10 diciembre, 2015

Buda Por José Natanson

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miércoles, 9 de diciembre de 2015
LA NUEVA POLÍTICA: COCA COLA SIN AZÚCAR Y CERVEZA SIN ALCOHOL

Buda

Por José Natanson para Le Monde diplomatique Cono Sur

Digerido el resultado de las elecciones, el esfuerzo analítico debe orientarse ahora a tratar de entender las características del nuevo gobierno. ¿Qué hará Mauricio Macri? Es difícil decirlo, porque su campaña estuvo marcada por una serie de zigzagueos tácticos, sobre todo en materia económica, y porque recurrió al atajo de la Coca-Cola sin azúcar y la cerveza sin alcohol, que según la famosa conceptualización del sociólogo Slavoj Žižek alude a la ilusión pos-moderna de que es posible obtener dosis de placer (Asignación por Hijo, planes de infraestructura, educación para todos) sin sacrificios (sin retenciones ni impuestos). El recurso, al que también acudió el candidato oficialista, se suma al cuadro radicalmente nuevo que exhibe la política argentina, todo lo cual convierte al gobierno que se inicia en un pescado resbaloso difícil de capturar.

De todos modos vale la pena intentarlo. Aquí intentaremos definirlo por un camino alternativo al que se sigue habitualmente: más que evaluar los nombres del gabinete, los límites de sus alianzas legislativas o el cuadro de sus apoyos sociales, procuraremos explorar las tradiciones político-ideológicas en las que se inscribe, como una forma de anticipar –muy tentativamente– el camino que recorrerá.

La primera es la más evidente. Macri es una expresión sintomática de la cruza tensa entre liberalismo y conservadurismo que caracteriza a las nuevas derechas globalizadas. De Sebastián Piñera a Silvio Berlusconi, de Juan Manuel Santos a Albert Rivera, se trata de líderes que saben combinar valores clásicos como el orden, la libertad individual y el respeto irrestricto a la propiedad privada con aperturas a las agendas plurales del siglo XXI. Desvinculados por convicción o simple posición etaria de los autoritarismos del pasado, son políticos democráticos y flexibles que, al menos en el caso latinoamericano, han ido moderando sus programas ortodoxos para reconocer algunos aciertos económicos de los gobiernos del giro a la izquierda, pero sobre todo para incorporar la promesa de no descender del piso de beneficios sociales construido en la última década: si antes de llegar al poder la nueva izquierda se vio obligada a ofrecer garantías de gobernabilidad económica, la nueva derecha promete ahora gobernabilidad social, tal como hizo Gabriela Michetti en su discurso pos-triunfo. Como el clonazepan, la nueva derecha tranquiliza.


La segunda tradición es la más explícita. En su despacho del gobierno de la Ciudad Macri tenía una sola foto de un político, la del ex presidente Arturo Frondizi, y a lo largo de su campaña ha insistido con que el suyo será un gobierno sobre todo desarrollista. ¿Qué significa exactamente? En una primera mirada, el desarrollismo opera como la justicia social, la educación pública o la ciencia y tecnología: significantes redondos sobre los cuales nadie en su sano juicio puede manifestarse en contra. El desarrollismo no es neoliberal pero sí moderno, procura atraer al capital extranjero pero es cuidadoso de los intereses nacionales, no es populista pero apuesta a la industria nacional, busca insertar al país en el mundo pero reconoce los límites del esquema centro-periferia. Considerado en esta acepción acuosa, el desarrollismo aparece como un peronismo benigno o un radicalismo con onda.


Aunque por su carácter equívoco el desarrollismo así entendido puede aplicarse a casi cualquier país del tercer mundo que dejó inconclusa su revolución industrial, quizás algunas de sus líneas maestras resulten útiles para pensar los problemas del presente. Me refiero básicamente a la idea de impulsar, mediante el ingreso de inversiones extranjeras, industrias intensivas en capital, tecnología y mano de obra calificada que permitan sortear los “cuellos de botella” de la economía, que son los que generan el déficit de divisas que pone un techo al crecimiento. Como saben bien los economistas, el gran problema de la economía argentina sigue siendo su estructura industrial desequilibrada, que hace que los ciclos de crecimiento y consumo disparen una demanda de dólares que los superávits del agro no llegan a cubrir. El desarrollismo pretende, a través de la industrialización acelerada y modernizante, resolver este problema.

Por supuesto, impulsar un programa verdaderamente desarrollista implica, además de la atracción de los capitales que lo financien, un fuerte rol del Estado como orientador del proceso y, sobre todo, voluntad política: incluso en los desarrollismos excluyentes como el brasilero de los años 50, la transformación de la estructura productiva lleva a su vez a una transformación de la estructura social, una lucha de clases atenuada en la que los trabajadores y las capas medias conquistan nuevas posiciones frente a la previsible resistencia de los sectores dominantes. Por más apelaciones a Frondizi que pronuncie, por más que la imagen del ex presidente ilustre el esperado billete de 500 pesos y por más que su ministro del Interior se apellide Frigerio, parece difícil imaginar a Macri en este rol, aunque solo el tiempo dirá si el desarrollismo se transforma en un verdadero plan de gobierno o queda como un simple eslogan de campaña.

