Origen del caballo en el Río de la Plata
El caballo en el Río de la Plata
En 1536 el Adelantado PEDRO DE MENDOZA dejó en Buenos Aires, el Fuerte que fundara en nombre de la corona española, una tropilla de caballos, muchos de los cuales pudieron salvarse de la “degollina” a que fueron obligados los primitivos pobladores de esa ciudad, acuciados por el hambre (se dice que fueron cinco yeguas y siete caballos)
En 1537 JUAN DE AYOLAS los lleva al Paraguay. En 1538 llegaron al virreinato del Perú numerosos caballos enviados por la corona española. En 1541, es PEDRO DE VALDIVIA quien los trae a la gobernación de Chile y finalmente, en 1544 Diego de Rojas trae caballos al Tucumán.
Inicialmente les sirvieron a los conquistadores como medio de transporte y de combate y según consta en el Archivo de Indias, estos animales conocidos como “rocines”, eran muy rústicos, de poca alzada, ya que no superaban el metro y medio, siendo poseedores de una gran resistencia.
Existe una cédula de fecha 22 de agosto de 1534, firmada en Palencia, por la cual el secretario de Su Majestad concedía el permiso solicitado por D. PEDRO DE MENDOZA “para reunir y embarcar con caballos y yeguas que debían traerse a América” y fue así que MENDOZA, desembarcó en estas costas setenta y dos animales, entre caballos y yeguas, mezcla de caballos andaluces y berberiscos o africanos, traídos no se sabe si directamente de España o de las islas Canarias, pues a este respecto difieren los historiadores.
La real cédula detallaba «veinte lanzas jinetas a caballo, escogidas en el reino de Granada y cinco de ellas lleven dobladuras e las dobladuras sean yeguas».
Cuando luego de que los indígenas redujeran a escombros el Fuerte que fundara MENDOZA en 1536, los españoles se marcharon (16 de abril de 1541), dejando abandonada una cantidad no determinada de caballos y yeguas. Éstos se fugaron hacia esas inmensas llanuras bonaerenses y esos animales pronto se adaptaron a estas tierras y a estos pastos y sin dueño ni control, crecieron y se multiplicaron en gran número, extendiéndose por las inmensas praderas que se les ofrecían ubérrimas.
Pero no fueron los yeguarizos de MENDOZA los únicos que entraron a nuestro suelo por esos años. En 1542 las expediciones de DIEGO DE ROJAS y ALVAR NUÑEZ CABEZA DE VACA y en 1550 la de NUÑEZ DE PRADO, penetran en nuestro territorio trayendo consigo equinos.
Más tarde, ya en 1580, cuando JUAN DE GARAY llegó para fundar nuevamente Buenos Aires, grande fue su sorpresa cuando vio pastando en las llanuras próximas a las riberas del Plata, grandes manadas de ganado caballar. Se calcula que en 44 años, el número de cabezas había llegado a 89.000.
En este ganado según FÉLIX DE AZARA predominaban los pelos colorados, zainos y tostados, a los que se sumaban una gran variedad de pelos y manchas, entre ellos los gateados, lobunos, overos, rosillos, bayos o tobianos.
Eran características de estos yeguarizos, que superaban ligeramente en promedio el metro cuarenta de alzada, de cuello corto, ollares amplios, crines abundantes, ancas fuertes, lomo parejo y ancho, patas fuertes y cuartillas cortas, siendo el caballo pampeano, más robusto que el serrano, quizás por las mejores posibilidades que le daba la pampa, para correr y resistir grandes distancias.
Y fueron estas manadas de tan grande volumen, (“ganado reyuno” las llamaba el rey de España, pues no tenían dueño), las que pronto se transformaron en un bien apetecible “sin dueño”, tanto por parte de los españoles como de los indígenas pampas y araucanos, ya que a todos les eran necesarios para guerrear y en muchos casos para alimentarse y así fueron cazados por cualquiera que los quisiese, hasta que el 16 de octubre de 1589, el Cabildo reconoció los derechos sucesorios que tenían sobre esos caballos, los herederos de los conquistadores, dando comienzo a una persecución implacable de los “cimarrones”, a los rodeos y a la marcación.
