21 julio, 2015

Un vistazo a la realidad (El blog de Abel)


https://abelfer.wordpress.com/2015/07/21/un-vistazo-a-la-realidad/

El título que tenía en mente para este posteo era “Una pausa en la campaña, para mirar la realidad“. Pero se me ocurrió que era arrogante y poco realista. La campaña electoral, las primarias y su culminación, las elecciones en octubre son una pieza fundamental de nuestra realidad: la forma en que se elige al que va a tomar las decisiones en el Estado nacional y que va a elegir a quienes las lleven adelante. También, van a decidir el mayor o menor peso – ocupación de cargos legislativos y ejecutivos locales – de las fuerzas políticas que, hasta cierto punto, van a condicionar esas decisiones.


(Muchos dirán, rápido, que las decisiones más importantes, las que afectan a fondo nuestro destino, no las tomará el que resulte elegido a la cabeza del Estado. Es probable. Pero eso no cambia el hecho que el Estado es la herramiente que tenemos los argentino para defender nuestros intereses. Que no siempre – bah, que pocas veces – se usa así, puede ser cierto. Pero es la que tenemos).
Vuelvo al punto: Hay partes de la realidad que son, obvio, muy resistentes a la política, es decir, a la voluntad de los pueblos y de los gobiernos que se dan. La demografía, la geografía, hasta la geología se pueden modificar (véase el fracking, por ejemplo), pero es a través de procesos muy lentos, que exceden la duración de cualquier gobierno, con o sin reelecciones. La economía… es un caso complejo, porque toca todas las actividades humanas. Que son complejas y diversas, cómo no.
Entonces, dejo de lado por un rato algunos borradores interesantes – el pos-macrismo, el sciolismo en formación,… – y proponerles pensar en desafíos económicos que no dependen de la voluntad más o menos firme de un gobernante – o de un electorado – sino de elaborar políticas que no están en la valija de herramientas de los ministros del ramo. Es a eso a lo que me refiero como la “realidad”, porque es la cara que convierte en piedra a los que no saben cómo mirarla.
Les confieso que me puso a pensar en esto este artículo de Santiago Costa, que alguien – no recuerdo quién – acercó al blog. Lo recomiendo: enfrenta los problemas, y dice cosas valiosas. Pero es algo largo y muy “relato”: cae en la tentación frecuente en los economistas no aferrados a la síntesis ortodoxa y quiere dar una sola explicación para todo el proceso de nuestra economía. Si me animo, voy a encararlo más adelante, por partes.
Pasa que hay un análisis más concreto, reciente, enfocado en el problema clave para los que pretendemos una Argentina desarrollada, y – lo sorprendente – ha sido hecho por alguien con altas responsabilidades en este gobierno, en el reportaje que le hace un periodista oficialista. Me refiero, claro, a la entrevista que Horacio Verbitsky le hizo a Axel Kicillof.
Es probable que la mayoría de ustedes lo haya leído. Es muy divulgado, hasta por TV. Pero la primera parte, la más larga, trata sobre los fondos buitres. Un tema importante, por cierto, pero en alguna forma simple, depende mucho de la voluntad política del gobernante y de los costos que la mayoría del pueblo esté dispuesta a asumir.
En la última parte, Kicillof habla de la industria. Les sugiero que lo lean con atención. Me parece que da para discusiones interesantes. Después, seguimos con la campaña.
–Producir cualquier cosa en la Argentina requiere de importación, muchas veces de insumos, de maquinaria. A medida que la economía crece, se produce más, se sustituyen importaciones y la gente está mejor y puede comprar más, pero también se manifiesta la necesidad de divisas.
–Esto quedó disimulado durante los años de altísimos precios del complejo agroexportador. La restricción externa reaparece, entre otras cosas pero no sólo, por la baja del precio de las oleaginosas y entonces se ve una industria automotriz que ha generado actividad y creado empleo pero tiene un nivel de integración de piezas locales que no pasa del 17 por ciento.
–Esos son dos temas centrales. Del lado de la industrialización llamémosla liviana, han nacido montones de nuevas empresas, muchas de ellas pequeñas, medianas, algunas que ya son grandes y han recorrido ese camino que incluso les permite exportar. Ese camino de reindustrialización tiene que hacerse con el liderazgo del estado, porque el libre mercado, el liberalismo no nos lleva a la reindustrialización del país.
–En ningún país del mundo fue distinto, ni en Alemania ni en Estados Unidos ni más recientemente en Corea.
–O en China. Se necesita un liderazgo del Estado para reindustrializar pero tiene que ser un liderazgo inteligente y acompañado por un sector privado que tenga esa voluntad de sustituir algunas importaciones, que invierta más y con sentido nacional.
–Esto se vincula con el otro tema. Porque las clases dominantes argentinas no han reducido su nivel de consumo, con la dolarización lo que fugan es la inversión.
