Estampas - El matadero
Todo el fuerte está rodeado de un pozo bien profundo y se entra en él por puentes levadizos. La casa es fuerte y grande, y en su patio principal están las cajas reales. Por la parte del río tienen sus paredes una elevación grande, para igualar el piso con el barranco que defiende al río. La catedral es actualmente una capilla bien estrecha. Se está haciendo un templo muy grande y fuerte, y aunque se consiga su conclusión, no creo verán los nacidos el adorno correspondiente, porque el obispado es pobre y las canonjías no pasan de un mil pesos, como el mayor de los curatos. Las demás iglesias y monasterios tienen una decencia muy común y ordinaria. Hay muy buenos caudales de comerciantes, y aun en las calles más remotas se ven tiendas de ropas, que creo que habrá cuatro veces más que en Lima, pero todas ellas no importan tanto como cuatro de las mayores de esta ciudad, porque los comerciantes gruesos tienen sus almacenes, con que proveen a todo el Tucumán y algo más…
La carne está en tanta abundancia que se lleva en cuartos a carretadas a la plaza, y si por accidente se resbala, como he visto yo, un cuarto entero, no se baja el carretero a recogerle, aunque se le advierta, y aunque por casualidad pase un mendigo, no le lleva a su casa porque no le cueste el trabajo de cargarlo. A la oración se da muchas veces carne de balde, como en los mataderos, porque todos los días se matan muchas reses más de las que necesita el pueblo, sólo por el interés del cuero.
Todos los perros, que son muchísimos, sin distinción de amos, están tan gordos, que apenas se pueden mover, y los ratones salen de noche por las calles a tomar el fresco en competentes destacamentos, porque en la casa más pobre les sobra la carne, y también se mantienen de huevos y pollos, que entran con mucha abundancia de los vecinos pagos. Las gallinas y capones, se venden, en junto, a dos reales, los pavos muy grandes a cuatro, las perdices a seis y ocho por un real y el mejor cordero se da por dos reales…
Se hace la pesca en carretas, que tiran los bueyes hasta que les da el agua a los pechos, y así se mantienen aquellos pacíficos animales dos y tres horas, hasta que el carretero se cansa de pescar y vuelve a la plaza, en donde le vende desde su carreta al precio que puede, que siempre es ínfimo…
No creo que pasen de diez y seis los coches que hay en la ciudad. En otro tiempo, y cuando había menos, traían las mulas del campo y las metían en sus casas a la estaca, sin darles de comer, hasta que, de rendidas, no podían trabajar, y mandaban traer otras. Hoy día se han dedicado a sembrar alcacer, que traen a la ciudad con algunas cargas de heno para las caballerías, que se mantienen muy mal, a excepción de las de algunos pocos sujetos, que hacen acopio de alguna paja y cebada de las próximas campañas.
CONCOLORCORVO, o Calixto Bustamante Carlos Inca, El Lazarillo de ciegos caminantes desde Buenos Aires hasta Lima. Ed. de la Junta de Historia y Numismática. Buenos Aires, 1908.
CONCOLORCORVO, o Calixto Bustamante Carlos Inca, como él se decía, nacido en Cuzco, fué autor de un interesante libro titulado Lazarillo de ciegos caminantes, etc., que describe un viaje desde Buenos Aires hasta Lima por Tucumán, ya promediado el siglo XVIII. El libro aparece como impreso en Gijón, en 1773, pero se cree que fué impreso en Lima. «Del título de Inca que se da el autor —dice el general Mitre— y que algunos han tomado a lo serio, se burla él mismo en el prólogo diciendo: Los cholos respetamos a los españoles como hijos del Sol y así no tengo valor (aunque descendiente de sangre real por línea tan recta como la del Arco Iris) a tratar a mis lectores con la llaneza que acostumbran los más despreciables escribientes». En cuanto al nombre de Concolorcorvo, dice Bustamante: «Los moros tienen color ceniciento y ustedes (los indios) de ala de cuervo. Por eso mismo me puse el nombre de Concolorcorvo». Lo cierto es que el libro de Bustamante constituye un valioso repertorio para estudiar el estado social del Río de la Plata, Tucumán y Perú, así como sus tipos y costumbres, a mediados del siglo XVIII. Hay edición de la Biblioteca de la Junta de Historia y Numismática Americana, Buenos Aires, 1908, con prólogo de Martiniano Leguizamón.


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