Cuando los indígenas vieron por primera vez a los conquistadores montados sobre sus caballos, creyeron que se trataba de un solo ser, que en muchos casos tomaron por dioses, pero aunque en un principio de la conquista, les estaba prohibido montarlos, con el tiempo, especialmente los araucanos se identificaron con él, llegando a ser maestros en el manejo de los caballos, aprendiendo también a usarlos en el combate, logrando equilibrar en algo la enorme ventaja que el caballo le había otorgado al conquistador, que luchando montado, podía atacar y retirarse con mucha velocidad.
Pero no sólo los indígenas pronto se identificaron con el caballo y supieron adiestrarlo y manejarlo pues más tarde, también los “cristianos”, especialmente el gaucho, mezcla de blanco con sangre india, supieron hacerlo y adaptarlo a su vida y a sus faenas. Pero hubo una diferencia entre todos ellos: el indio educó el caballo para la pelea y lo hizo arisco, en cambio el criollo, que con el tiempo lo transformó en su compañero y lo empleó como instrumento de trabajo, hizo de él un animal manso y esforzado en el trabajo.
Fue tanta su identificación con el caballo, que hasta los indígenas llegaron a creer que era oriundo de “su tierra” y a este respecto nos cuenta LUCIO VÍCTOR MANSILLA en «Una excursión a los indios ranqueles» , donde narra la discusión que tuvo lugar en las tolderías de MARIANO ROSAS, en torno al origen del caballo.
Relata allí, que los indios sostenían que el caballo les pertenecía por ser oriundo del lugar. Mansilla les preguntó corno denominaban diversos animales de la pampa, como el tigre, el puma, etc. Y de inmediato les dieron los nombres araucanos y al preguntarles como denominaban a sus yeguarizos, le respondieron «cawallu», demostrando así que les era un animal desconocido hasta la llegada del “blanco” y que adoptaron (en su jerga), el nombre que le daban los “cristianos”. “Ven, les respondió Mansilla, no tienen otro nombre para darle, que el que le dan los blancos” (ver Los caballos, protagonistas de la Historia Argentina)
https://elarcondelahistoria.com/origen-del-caballo-en-el-rio-de-la-plata-22081534/
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Origen del caballo en Argentina Como llega el caballo a Argentina?
Origen del Caballo en Argentina: ¿Cómo llega el Caballo a Argentina?
EL CABALLO LLEGA A LA ARGENTINA:
No se puede discutir que los primeros caballos que llegaron a nuestro país fueron los que trajo Mendoza en 1536, pero lo que no se sabe con certeza es cuántos vinieron, y posiblemente nunca se sabrá.
Generalmente se ha admitido que fueron 72 animales, dando fe a lo que escribió Ulrico Schmidl.
Sea cual fuere el número de equinos que desembarcaron a orillas del río de la Plata; lo cierto es que pronto comenzó a mermar por diferentes causas: la lucha contra los indios, el canje de caballos por indias y alguno que fue sacrificado para ser comido a escondidas, cuando el alimento escaseó.
Pero también es cierto que en los cinco años y medio que pasaron entre la fundación de Buenos Aires y su abandono por orden de lrala, las yeguas deben de haber parido algunas crías.
Que los primeros vecinos estaban necesitados de caballos 10 prueba una nota que enviaron a España, en abril de 1539, donde ofrecen «cuatro mil pesos de buen oro (...) por cada lote de veinte caballos, en que figurasen yeguas de Sevilla».
Tiempo después, en el informe que Irala redacta sobre la evacuación de Buenos Aires, no menciona caballos, pero sí los cerdos que dejaron para cría.
En esta omisión se basan algunos para decir que no quedaron caballos. Tampoco se sabe bien cuántos fueron los equinos que pudieron dejarse o que se hubiesen escapado.
Ruy Díaz de Guzmán escribió que habrían sido: «cinco yeguas y siete caballos».
Hay otra fuente, posiblemente más digna de crédito, que es una «relación» que escribiera Fray Juan de Rivadeneyra, comisario eclesiástico de Tucumán y del Río de la Plata, al rey Felipe II.
