierras, comenzaba á invadirlas. La harina era importada de Chile y de Norte-América, la carne costaba diez centavos por kilo en la capital. Los enormes campos de pan llevar, que hoy extienden sus cultivos por leguas enteras, yacían eriales; sólo aquí y allí, en chacras diminutas, algún vizcaíno emprendedor, sembraba unas pocas fanegas, azuzando sus bueyes con un mazo, sentado sobre el yugo, dejando colgar las piernas entre los cuernos de sus animales, ó, á horcajadas sobre un mancarrón, aguijoneándolos con un clavo engastado en una tacuara (larga caña). Las gentes del país los contemplaban como sin duda á Triptolemo los primitivos habitantes de Acaya. Los extranjeros, que sin excepción se dedicaban á la cría de carneros ó de ganados, medio admiraban y medio despreciaban al labrador agrícola, aunque ellos, en su mayoría, iban á casa de él los sábados en busca de pan.
La gente se alimentaba exclusivamente con carne, “carnero no es carne”, solían decir, lo que da la medida del progreso en aquellos lugares. Mate y carne, y carne y mate, y de vez en cuando un saco de redondas galletas, tan duras como las piedras de las calles en el Sur de España, en Marruecos, en Persia, en Turquía y en otros países, en que las gentes hablan y hablan del progreso, sin darse cuenta de lo que es . . . felizmente para ellas; puchero y asado, hecho este último al fuego vivo, en un asador, que era el único utensilio culinario, fuera de una olla de hierro y de una caldera de estaño, que nunca faltaban en los ranchos de las Pampas. He ahí la lista completa de nuestros manjares, ó menú, que diríamos en moderno. El asado lo comíamos con nuestros cuchillos, cortando un gran trozo, teniendo cuidado de no tocar el centro de la posta, y luego, mordíamos la presa entre los dientes, y cortábamos cada bocado á raíz de los labios, con cuchillos de doce pulgadas. El puchero consistía en carne cocida, por regla general, porque si teníamos una mazorca ó dos de maíz, una cebolla ó una col para condimentarlo, eso ya era un festín: nos restregábamos los dedos en las botas, y limpiábamos los cuchillos, clavándolos en el techo pajizo, generalmente hecho de cañas ó de paja brava, que era el nombre dado en el país á la yerba pampera. En el techo había clavadas estacas de ñandubay ó cuernos de venado, de los que colgaban los muebles, es decir, las riendas, cabezales, boleadoras, lazos, y demás enseres en que se complacía el orgullo del gaucho. Los asientos eran cabezas de buey ó bancos bajos de madera dura, casi siempre de chañar ó ñandubay, puestos sobre el suelo, de barro reseco, pisado y vidriado con boñiga. El humo se alzaba en espirales del fogón, prendido sobre el suelo mismo, en el propio centro de la estancia, sobre una o dos piedras, ó, en raras ocasiones, encerrado dentro del arco de una llanta de rueda desvencijada. Las vigas, el techo pajizo y las delgadas tiras de cuero, que servían de clavos, estaban negras y abrillantadas por el humo, que llenaba la casa con una atmósfera como la de las chozas en que usan carbón de turba, en las Hébridas. Fuera, en el palenque, todo el santo día, un caballo ensillado pestañeaba al rayo del sol, dejando colgar la cabeza como si estuviera medio muerto; pero si algún gringo aturdido, se le acercaba más de lo mandado, el animal revivía, irguiéndose con resoplido bravío, y sacudiendo el cabestro. El palenque deslindaba los límites del hogar; más allá de él, tanto la etiqueta como la prudencia, mandaban al extraño no pasar sin un ceremonioso "Ave María Purísima," contestado con un "Sin pecado concebida"; á esto seguía la invitación á apearse y á atar el montao; luego, ahuyentados los perros, que mantenían al viajero como á un barco rodeado por la tempestad, ya á caballo, ó al lado de su flete, el dueño de casa la franqueaba á su huésped. Se entraba á la cocina, que servía de comedor y de cuarto de recibo. Una vez sentados sobre cabezas de buey, comenzaba el desgrane de noticias: que ya la revolución había estallado en Corrientes, ó que algún caudillo conocido recogía caballos, y reclutaba gente en Entre Ríos ó en la banda oriental del Uruguay, que los Colorados habían tomado á Paysandú, que los Blancos habían triunfado en Polanco ó en algún otro lugar, ó que este ó aquel gobernador había sido asesinado.
Luego se hablaba de caballos, de las marcas con que estaban herrados, del precio del ganado en Concepción del Uruguay, y de si era cierto que Cruz Cabrera había matado à Juan el Velludo, y de cómo era que, si acaso era cierto, en el Monte del Yí quedaban matreros, y de muchas cosas de la laya, de suprema importancia en el campo; luego, servían el mate, mientras conversaban al amor de la lumbre.