–Necesitamos más dólares porque buena parte de la inversión industrial requiere máquinas y algunos insumos que se producen afuera. Necesitamos que esas máquinas se empiecen a producir en la Argentina. Hay máquinas de ciertos sectores que sólo se producen en uno o dos países del mundo. Hay que adquirir esas máquinas, avanzar en la tecnificación y seguir sustituyendo. Y por el lado de los insumos hay que ir para atrás y para adelante en la cadena productiva para poder sustituirlos. Ciertas ramas industriales como la automotriz o la electrónica liviana son muy difíciles de sustituir porque se han concentrado a escala internacional. No es un problema de la Argentina, es un problema mundial. Las cajas de cambio, las computadoras de los nuevos autos, las nuevas tecnologías de embrague, de conducción, se producen en pocos países y muchas veces las casas matrices retienen la parte más tecnificada de los componentes de los autos para que se produzcan en sus sedes centrales. La Argentina tiene once terminales pero esto no quiere decir que produzcamos autos, esto quiere decir que montamos los coches, lo cual también pone mucha presión porque nos piden que tengamos salarios bajos en dólares.
–Esa intervención inteligente del Estado debería girar sobre dos ejes. Uno, aumentar todo lo que se pueda el nivel de integración de la industria automotriz, que en vez de 17 % sea el 30. Dos, orientar la inversión hacia aquellos sectores que satisfagan necesidades populares con sus productos y que no sean deficitarios en el balance de pagos. Al revés de los telefonitos, donde la integración no pasa de la cajita y el folleto.
–El problema de la industria automotriz en cierta manera está resuelto con algunas líneas nuevas. Por ejemplo, las nuevas camionetas 4×4 enormes que se fabrican ahora en la Argentina permiten trabajar con las empresas y condicionarlas para que haya mayor integración. En los modelos viejos las cartas están echadas, parte se produce en Brasil, parte en la Argentina y es un trabajo de todos los días obligar a que traigan más producción nacional…
–Y definir qué tipo de producción nacional, porque no es lo mismo el asiento que el motor.
–Obviamente tenemos que volver a producir motores y en los últimos tiempos hemos tenido un avance muy fuerte en estos condicionamientos a los inversores extranjeros. De las once automotrices que hay en la Argentina ninguna es nacional, se llaman Ford, Fiat, Volkswagen, empresas extranjeras que se han venido a instalar al país porque vendemos autos caros. Los autos tienen que ser más baratos y con más integración nacional. Pero éste es un trabajo que tienen que hacer todos los países del mundo, porque en el extremo hay países muy cercanos, como Chile o Uruguay, que no producen, importan el ciento por ciento. O sea que ese 17 por ciento es malo pero es mejor porque nuestra industria autopartista todavía subsiste pese a la ola de transnacionalización de la producción automotriz.
–El mundo cambió y hoy no es posible tener el 90 por ciento de integración que había en la industria automotriz hace medio siglo, pero de ahí al 17 por ciento actual…
–Este es un fenómeno internacional. La cuna de la industria automotriz en Estados Unidos hoy no produce más autos. Detroit se desindustrializó completamente. Esta es una pelea que requiere muchísimas agallas, decisión y condicionamiento a las empresas. Es un tema central. Cuando han venido a radicarse nuevos modelos, hemos podido trabajar mejor pero es una tarea permanente. En los modelos nuevos la integración llega al 30 por ciento y apuntamos al 40. Además tenemos que impedir que nos roben con los precios de transferencia. Por la computadora y los componentes electrónicos te cobran cualquier cosa. ¿Cuánto sale hacer la computadora que va en determinado auto? Estamos trabajando muy fuerte para que no nos estafen, para que cobren acá por ese componente lo mismo que cobran en otros países. A veces eso lo mantienen como secreto. Hemos avanzado mucho con la Aduana y con los convenios de intercambio de información que ha firmado la AFIP, para que el mismo componente nos lo cobren lo más barato posible. De otro modo están traficando ganancias y te cobran muy caro algo que no tiene precio porque es una transacción adentro de la firma. Le vende tal vez la empresa matriz a la empresa local a un precio interno, se llama precio de transferencia. Esto también distorsiona el dato de integración nacional, porque te cobran muy caros ciertos componentes. Todos los países del mundo lo han sufrido. Hoy los celulares son más importantes que el DNI, que la billetera…
–Eso lo dice porque Randazzo ya no es candidato.
–Hay un cambio cultural, y los celulares se producen en uno o dos países del mundo. Entonces todo el mundo está sometido a comprar celulares que se producen en el extranjero. Si te ponés a producir un modelo, mientras lo estas diseñando ya es viejo, cambió la tecnología y es más chiquito y más veloz. Hay que sustituirlos cada vez más rápido y este dinamismo en las marcas pasa también con los televisores. Es una fiebre de consumo vinculada a un cambio cultural y tecnológico que hace más vulnerable la economía del país. La Argentina tiene unos 60 millones de celulares, es una cosa de locos, y los compramos en el extranjero. Una parte se fabrica en el país pero es la menos tecnológica, no llega al 1 por ciento. Y además el kit para armar el celular suele ser más caro que el celular ya armado. De forma tal que si vos querés industrializar una parte del proceso te lo cobran más caro y necesitás más divisas. Quieren forzarte a importar todo. Y si importás la balanza comercial en ese sector es absolutamente deficitaria. Y la escala de la Argentina no alcanza para producir porque nosotros somos un mercadito para estos productos. Entonces tendríamos que convertirnos en una plataforma para exportar por lo menos a toda la región. Estas son las discusiones que hemos tenido con los productores de celulares y con los países productores“.

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