En ella afirma que los animales que quedaron en los campos de Buenos Aires fueron «cuarenta y cuatro caballos y yeguas».
Hayan sido doce o cuarenta y cuatro, fueron ellos los que dieron origen a las «cimarronadas» o «bagualadas» que poblaron los campos del país y que le permitieron a Juan de Garay, en Asunción en 1580, afirmar que en nombre del rey hacía merced a cuantos le acompaña sen en su viaje al sur «del ganado silvestre yeguarizo que quedó del tiempo de Don Pedro de Mendoza, para ellos y sus sucesores y descendientes».
Pero nuestra raza caballar criolla no desciende solamente de estos animales, porque no hay que olvidar que para esa época comenzaron a llegar al territorio que hoy es argentino otras corrientes pobladoras que traían caballos.
Alvar Núñez Cabeza de Vaca llevó de España a Asunción 26 animales, algunos de cuyos descendientes vendrían 30 años después con Garay a Santa Fe.
Por su parte, Diego de Rojas y Núñez del Prado bajarían desde el Perú al norte argentino con caballos, y desde Chile, Francisco de Aguirre pasaría a Cuyo con sus montados.
Años más tarde, los indios de Chile y Argentina, por los pasos de la cordillera de los Andes, que existen a la altura de Neuquén, tendrían oportunidad de comerciar caballos, como veremos después.
Es lógico suponer que en el siglo XVII el animal existente en lo que ahora es nuestro país era consecuencia de la fusión de los equinos que habían llegado desde distintos puntos de América y España, pero también que todos eran de origen andaluz.
Para finalizar con este tema creemos que lo mejor es transcribir lo que escribiera el profesor Ángel Cabrera en su libro Caballos de América, en la página 327, después de referirse a la importancia de la llegada de las tribus araucanas a nuestras pampas:
«Este hecho fue de gran trascendencia para la historia de nuestro equino criollo, porque en la vida de aquellos indios habían llegado a ser los caballos un elemento indispensable, que llegaron hasta las inmediaciones del propio Buenos Aires para procurárselos en la mayor cantidad posible, ya robándoselos a los españoles en sus malones, ya capturando yeguas en las famosas bagualadas, que eran entonces particularmente abundantes cerca de la costa atlántica: y además, estaban a veces y otras belicoso, con los tehuelches de la Patagonia, otro pueblo que también se hizo de a caballo y que se procuraba equinos ya por tratos con los araucanos, ya viniendo a buscarlos en los valles australes de la cordillera cuando allí aparecieron bagualadas de evidente abolengo trasandino; con todo lo cual, los yeguarizos descendientes de padres chilenos venían al este y los de origen bonaerense eran llevados hasta el mismo pie de los Andes.»
Aun en nuestros días, algunos de los mejores reproductores de raza criolla (los de la justamente celebrada cría de Solanet, por ejemplo) descienden de animales adquiridos a los patagones.
La misma bagualada de nuestra pampas debió de recibir bastante sangre chilena, y aun peruana, de los caballos mansos en que la había, pues si llegó a ser tan numerosa como dice la fama, en parte fue porque constantemente se aumentaba en los animales domésticos escapados, sobre todo a consecuencia de las guerras de los cristianos con los indios, o de las tribus indias entre sí.
Pero aun sin el concurso del indio fue muy frecuente el intercambio entre este país y los países vecinos.
D'Orbigny refiere que en sus días eran muy estimadas en Buenos Aires los sementales importados de Chile, y después de haberse extendido nuestro criollo a la Banda Oriental y al Brasil, muchas veces vinieron caballos de aquellas tierras para acá ya como consecuencia de acontecimientos políticos ya simplemente con los hombres de campo que en busca de trabajo o huyendo de persecuciones o de venganzas pasaban de un país a otro.
Como ejemplo recordemos que es fama y no hay ningún argumento serio para ponerlo en duda, que los primeros equinos tobianos que en la Argentina se vieron, fueron unas yeguas traídas desde Santa Catalina, en Brasil, y adquiridas por Urquiza para su estancia de San José.
«Este continuo trasegar de caballos durante más de tres siglos dio como resultado la actual raza criolla»
https://historiaybiografias.com/caballos2/
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