Aparecía una china, ó una negra, levantando el cuero de yegua tendido à guisa de puerta y después de hacer sus venias, recibía la yerba tomada de un saco hecho de un buche de avestruz, ponía el caldero al fuego, se sentaba en un banco, abriendo las rodillas como si fuera á partirse en dos, y se inclinaba para soplar el fuego; cuando el agua hervía, ponía la yerba en el mate, ajustando la bombilla de lata en posición vertical, operación que requería alguna habilidad, y después de verter el agua, empezaba á chupar el tubo, escupía al suelo los primeros chupos, hasta dejar el aparate corriente; luego, después de tomar un mate por su propia cuenta, lo pasaba de mano en mano entre los convidados, con cierta nimia, distinción de categorías. Mientras todos chupaban el brebaje, hasta dejar el mate seco, la muchacha, de pie todo el tiempo, solía deslizar la mano distraídamente entre sus largos cabellos, ó entre sus motas negras, como en busca de algo, en tanto que con un pié descalzo, se rascaba la otra pierna. Luego volvía á ponerse en cuclillas, llenaba el mate, y después del chupón inevitable, para cerciorarse del tiro de la bombilla, comenzaba de nuevo á pasarlo á la redonda. Esto se llamaba "servir el mate" y la muchacha que lo servía, guardaba, durante la ceremonia, un silencio solemne, como si cumpliera algún rito. Si el dueño de casa no tenía hija, ó mujer, ó muchacha, servía él mismo el mate, pero no lo pasaba de mano en mano; sentado junto al fuego lo llenaba, veía si tiraba bien y se lo pasaba á otro. El mate circulaba hasta que la yerba perdía su sabor, que era áspero, amargo y acre, y que, en el campo, nunca se tomaba con azúcar, sino cimarrón.
La conversación se generalizaba; se hablaba de la invasión de los indios, de que los infieles en su última entrada, habían quemado el rancho de Quintín Perez, de que se les había visto retirándose á la luz de las llamas, hacia Napostá, arreando una caballada por la huella que vá al Romero Grande, costeando el estero al oeste. Los hombres que en estos decires se entretenían, eran por lo general altos, cenceños y nervudos, con no pequeña dosis de sangre india en sus enjutos y musculosos cuerpos. Si las barbas eran ralas, en desquite el cabello, luciente y negro como ala de cuervo, les caía sobre los hombros, lacio y abundante. Tenían la mirada penetrante y parecía que contemplaban algo más allá de su interlocutor, en horizontes lejanos, llenos de peligros, rondados por los indios, en donde á todo cristiano le incumbía mantenerse alerta con la mano sobre las riendas. Centauros delante del Señor, torpes á pié como caimanes embarrancados, tenían, sin embargo, agilidad de relámpago, cuando era necesario. Parcos en el hablar, capaces de pasar todo el día á caballo, uno al lado del otro en las llanuras, sin cruzar palabra, excepto alguna interjección como "jue pucha," si el caballo tropezaba ó se espantaba, porque una perdiz saltaba á sus piés.
Se enfurecían fácilmente; echando espumarajos por esas bocas y pidiendo sangre à voces; un instante después (pasada la tormenta), tornaban á ser los mismos graves centauros de antes. Así, los mares tropicales, tan tranquilos como si nada pudiera alterar el lento y prolongado balanceo de sus ondas, se encrespan, se cubren de espuma, rugen y se tragan á los barcos; luego, tras el furor de la tormenta, arrojan los cadáveres de los náufragos en la arena de la playa, tan suavemente, que las olas parecen acariciarlos mientras flotan en la marejada.
Tales eran los centauros de aquellos días, vestidos de poncho y de chiripá. Calzaban botas de piel de potro, hechos los talones del corvejón, dejando salir los dedos para agarrar el estribo, formado por un nudo de cuero.
Su estado de gracia espiritual interna, era una mezcla extraña de cristianismo contenido en su desarrollo, matizado de supersticiones indias; su temple de ánimo era melancólico. La alegría no arraiga en aquellas desiertas estepas; esto sucede generalmente con los habitantes de las llanuras, cuyas vidas se pasan solitarias, ya en grupos de tiendas, como entre los árabes, ya en ranchos aislados como en las pampas del sur.
Hasta sus mismos bailes eran lentos y acompasados, ya los nacionales, cielitos, gatos ó pericón, ya el vals importado, que danzaban meciéndose à un ritmo peculiar y característico, rastrillando las espuelas por el suelo, como le arrastra un pavo las alas á su hembra.