Si la primera tradición es evidente y la segunda explícita, la tercera es de forma. Surgido al pie del Himalaya en el siglo V a. C. en torno de las enseñanzas del sabio Sidarta Gautama, el budismo se fue expandiendo por la India hasta convertirse, doscientos años después, en la religión oficial del imperio, desde donde luego se propagaría por toda Asia y, en una versión pasteurizada, por las grandes ciudades de Occidente, donde hoy seduce a cada vez más integrantes de las clases medias, tal como demuestra la pregunta que le formuló el arzobispo de París, Jean-Marie Lustiger, al Dalai Lama en su publicitado encuentro de 2007: “¿Por qué nos roban tantas almas?”.


Triturado por la minipimer capitalista, el budismo occidental se desprendió de sus ribetes anti-materialistas originales y se convirtió en el paraguas ambiguo bajo el cual prosperó ese conjunto de prácticas, escuelas y concepciones inorgánicas pero popularísimas conocidas como new age. Como recuerda la antropóloga María Julia Carozzi, el movimiento new age nació en los 60 y 70 en la Costa Oeste de Estados Unidos en el marco de los movimientos autonómicos y anti-autoritarios que vivieron su auge con las protestas contra la guerra de Vietnam y que luego se fueron deslizando hacia el hipismo, las iniciativas contraculturales y las comunidades terapéuticas, retratadas con saña despiadada por Michel Houellebecq en Las partículas elementales. Estructurado en torno a una red informal de cursos, centros de meditación, sesiones de yoga y sus mil terapias alternativas, con ramificaciones como las escuelas libres, el sexo tántrico y los libros de Ari Paluch, el movimiento new age sintoniza con la sensibilidad de una parte importante de la clase media pos-setentista argentina, como confirmó el éxito de la Fundación el Arte de Vivir y la masiva visita de Sri Sri Ravi Shankar auspiciada por Macri, que en el acto inaugural junto al gurú indio declaró a Buenos Aires “capital mundial del amor”.


No es difícil detectar trazos de esta filosofía en el discurso buena onda del PRO. El budismo new age, suficientemente amplio para admitir a un católico o un ateo, un empresario o un trabajador, un radical o un peronista, es una doctrina más filosófica que religiosa, que refuta la existencia de un dios y carece de un único texto sagrado. El budismo no postula la existencia de un creador del universo y, a diferencia de las tres religiones del libro, rechaza los dogmas. Como Macri durante la campaña, predica la tolerancia y la serenidad y no concibe las excomuniones.

Pero puede haber algo más que la simple coincidencia estética entre una filosofía zen que abjura de la confrontación y las tonalidades lapislázuli del discurso macrista. Como la teoría económica ortodoxa, el budismo new age es, en esencia, una búsqueda del equilibrio, sólo que éste no se alcanza a través de la mano invisible del mercado sino por vía de la meditación, la alimentación en base a tofu, las flores de Bach o la reflexología. Al nirvana –un despertar que permite experimentar la verdadera realidad del mundo– no se llega por una revelación divina sino a través de un descubrimiento directo. Igual que los viajes de LSD, la budista es una búsqueda personal, lo que explica el nombre de la revista que popularizó al movimiento en Argentina: Uno mismo. A diferencia del catolicismo y sus cruzadas y del islam y sus guerras santas, el budismo no se propone moldear el mundo a su imagen y semejanza ni imponer desde afuera una religión. Lejos de cualquier articulación colectiva, ofrece apenas una guía para la transformación personal.


Mi argumento es que el budismo occidentalizado esconde un fondo de individualismo que sintoniza con el discurso de progreso mediante el esfuerzo de las personas y familias que es el eje de la doctrina liberal de la igualdad de oportunidades y una de las marcas de fábrica del PRO: poner a todos los ciudadanos en la misma línea y que cada uno llegue hasta dónde buenamente pueda. El apoyo al emprendedurismo mediante programas, capacitación y educación para incorporar innovación y creatividad a diversas iniciativas personales ocupó parte importante de la agenda del Gobierno de la Ciudad y, según anunciaron los nuevos funcionarios, será replicado a nivel nacional. La sintonía es filosófica: budismo y macrismo apuestan, en sentido estricto y sin ironías, al poder de la autoayuda. En palabras de María Eugenia Vidal: “Te hablo a vos, que te levantás todos los días para ir a trabajar y querés progresar”.

Concluyamos. Aunque al comienzo la coyuntura monopolice sus esfuerzos, todo gobierno debe, para afirmarse en el poder, levantar la cabeza y mirar más allá. Así como el alfonsinismo puede ser visto como el intento de construir una socialdemocracia criolla en tiempos de esplendor de los partidos socialdemócratas europeos, el menemismo como la versión argentina del Consenso de Washington y el kirchnerismo como una interpretación no lineal del giro a la izquierda latinoamericano, el macrismo deberá buscar su lugar en una región y un mundo muy diferentes a los de una década atrás. Por más nuevo que sea, por más que se presente como la iniciativa radicalmente inédita de un grupo de emprendedores políticos, el macrismo se inserta en un mundo (contexto) y en una línea de tiempo (historia), aunque todavía sea temprano para ver el resultado exacto de este asombroso mix entre derecha pos-moderna, desarrollismo retórico y budismo del estilo.


Fuente: Le Monde diplomatique

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