Era en los bailes en donde aparecía el improvisador (á quien los gauchos llamaban payador) en toda su gloria; pespunteaba la guitarra, cantaba sus coplas en falsete delgado, prolongando la última nota de cada verso para darse tiempo de comenzar el siguiente con un nuevo epígrama. Si por mala suerte se presentaba otro payador, éste aprovechaba la ocasión para contestar en competencia, hasta que, como á veces sucedía, el que agotaba primero su inspiración, rasgueaba de un golpe todas las cuerdas de su guitarra, y poniéndola en el suelo, se incorporaba, diciendo: "Ya basta, ahijuna', vamos á ver quién toca mejor con el cuchillo", y sacando el facón con un revés de muñeca, se ponía en guardia. Generalmente el otro payador, no tardaba en imitarlo, y entrambos contendores, después de envolverse los ponchos apretadamente en el antebrazo izquierdo, que mantenían al nivel del pecho para proteger las partes vitales, adelantaban el pié izquierdo, cargándose con todo el cuerpo sobre el derecho, y empezaba la lucha. Se inclinaban á derecha é izquierda, recogiendo a veces puñados de polvo ó de tierra que trataban de echar á los ojos de su enemigo, para arrojarse sobre él.
A veces, la pelea duraba media hora. Los héroes se injuriaban, como sus prototipos ante los muros de Troya; otras veces, como sucedió en la primera en que me cupo en suerte presenciar una de estas riñas, la batalla terminaba en un instante: quedó un hombre clavado contra la pared y el otro tendido en tierra con las entrañas esparcidas por el suelo. Los espectadores de tales sucesos hacían memoria de ellos, como del día en que había habido "mucha tripa al sol en lo de Tío Chinché”. El día servía para fijar fechas, como si se tratara de la Pascua florida, ó de la Navidad ó de cualquiera otra fiesta de la Iglesia. No que la Iglesia entrara por mucho en la vida de aquellos recios ginetes; la verdad es que rara vez se casaban por la sacristía; de vez en cuando, llegaba algún obispo en visita pastoral, sentado trás de cortinas de cuero, en algún viejo "coche de colleras," arrastrado por siete caballos. En el primero, el de varas, gineteaba "el cuarteador," que era un chico que con un lazo atado à la cincha de su caballo galopaba adelante para pilotear el vehículo.
Las gentes parecían despreocupadas cuando hablaban. de la dignidad de la Iglesia; hablaban del Papa ó de Tata Dios con aquella sutil ironía de los gauchos, que no deja adivinar si hablan en serio, ó en burla.
Lo cierto es que en esas ocasiones, había un enganche general de parejas, que, según la Iglesia, habían vivido en pecado mortal. Se bautizaba á los chicos, que desde su nacimiento nunca habían tenido otro trato con el agua que el de algún aguacero inesperado.
Muy poca vida interior se vivía en las llanuras. Poca religión, y poca superstición tenían aquellos hombres, de los que Hudson, nacido él mismo en la Pampa y empapado en la melancolía de los gauchos, ha descrito en aquél su estilo tan sutil, tan vecino de la poesía en espíritu, y tan perfecto como arte en la prosa, tal como el efecto de la sombra del ombú ó la ciudad mística de Trapalanda, á donde cabalgan los indios cuando terminan el último galope. Lo que es "las ánimas" sí existían, pero vagamente. Jamás molestaban á nadie, de suerte que en lo espiritual, la vida de los gauchos tenía tan pocas líneas como tuviera el mapa del mundo pintado por Ptolomeo. Con excepción de los árabes, pocos pueblos han sido tan completamente materiales en sus vidas; pero es curioso observar que á ninguno de los dos pueblos les ha faltado dignidad en sus personas ó en su mente. Los dichos familiares de la pampa, como el de "El ternero sarnoso que vivió todo el invierno y murió en la primavera" ó "Nunca faltan encontrones cuando el probe se divierte” ó "No arribes á rancho donde veas perros flacos" y otros de la laya, llevaban á una filosofía humilde pero bondadosa y á una ausencia absoluta de envidia, puesta de manifiesto por uno que, habiendo sido reclutado para el servicio en las fronteras, muy lejos de su casa, encontró á su vuelta un chico rubio entre los suyos, y observó : "Un inglesito que nos ha deparado Dios" y lo trató como si fuera uno de sus propios hijos.
Me separo de los gauchos con el dolor natural de quien habiendo pasado entre ellos su juventud, aprendido á tirar el lazo y las boleadoras, á montar de un salto y á resistir los rigores del calor y del frío en aquellas llanuras solitarias, tiende los cansados ojos sobre el turbio espejo de los tiempos que ya fueron.
Robert Bontine Cunninghame Graham
(24 de mayo de 1852, Londres, Reino Unido - 20 de marzo de 1936, Buenos Aires, Argentina)

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